domingo, 11 de junio de 2017

ME LEEN UNA HISTORIA


Éste es el libro que más me gusta de todo el mundo, aunque nunca lo he leído.
¿Cómo puede ser semejante cosa? Haré lo imposible por explicarlo. Cuando era niño, los libros no me interesaban nada. Detestaba leer, no se me daba nada bien, y, además, ¿cómo dedicarse a la lectura cuando había montones de juegos que esperaban ser jugados? El baloncesto, el béisbol, las canicas: era incansable. Incluso llegué a ser bastante bueno, pero si me daban una pelota y un patio vacío, era capaz de inventarme triunfos en el último segundo, triunfos que hacían saltar las lágrimas. El colegio era una tortura. La señorita Roginski, que fue mi maestra desde los cursos tercero al quinto, no paraba de decir a mi madre: «Tengo la impresión de que Billy no se esfuerza todo lo que debiera». O: «Cuando le pongo un examen, Billy lo hace realmente muy bien, sobre todo si tenemos en cuenta su actitud en la clase». O, con más frecuencia: «Señora Goldman, no sé qué vamos hacer con Billy».
¿Qué vamos a hacer con Billy? Esa pregunta me persiguió durante aquellos primeros diez años. Fingía que no me importaba, pero en el fondo, me sentía petrificado. Todo el mundo y todas las cosas me dejaban de lado. No tenía amigos de verdad, ni una sola persona que compartiera conmigo mi desmesurado interés por los deportes. Parecía ocupado, muy ocupado, pero supongo que, de apurarme, habría reconocido que, a pesar de tanto frenesí, me encontraba muy solo.

