miércoles, 14 de junio de 2017

MATERIA CONTRA ANTIMATERIA


De repente, una extraordinaria fuerza lo empujó hacia atrás y lo arrojó al suelo. Fue como si una bomba hubiera estallado dentrode la pequeña caja.
Niko vio ante sí un minúsculo punto de luz.

LA LUZ MÁS INTENSA QUE JAMÁS HUBIERA VISTO.
UN SEGUNDO DESPUÉS, LA HABITACIÓN ENTERA
TEMBLÓ CON UNA GRAN EXPLOSIÓN.

Era una explosión algo extraña, pues no se oía absolutamente nada. Un abrumador silencio rodeaba a Niko. Entonces, el punto de luz empezó a crecer. De la nada surgieron unas diminutas bolitas.
—Son los leptones y los quarks —dijo una voz suave—, las primeras partículas de la materia.
Niko dio un brinco al oír aquello. Aprovechando el resplandor de la explosión, pudo ver que había un chico. Era pequeño. Le llegaba más o menos al hombro, y eso que él no era de los más altos de la clase.
El espectáculo que se desarrollaba ante él volvió a captar su atención. Aparecieron más bolitas, o «partículas», como las había llamado aquel extraño ser.
Se creaban de repente, como las palomitas en la sartén de casa de su abuela.
A Niko siempre le había encantado ver cómo los granos de maíz, tras ese peculiar sonido de petardo, se convertían en deliciosas palomitas. La diferencia con las partículas que acababa de ver era que éstas no surgían de granos, sino de un espacio aparentemente vacío.
Las partículas no eran todas iguales. Las había de distintos tamaños y colores. Algunas se juntaban entre sí, fundiéndose y creando otras mayores.
Cuatro grandes focos se encendieron de golpe, uno en cada esquina de la habitación. Iluminaban lo que parecía un campo de rugby.
Niko estaba boquiabierto. Si lo sucedido hasta entonces ya era raro, lo que estaba viendo se pasaba de la rosca.
Aquellas caprichosas bolitas cobraron vida y se repartieron en dos grupos. Se enfundaron unas camisetas: un grupo blancas y el otro negras. Acto seguido, empezaron a calentar para el partido que estaba a punto de iniciarse.
En los laterales, los focos iluminaban unas gradas abarrotadas de personitas pequeñas, muy parecidas al personaje que estaba al lado de Niko.
Los de la grada izquierda llevaban camisetas blancas con la palabra MATERIA escrita en ellas.
Al otro lado del campo, en las gradas de la derecha, los hinchas llevaban camisetas negras con la palabra ANTIMATERIA.
Las dos aficiones seguían atentamente el espectáculo mientras animaban a sus equipos a pleno pulmón. ¡Incluso había un hincha regordete que marcaba el ritmo con un bombo!
—¿Tú de qué equipo eres? —le preguntó el chico que estaba de pie a su lado.
Niko se encogió de hombros.
—Me llamo Eldwen —se presentó.
Haciendo un esfuerzo, Niko consiguió cerrar su boca, que permanecía abierta desde que había empezado aquella loca escena.
Esta vez observó más detalladamente al recién llegado. No levantaba más de un metro del suelo, era flaco y sus ojos, tras unas gafas de montura redonda, tenían un color verde brillante. Sus pupilas negras, en vez de redondas, eran ovaladas como las de un felino. El pelo liso y cobrizo le caía sobre los hombros.
Parecía un elfo sacado de un cuento nórdico.
—Yo soy Niko —se presentó.
Tal vez ese personaje fuera el único que podía dar respuesta a las mil preguntas que bullían en su cabeza. Antes de que pudiese iniciar el interrogatorio, el elfo empezó a hablar:
—Estás presenciando la lucha entre la materia y la antimateria. Lo que acabas de ver es la creación de las partículas y las antipartículas en el

Big Bang,

el estallido que dio origen al universo.
Niko recordó que la caja que tenía la etiqueta de:

