domingo, 3 de abril de 2016

PIPPI LLEGA A VILLA MANGAPORHOMBRO


En los confines de una pequeña ciudad sueca había un viejo jardín abandonado. En el jardín había una vieja casa, y allí vivía Pippi Calzaslargas. Tenía nueve años y vivía  completamente sola. No tenía padre ni madre, lo cual era una ventaja, pues así nadie la mandaba a la cama precisamente cuando más estaba divirtiéndose, ni la obligaba a tomar aceite de hígado de bacalao cuando le apetecían caramelos de menta.
Hubo un tiempo en que Pippi tenía un padre al que quería mucho. Naturalmente, también había tenido una madre, pero de esto hacía tanto tiempo que ya no se acordaba.
La madre murió cuando Pippi era aún una niñita que se pasaba el día acostada en la cuna y lloraba de tal modo que nadie podía acercarse a ella. Pippi creía que su madre vivía ahora allá arriba en el cielo, y que miraba hacia abajo por un agujero para ver a su hija. Pippi solía saludar con la mano a su madre y decirle:
—No te preocupes por mí, que yo sé cuidarme sólita.
Pippi no había olvidado a su padre. Este había sido capitán de barco y había recorrido todos los mares. Pippi había navegado con su padre hasta el día en que él se cayó al agua durante una tempestad y desapareció. Pero Pippi estaba completamente segura de que un día volvería, pues no podía creer que se hubiera ahogado. Estaba convencida de que había empezado a nadar y que había conseguido llegar a una isla llena de caníbales, que estos le habían nombrado rey y que se pasaba el día con una corona de oro en la cabeza.
—Mi madre es un ángel y mi padre el rey de los caníbales. Pocos niños tienen padres así —solía decir Pippi con orgullo—. Y cuando mi padre pueda construirse un barco, vendrá por mí, y entonces yo seré la princesa de los caníbales. ¡Qué bien voy a pasarlo!
Hacía muchos años que su padre había comprado la vieja casa del jardín, con la intención de vivir en ella con Pippi cuando fuera viejo y ya no pudiese navegar. Pero tuvo la desgracia de caerse al mar. Y entonces Pippi, que esperaba su regreso, se fue sin pérdida de tiempo a Villa Mangaporhombro, nombre de la casita de campo que, por cierto, estaba arreglada y limpia como si la esperase.
Una hermosa tarde de verano, Pippi se despidió de todos los marineros del barco de su padre. Los marineros adoraban a Pippi, y Pippi quería mucho a los marineros.
—¡Adiós, amigos! —dijo Pippi mientras los iba besando en la frente por riguroso turno—. No os preocupéis por mí, que yo sé cuidarme sólita.
Recogió dos cosas del barco: un monito llamado Señor Nelson, que le había regalado su padre, y una maleta llena de monedas de oro. Los marineros permanecieron de pie junto a la borda, mirando a Pippi hasta que la perdieron de vista. La niña siguió andando sin mirar atrás ni una sola vez, con el Señor Nelson sentado en el hombro y la maleta en la mano.
—¡Qué niña tan extraordinaria! —dijo uno de los marineros, enjugándose una lágrima, cuando Pippi desapareció de su vista.
El marinero tenía razón: Pippi era una niña extraordinaria. Y lo más extraordinario de ella era su fuerza. Era tan fuerte que no había en el mundo ningún policía que fuera tan fuerte como ella. Si quería, podía levantar un caballo. Y quería levantarlo. Pippi se compró un caballo para ella sola con una de sus monedas de oro, el mismo día de su llegada a Villa Mangaporhombro. Siempre había soñado con tener un caballo de su propiedad, y ya lo tenía. Vivía en el porche, pero cuando a Pippi se le antojaba tomar el té allí, lo levantaba en vilo y lo sacaba al jardín.
Junto a la casa de Pippi había otro jardín y otra casa. Allí vivían un padre, una madre y dos hijos muy guapos, un niño y una niña. El niño se llamaba Tommy y la niña Annika. Además de guapos, eran buenos, educados y obedientes.
Tommy no se mordía nunca las uñas y siempre hacía lo que su madre le ordenaba. Annika no se enfadaba cuando no podía salirse con la suya, y llevaba siempre vestidos de algodón muy bien planchados que trataba de no ensuciar.
Tommy y Annika lo pasaban muy bien jugando juntos en el jardín, pero más de una vez habían deseado tener un compañero de juegos, y en la época en que Pippi navegaba con su padre, se asomaban a veces a la valla del jardín y se decían el uno al otro:
—¡Lástima que nadie se mude a esta casa! ¡Ojalá vivieran unos padres que tuviesen niños!
Aquella hermosa tarde de verano en que Pippi cruzó por primera vez el umbral de Villa Mangaporhombro, Tommy y Annika no estaban en casa. Se habían ido a pasar una semana con su abuela. Por eso no se enteraron de que alguien se había instalado en la casa vecina, y el día después de su regreso, se pararon en la puerta del jardín, mirando a la calle, sin saber todavía que tenían muy cerca una compañera de juegos.
Precisamente en el momento en que se preguntaban qué podrían hacer, y si les sucedería algo interesante aquel día o, por el contrario, sería uno de esos días aburridos en que uno no sabe qué hacer, precisamente en ese instante, se abrió la puerta de Villa Mangaporhombro y apareció una niña, la más extraña que Annika y Tommy habían visto en la vida. Era Pippi Calzaslargas, que se disponía a dar su paseo matinal. Su aspecto era el siguiente:
Su cabello tenía exactamente el color de las zanahorias y estaba recogido en dos trenzas que se levantaban en su cabeza, tiesas como palos. La nariz tenía la misma forma que una diminuta patata y estaba sembrada de pecas. Su boca era grande y tenía unos dientes blancos y sanos. Su vestido era verdaderamente singular. Ella misma se lo había confeccionado. Era de un amarillo muy bonito, pero como le había faltado tela, era demasiado corto, y por debajo le asomaban unas calzas azules con puntos blancos. En las piernas, largas y delgadas, llevaba un par de medias no menos largas, una negra y otra de color castaño. Calzaba unos zapatos negros que eran exactamente el doble de grandes que sus pies. Su padre se los había comprado en América del Sur, teniendo en cuenta que los piececitos de la niña pudieran ir creciendo dentro de ellos, y Pippi no quería ponerse otros.
Pero lo que más hizo abrir de par en par los ojos a Tommy y a Annika fue el mono que iba sentado en el hombro de aquella niña desconocida. Era pequeño y tenía un rabo larguísimo. Llevaba unos pantalones azules, una chaqueta amarilla y un sombrero de paja blanco.


