lunes, 5 de junio de 2017

EL ATLAS DE LA FANTASÍA


En el monte Saint Michel hay un enorme perro alado dorado, con sus garras que brotan de las almenas de las torres y su larga cola que asciende desde el nido de serpiente del claustro. Se trata de una instalación artística que, sugiriendo lo que no puede verse, transforma la abadía más famosa de Francia en un lugar realmente mágico. Cuando mi hija de ocho años lo vio, me preguntó por dónde se entraba para «subirse encima». Ella, al igual que yo, es una devoradora de libros de fantasía. La diferencia sustancial entre mis lecturas y las de mi hija radica en que, en las suyas, ya ni siquiera aparecen molinos de viento como en El Quijote.

Cuando la literatura para niños no era todavía el gran mercado que es hoy, en los libros dedicados a ellos había una enorme variedad de temas, personajes y lugares. Se partía de un elemento real, para especular en clave de aventura y de fantasía y, de esta forma, proporcionar al lector el deseo de emprender una exploración realmente suya. No en vano la producción de Julio Verne se anunciaba en la rúbrica de Viajes extraordinarios. Ya fuesen alrededor del mundo, bajo los océanos, en las estepas siberianas o en la jungla. Estaban «en alguna parte».

Los países, con sus misterios (auténticos o ficticios), estaban vivos y se hacían presentes ante nuestros ojos. Y si las junglas de Salgari no eran «reales» como las de los cuadernos de viaje de Pierre Loti, eran, sin embargo, lo suficientemente imaginables como para pertenecernos.

Había buenos y malos y los malos, cuando no eran nuestros, a menudo tenían una identidad y una nacionalidad precisa. Los pérfidos ingleses intentaban capturar a Sandokán, Asterix tenía que vérselas siempre con los legionarios romanos y los escoceses se transformaban para asediar a Conan el Bárbaro.

Después vino la ficticia Patolandía, hogar del Tío Gilito y el pato Donald, y como no se podía situar en un lugar concreto, las cosas cambiaron. Hoy, muchos de los personajes de la literatura para niños viven en mundos peculiares e inaccesibles.

Los dioses del Olimpo, quizás a causa de la crisis, se han trasladado a Nueva York y a Las Vegas (en la serie de Percy Jackson), y dudo que haya lectores que quieran ir a ver el Olimpo original, una vez descubierto que no encontrarán en él máquinas dispara-rayos de monedas.

Inventar lugares que no existen es una actividad tan antigua como La Odisea, pero el motivo por el cual hoy se hace un uso desmedido de ello es muy diferente. Lo intuyó el siglo pasado el propio Walt Disney: la posibilidad de hacer pagar una entrada a quien quiera participar en su imaginario.

Peppa Pig es la síntesis de la familia inglesa rural (con fango incluido) y Harry Potter, la del sistema escolar de los internados británicos. Pero no basta un poco de campo o la visita a un colegio para sentirse como sus habitantes. La única forma de sentirse como ellos es visitar sus parques temáticos.

Y, aunque la explotación comercial está siempre presente, la diferencia entre visitar el estudio de Sherlock Holmes en el 221 B de Baker Street y la Diagon Alley de los estudios de Harry Potter es que Sherlock Holmes no existiría sin Londres, mientras Harry Potter sólo necesita el tren 9 de la estación de King Cross para ir a Hogwarts.

Las historias ambientadas en lugares suficientemente neutros o suficientemente autoreferenciales funcionan porque son más fáciles de leer por los niños de todo el mundo. Y cuantos más lectores potenciales haya, más márgenes de beneficio tiene el proyecto que lo acompaña.

Pero, de esta forma, el imaginario de muchos niños se ha adecuado a las modas validadas a nivel planetario que, con el objetivo de alcanzar al mayor público posible, eliminan de la historia todo lo que consideran superfluo.

El año pasado fue Frozen y en este quizás sea Star Wars. Con obras escritas a menudo de forma excelente, extraordinaria y rápida, pero también de una forma genérica, sin esos elementos diferenciales que, muchas veces, coinciden con la diferente pertenencia cultural. Libros que impulsan a querer comprar el siguiente de la saga, ir a ver la película y sacar la entrada para el parque temático. Estimulan la reconstrucción del París de los Aristogatos del parque temático en vez de pasear por Montmartre imaginando a los Aristogatos caminando por los tejados.

Quizás por eso, a los viejos lectores de fábulas y de aventuras no les son suficientes los trozos que faltan en el perro alado del Mont Saint Michel. Mientras, los nuevos lectores, buscándolos en vano, se preguntan cuánto cuesta la entrada para cabalgarlo durante cinco minutos.

Pierdomenico Baccalario, El Mundo, 11/12/2015