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Las pulmonías de ahora no son lo que eran antes, sobre todo cuando yo la tuve. Estuve como diez días ingresado en el hospital y después me enviaron a casa para el largo período de convalecencia. Me parece que me pasé otras tres semanas más en cama, un mes quizá. No me quedaban energías, ni siquiera para mis juegos. No era más que un pelmazo en período de recuperación de fuerzas. Punto.
Así es como tenéis que imaginarme cuando me encontré con La Princesa Prometida.
Era la primera noche que pasaba en casa después de salir del hospital. Exhausto; seguía siendo un enfermo. Entró mi padre, supuse que a darme las buenas noches. Se sentó al pie de mi cama.
—Capítulo uno. La prometida —dijo.
Sólo entonces levanté la vista y vi que llevaba un libro. Eso, por sí solo, era sorprendente. Mi padre era casi, casi, analfabeto. En inglés. Venía de Florin (donde se desarrolla La Princesa Prometida) y allí no había sido ningún tonto. En cierta ocasión dijo que habría acabado siendo abogado, y puede que fuera cierto. La cuestión es que a los dieciséis años probó suerte y se vino a América, apostó por la tierra de las oportunidades y perdió. Aquí nunca encontró nada que le viniera bien. No era de aspecto atractivo: muy bajito, calvo desde joven, y le costaba mucho aprender. Una vez que captaba una idea, se le quedaba grabada, pero las horas que tardaba en metérsele en la cabeza eran algo increíble. Su inglés siempre fue ridículamente inmigrante, y eso tampoco le ayudó mucho. Conoció a mi madre durante un viaje en barco; más tarde se casaron y cuando creyó que podían permitirse el lujo, me tuvieron a mí. Trabajó toda la vida como segundo barbero en la barbería de menos éxito de Highland Park, Illinois. Hacia el final, solía dormitar todo el día sentado en su silla. Y así fue como murió. Llevaba muerto una hora cuando el otro barbero se dio cuenta; hasta ese momento, había creído que mi padre estaba echando una buena siesta. Tal vez fuera así. Tal vez todo se reduzca a eso. Cuando me lo dijeron me sentí terriblemente afectado, pero al mismo tiempo pensé que aquella forma de marcharse era casi como una prueba de cómo había sido su existencia.
En fin, que entonces le dije:
—¿Eh? ¿Cómo? No te he oído.
Estaba muy débil y terriblemente cansado.
—Capítulo uno. La prometida. —Entonces levantó el libro—. Te lo voy a leer para que te relajes. —Prácticamente me metió el libro en la cara—. De S. Morgenstern. Un gran escritor florinés. La princesa prometida. Él también se vino a América. S. Morgenstern. Murió en Nueva York. Lo escribió en inglés. Hablaba ocho lenguas. —A estas alturas mi padre dejó el libro y me enseñó los dedos—. Ocho. Una vez, en la ciudad de Florin, estuve en su café. —Meneó la cabeza; mi padre siempre meneaba la cabeza cuando decía algo mal—. No era su café. Él estaba en el café, y yo también, al mismo tiempo. Lo vi. A S. Morgenstern. Tenía una cabeza así de grande —y colocó las manos como para formar un globo enorme—. Gran hombre en la ciudad de Florin. No tanto en América.
—¿Trae algo de deportes?
—Esgrima. Lucha. Torturas. Venenos. Amor verdadero. Odio. Venganzas. Gigantes. Cazadores. Hombres malos. Hombres buenos. Las damas más hermosas. Serpientes. Arañas. Bestias de todas clases y aspectos. Dolor. Muerte. Valientes. Cobardes. Forzudos. Persecuciones. Fugas. Mentiras. Verdades. Pasión. Milagros.
—Pinta bien —dije, y medio cerré los ojos—. Haré lo posible por no dormirme…, pero tengo muchísimo sueño, papá…
¿Quién puede saber cuándo su mundo va a cambiar? ¿Quién es capaz de decir antes de que ocurra, que todas las experiencias anteriores, todos los años, fueron una preparación para… nada? Imaginaos lo siguiente: un anciano casi analfabeto que luchó con un idioma enemigo, un niño casi exhausto que lucha contra el sueño. Y entre ambos sólo las palabras de otro extranjero, traducido con dificultad de los sonidos nativos a los extranjeros. ¿Quién podía sospechar que por la mañana ese niño se despertaría siendo distinto? De lo único que me acuerdo es de que traté de vencer la fatiga. Incluso al cabo de una semana no me había dado cuenta de lo que había comenzado aquella noche, de las puertas que se cerraban de golpe mientras otras salían a la luz. Tal vez debí haber presentido algo, o tal vez no; ¿quién puede presentir la revelación en el aire?
Lo que ocurrió fue simplemente esto: la historia me enganchó.
Por primera vez en mi vida, sentía un interés activo por un libro. Yo, el fanático de los deportes; yo, el enloquecido por los partidos; yo, el único niño de diez años de Illinois que odiaba el alfabeto pero que quería saber qué ocurría después.
¿Qué fue de la hermosa Buttercup y del pobre Westley y de Íñigo, el más grande espadachín de la historia mundial? ¿Y cuan fuerte era en realidad Fezzik? ¿Tendría límites la crueldad de Vizzini, el endiablado siciliano?
Cada noche mi padre me leía un capítulo tras otro, luchando siempre para que las palabras sonaran correctamente, para atrapar el sentido. Y yo yacía allí tumbado, con los ojos entrecerrados, mientras mi cuerpo recorría lentamente el largo camino que le devolvería las fuerzas. Como ya he dicho, la convalecencia duró aproximadamente un mes, y en ese tiempo, mi padre me leyó dos veces La princesa prometida. Aunque podía leer yo solo, este libro era suyo. Jamás se me habría ocurrido abrirlo. Quería la voz de mi padre, sus sonidos. Más tarde, incluso muchos años más tarde, en ocasiones solía decir: «¿Qué tal si me lees el duelo que Íñigo y el hombre de negro sostienen en el acantilado?». Y mi padre solía gruñir y mascullar, se iba a buscar el libro, se humedecía el pulgar con la lengua, y volvía las páginas hasta que empezaba la fantástica batalla. Me encantaba. Incluso hoy, cuando surge la necesidad, así es como evoco el recuerdo de mi padre. Encorvado, esforzando la vista y deteniéndose ante una palabra difícil, tratando de ofrecerme la obra maestra de Morgenstern lo mejor que podía. La Princesa Prometida le pertenecía a mi padre.
Todo lo demás era mío.
No hubo historia de aventuras que se salvara de mí.
«Pero vamos —le decía a la señorita Roginski cuando me restablecí—. Sigue recomendándome a Stevenson cuando ya me lo he leído todo. ¿A quién leo ahora?».
«Prueba con Scott —me sugería ella—, y vamos a ver si te gusta».
Y yo probaba con el viejo sir Walter y me gustaba lo suficiente como para tragarme media docena de libros en diciembre (gran parte del mes eran las vacaciones de Navidad, por lo tanto, no tenía que interrumpir la lectura nada más que de vez en cuando para comer algo).
«¿Y ahora quién más?».
«Tal vez Cooper —me decía ella». Y yo venga a leer El cazador de ciervos y todo lo demás sobre los rastreadores, y un buen día, por mi cuenta me topé con Dumas y D’Artagnan y esos dos tíos me tuvieron entretenido gran parte de febrero.
«             Te has convertido en un adicto a la novela ante mis propios ojos —me dijo la señorita Roginski—. ¿Sabes que ahora te pasas más tiempo leyendo del que solías pasarte jugando? ¿No te das cuenta de que están empeorando tus notas de matemáticas?».
No me importaba cuando me criticaba. Estábamos solos en la clase, y la perseguía para que me sugiriese a alguien interesante que devorar. Meneó la cabeza y me dijo: «Billy, no cabe duda de que estás floreciendo. Delante de mis propios ojos. La cuestión es que no sé en qué te convertirás».
Yo me quedé ahí esperando a que me dijera el nombre de algún autor.
«Eres insoportable, mira que quedarte ahí esperando… —se detuvo un segundo para pensar—. Está bien. Prueba con Hugo. El Jorobado de Notre Dame».
«Hugo —dije yo—. El Jorobado. Gracias». —Me volví dispuesto a salir corriendo hacia la biblioteca. Mientras me iba, la oí suspirar lo siguiente:
«Esto no durará. No puede durar».
Pero duró.
Y dura. Soy tan fanático de las aventuras ahora como lo era entonces, y esto nunca tendrá fin. Aquel primer libro mío que mencioné, El templo del oro, ¿sabéis de dónde saqué el título? De la película Gunga Din; la he visto dieciséis veces y sigo pensando que es la película más estupenda de aventuras que jamás, repito, que jamás se haya filmado.
William Goldman, La Princesa Prometida