lunes, 10 de abril de 2017

CUENTO DE ABRIL


Te das cuenta de que has estado presionando demasiado a los patos cuando dejan de confiar en ti, y mi padre llevaba desde el verano anterior tomándoles el pelo en todo momento.

Iba hasta el estanque.

—Hola, patos —saludaba a los patos.

Cuando llegó enero, se alejaban nadando de él. Un macho particularmente furioso —lo
llamábamos Donald, pero sólo a sus espaldas, porque los patos son muy susceptibles para esas cosas— se quedaba por allí y regañaba a mi padre:

—No nos interesa —le decía—. No queremos comprar nada de lo que vendes: ni seguros de vida, ni enciclopedias, ni revestimiento de aluminio, ni cerillas de seguridad, y, especialmente, nada de protecciones contra la humedad.

—¡Doble o nada! —graznó un ánade real muy indignado—. Seguro que nos dejarías probar suerte lanzando una moneda. Aunque tendría una cara en cada lado.

Los patos, que tuvieron la oportunidad de examinar la moneda de veinticinco centavos cuando mi padre la tiró al agua, graznaron al unísono y se deslizaron, con elegancia y enfado, hasta el otro extremo del estanque.

Mi padre se lo tomó como un asunto personal.

—Esos patos —dijo—. Siempre estaban allí. Como una vaca a la que pudieras ordeñar. Eran unos crédulos, de los mejores. De esos a los que puedes recurrir una y otra vez. Y yo lo eché todo a perder.

—Tienes que conseguir que vuelvan a confiar en ti —le dije—. O, lo que es mejor todavía, podrías empezar a ser honrado. Pasar página. Ahora tienes un empleo de verdad.

Trabajaba en la pensión del pueblo, al otro lado del estanque.

Mi padre no pasó página. Ni siquiera se lo planteó. Robó pan recién hecho de la cocina de la pensión, se llevó las botellas de vino que habían quedado a medias y se fue al estanque a
ganarse la confianza de los patos.

Los estuvo distrayendo durante todo marzo, les dio de comer, les contó chistes, hizo todo lo que pudo para ablandarlos. No fue hasta que llegó abril, cuando el mundo se llenó de charcos y los árboles eran nuevos y verdes, y el planeta se había sacudido de encima el invierno, cuando sacó una baraja de cartas.

—¿Qué tal una partida amistosa? —preguntó mi padre—. Sin dinero.

Los patos se miraron entre sí con nerviosismo.

—No sé… —murmuraron algunos de ellos con recelo.

Entonces, un ánade real anciano que no me sonaba de nada extendió un ala con gentileza.

—Después de tanto pan recién hecho y de todo el buen vino que nos has traído, sería una grosería que rechazáramos tu oferta. ¿Qué tal una partida de gin rummy? ¿O mejor a las familias?

—¿Qué tal si jugamos al póquer? —preguntó mi padre con su cara de póquer, y los patos aceptaron.

Mi padre estaba muy contento. Ni siquiera tuvo que sugerir que empezaran a apostar dinero para que el juego fuera más interesante, el pato anciano lo hizo por él.

Durante aquellos años yo había aprendido algunas cosas sobre la técnica de repartir las cartas desde la parte inferior del mazo: había visto a mi padre sentado en nuestra habitación por la noche, practicando una y otra vez, pero aquel pato viejo podría haberle enseñado un par de cosas a mi padre. El pato repartía las cartas de la parte inferior del mazo. Repartía las del medio. Sabía dónde estaban todas las cartas de la baraja, y le bastaba con agitar el ala con rapidez para colocarlas justo donde quería.

Los patos desplumaron a mi padre: la cartera, el reloj, los zapatos, la caja de rapé y la ropa que llevaba. Si los patos hubieran aceptado que mi padre apostara un niño, estoy seguro de que también me habría perdido a mí, y puede que me perdiera en más de un sentido.

Regresó a la posada en calzoncillos y calcetines. Los patos dijeron que no les gustaban los calcetines. Cosas de patos.

—Por lo menos has conservado los calcetines —le dije.

Ese abril mi padre aprendió a no confiar en los patos.

Neil Gaiman