martes, 11 de abril de 2017

ATAÚD CERRADO


Irlanda, 1929.

Lady Athelinda Playford, Athie, una reconocida escritora de novelas de detectives para niños, ha invitado a varias personas a pasar una semana con ella en Lillieoak, su casa de campo. Además de su hijo, Harry, y su hija, Claudia, con sus respectivas parejas, su secretario personal y la enfermera de éste, también dos abogados, Gathercole y Rolfe, han sido citados, así como Edward Catchpool, detective de Scotland Yard, y Hércules Poirot, pues estos dos resolvieron no hace mucho Los Crímenes del Monograma.

Nadie conoce el motivo de esta invitación. Sin embargo, el misterio es rápidamente desvelado: Athie anuncia que el heredero de su fortuna será Joseph, su secretario, aquejado de una enfermedad terminal, y no sus hijos. ¿Qué razón ha impulsado a Athie a dejarle todo su dinero a alguien que no es de su familia? En medio de la gresca, Josesph pide a Sophie, la enfermera, que se case con él.

Pero esa misma noche, Sophie grita al ver como Claudia machaca la cabeza de Joseph. y todos corren hacia el escenario del crimen. Lo que parece evidente se complica cuando un testigo afirma haber visto a Claudia en otra parte de la casa en ese momento y en su ropa no hay el menor rastro de sangre. Además, a simple vista, se observan en el cadáver síntomas de envenamiento. Pero, y esta es la cuestión principal, ¿quién es capaz de matar con tanta saña a alguien que le quedan un par de meses de vida?

Poirot, con la ayuda de Catchpool, el nuevo "Hastings" tendrá que poner en marcha las pequeñas células grises para averiguar la verdad en medio de una casa repleta de recelosos familiares, peculiares abogados y un curioso servicio doméstico. Lo malo es que nada es lo que parece, ni lo evidente tan claro.

Sophie Hannah nos ofrece una segunda entrega, con el permiso de los herederos de Agatha Christie, de sus casos de Hércules Poirot. Más que imitar a la escritora inglesa, intenta mantener la esencia del personaje y de la intriga, trabajando sobre todo los diálogos y la psicología de los personajes. La historia en sí es la clásica en estas novelas de Agatha Christie: nos presenta a los personajes, sucede el crimen y, poco a poco,  Poirot va descubriendo las claves para resolverlo en esa reunión con todos los implicados (esquema que sigue actualmente la serie de ficción inglesa Crimen en el Paraíso). Esas claves nos las han dado antes, a imitación de las reglas del Detection Club, que llegó a presidir Agatha durante varios años, aunque una de las claves principales no nos lo podemos imaginar por nuestro desconocimiento de pate de la obra de William Shakespeare: La Vida y Muerte del Rey Juan, que se cita varias veces en la novela. 

Ya en la primera entrega, Sophie Hannah creó el personaje de Catchpool, un joven agente de Scotland Yard que ocupa el lugar de Hastings como ayudante del detective belga y narrador de la historia, con lo cual se justifica la diferencia de estilo narrativo entre las dos autoras, como podemos comprobar:

—Ay, Catchpool —dijo Poirot, tristemente—. Si le diera la respuesta, si me apiadara de usted y se la diera, entonces usted no desarrollaría la capacidad de pensar por sí mismo, ¡y sin embargo, debe desarrollarla! Tengo un buen amigo del que nunca le he hablado. Se llama Hastings. Con frecuencia lo animo a ejercitar su materia gris, aunque sé que su mente nunca será rival para la mía.
Pensé que su comentario era un preámbulo para hacerme un cumplido («En cambio usted…»), pero en lugar de eso, dijo:
—Tampoco la suya, Catchpool. No es que le falte inteligencia, ni sensibilidad, ni siquiera originalidad. Es un problema de confianza en sus capacidades. En lugar de buscar la respuesta, usted mira a su alrededor para ver si hay alguien que pueda dársela. Eh bien, ¡encuentra a Hércules Poirot! Pero Poirot no solo es un experto en resolver enigmas, mon ami. También es un guía, un maestro. Y Poirot quiere que usted aprenda a pensar con sus propias neuronas, como hace él, y como hace también esa mujer que usted describe, Margaret Ernst, que no confía en la Biblia, sino en su propio juicio.

Sophie Hannah, Los Crímenes del Monograma