Pippi echó a andar calle abajo, con un pie en el arroyo y el otro en el borde de la acera. Tommy y Annika la siguieron con la vista hasta que desapareció. Pronto volvió a aparecer, pero ahora andaba de espaldas: no había querido tomarse la molestia de dar media vuelta al emprender el regreso. Al llegar ante la verja del jardín de Tommy y Annika se detuvo. Los dos hermanos y Pippi se miraron en silencio. Al fin Tommy preguntó:
—¿Por qué andas de espaldas?
—¿Que por qué ando de espaldas? —le repuso Pippi—. Estamos en un país libre, ¿no? ¿No puedo andar como quiera? Y permitidme que os diga que en Egipto todo el mundo anda de espaldas, y a nadie le parece raro.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Tommy—. Porque tú no has estado nunca en Egipto, ¿verdad?
—¿Que si he estado en Egipto? Puedes apostar tus botas a que sí. He recorrido todo el mundo y he visto cosas mucho más extrañas que gente andando de espaldas. No sé qué habríais dicho si me hubieseis visto andar con las manos, que es como anda la gente en Indochina.
—¡Eso no es verdad! —exclamó Tommy.
Pippi se quedó pensativa un momento.
—Tienes razón —dijo tristemente —: he mentido.
—Mentir es feo —dijo Annika, que por fin se atrevió a abrir la boca.
—Sí, mentir es muy feo —admitió Pippi, aún más triste—. Pero a veces lo olvido, ¿sabes? No se puede pedir a una niña que tiene una madre que es un ángel y un padre que es el rey de los caníbales, y que se ha pasado la vida en el mar, que diga siempre la verdad. Y a propósito —añadió con una sonrisa que le cubrió toda la cara pecosa—, puedo aseguraros que en Kenia no hay ni una sola persona que diga la verdad. Allí la gente se pasa el día entero, desde las siete de la mañana hasta que se pone el sol, diciendo embustes. Por eso, si de vez en cuando digo alguna mentira, tendréis que perdonarme: recordad que lo hago porque he vivido mucho tiempo en Kenia… Pero podemos ser amigos, a pesar de todo, ¿verdad?
—¡Claro que sí! —exclamó Tommy, comprendiendo de pronto que aquel día no sería de los aburridos.

Astrid Lindgren, Pippi Calzaslargas