UNIVERSO POR ESTRENAR

había explotado al levantar la tapa.
—Las partículas y las antipartículas surgen de la nada, como si dos equipos de fútbol aparecieran en el campo de repente. Cuando la materia choca contra la antimateria, ambas pueden destruirse entre sí.
—Pero entonces no quedará nada —lo interrumpió Niko.
—No será así. Uno de los dos debe ganar. ¿Cómo podría empezar un universo, si no?
Niko se acordó de algo que le había contado su abuela, que había estudiado filosofía. Decía que, según un mito mencionado por Platón, toda persona tiene su doble negativo, un «hermano oscuro» o «anti-yo». Si tienes la mala fortuna de encontrarlo, uno de los dos tendrá que morir. No hay sitio en el universo para ambos.
Antes de que Niko pudiera seguir preguntando, el partido que enfrentaba a la materia y la antimateria comenzó.
Las bolitas —las partículas de blanco y las antipartículas de negro— corrían por todo el campo. Los jugadores de cada equipo eran muy diferentes entre sí: los había de todos los tamaños. Los pequeños eran mucho más ágiles que los grandes y se dedicaban a driblar a los del equipo contrario. Sin embargo, cuando las partículas se encontraban con las antipartículas, se producía una colisión tremenda. Justo después desaparecían ambas en medio de un fogonazo de luz.
Era hermoso y realmente entretenido.
Niko no quería perderse ni un detalle del partido. En las gradas, los hinchas-elfos animaban sin cesar a sus respectivos equipos.
Se fijó en que cuando partículas y antipartículas de distintos tamaños chocaban entre sí, se creaban muchas otras bolitas. Las recién nacidas corrían hacia los laterales para ponerse las camisetas de su equipo e incorporarse rápidamente al juego.
Sobre uno de los laterales había un marcador que sumaba los puntos, casi sin parar, de ambos equipos. En aquel momento, el equipo de la materia ganaba al de la antimateria por goleada.
En la grada de los vencedores se notaba ya una gran agitación. Aunque el partido no había terminado, ya celebraban la victoria y daban saltos, abrazándose unos a otros.
Al otro lado, los seguidores de la antimateria estaban cada vez más cabizbajos. Se daban cuenta de que el partido llegaba a su fin.
Finalmente, un silbato anunció el final del partido. ¡El equipo Materia había vencido! Tres elfos periodistas retransmitían el partido por televisión desde el campo. Algunas partículas de materia se acercaron para ser entrevistadas.
—¡Enhorabuena! —las felicitó la reportera—. Hacía tiempo que esperabais celebrar una gran victoria como ésta, ¿no es así?
—Efectivamente —contestó entusiasmada una de las partículas—. Hacía eones que esperábamos la oportunidad de jugar un partidazo como éste. ¡Ha sido atómico!
—¿Y ahora cuáles son vuestros planes?
—Queda aún mucha liga por delante. Tenemos que ponernos manos a la obra para crear los átomos, los planetas y las galaxias. Habrá que trabajar duro.
—Muchas gracias, Up, por tus declaraciones para nuestra audiencia —dijo la periodista a la pequeña partícula—. Acabamos de retransmitir en directo el partido entre Materia y Antimateria para Quantum TV. Les dejo ahora con nuestra compañera del teleuniverso, que nos informará de las preocupantes noticias que llegan desde los confines de nuestro mundo.
La partícula llamada Up, que debía de ser el capitán, corrió para celebrar la victoria con el resto de su equipo.
El equipo de la materia celebraba el triunfo danzando en el centro del campo. Empezaron a quitarse las camisetas y a tirarlas hacia el público.
De repente, las luces de los cuatro focos se atenuaron. Sólo se veía la silueta de las gradas. Los gritos de felicidad de los hinchas habían cesado. Todos guardaban un respetuoso silencio mientras observaban el trabajo que las partículas habían empezado a realizar.
Con cada danza en el centro del campo, el número de partículas crecía y crecía. Se unían entre sí formando figuras cada vez más grandes.
A partir de entonces, todo sucedió muy rápido.
Niko pudo ver cómo se creaban estrellas extremadamente brillantes y hermosas. Un instante después se formaron los redondos planetas, algunos azules, otros verdes y morados. Pudo ver muchos de esos planetas, quizá la Tierra entre ellos, colocarse en sus órbitas alrededor de las estrellas.
Las estrellas y los planetas se agrupaban a su vez en galaxias que tomaban diversas formas: espirales, circulares, nubes cuajadas de estrellas...
Niko las reconocía por documentales de la televisión que había visto. En aquellas imágenes, las galaxias parecían estáticas, como si hubiesen existido desde siempre, inamovibles y eternas. Pero en el universo que estaba viendo, las estrellas y las galaxias cambiaban constantemente. Crecían y se expandían sin dejar de danzar armónicamente con el resto del cosmos.
Aquel universo se estaba expandiendo sin parar. Niko temió que acabara aplastándoles a él y a Eldwen, como a los demás hinchas que aún celebraban la victoria de su equipo.
Retrocedieron hasta tocar las cortinas con sus espaldas.
—Esto se pone feo —le dijo Niko a su nuevo compañero—. Si sigue creciendo de este modo, acabaremos espachurrados.
Estas últimas palabras las dijo con un tono de gravedad en la voz. Eldwen lo miró a los ojos y le contestó:
—Llegados a este punto, tan sólo pueden pasar tres cosas...

Sonia Fernández-Vidal, La Puertade los Tres Cerrojos