martes, 5 de abril de 2016

APRENDER ES IMPORTANTE


¿Os suenan las ideas que subyacen en este texto?

Técnicamente, sus dos “perros guardianes” tenían el bachillerato y Johnson contaba en su currículo hasta con dos años de universidad. Por desgracia o por suerte, dependiendo de cómo se mirase, los dos habían sido pensionistas y su educación se la habían proporcionado por cortesía del sistema educativo de la República Popular de Haven. En teoría, podía adquirirse una buena educación de esa fuente, pero hacerlo precisaba que el individuo empleara los recursos disponibles para educarse a sí mismo, porque después de tantas décadas de degradación del concepto de logro en nombre de la «democratización» y de la «reválida estudiantil», no quedaba nadie en el estamento docente que tuviera la más remota idea de cómo enseñar de verdad.

El problema era que la gente que estaba de verdad motivada escaseaba. Sin nadie que les explicase las cosas, la mayoría de los jóvenes no comprendían por qué aprender era importante, para empezar. Siempre hay excepciones a esa regla general, pero la mayoría de los seres humanos aprenden a partir de la experiencia, no por norma, y hasta que uno no experimentaba las consecuencias de no recibir una educación, rara vez se siente el impulso de corregir la situación. Crear un deseo de aprender en alguien que no se había visto en la necesidad de ello precisaba de toda una estructura de apoyo, una sociedad en la que los mayores dejaran claro que de los jóvenes se esperaba que adquirieran conocimientos y que se prepararan para ponerlos en práctica. Y ese tipo de sociedad era precisamente la que no habían tenido los pensionistas antes de la guerra, porque el subsidio básico de manutención se había manejado como una bomba de relojería, por más improductiva que hubiera revelado ser. Además, ¿para qué habrían podido usar los pensionistas la educación?

Lo que era tal vez peor: los legislaturistas de antes de la guerra habían hecho lo imposible por que la respuesta a esa última pregunta fuera «nada», porque el conocimiento era algo peligroso. No querían que los pensionistas recibieran educación o se involucraran en el funcionamiento del sistema. Tal vez fueran un parásito insostenible para una economía moribunda, pero mientras que el subsidio básico de manutención les bastara para mantener el ritmo de vida al que estaban acostumbrados, no tenían demasiada prisa en exigir el derecho a participar en la toma de decisiones políticas. Aquel, al fin y al cabo, había sido el acuerdo entre sus ancestros y los de los legislaturistas. A cambio de que «los cuidaran», los ciudadanos de la República Popular de Haven habían cedido toda la toma de decisiones a la gente que se encargaba del engranaje del poder y, hasta que esa maquinaria se derrumbase, nadie había sentido la necesidad de arreglar lo que funcionaba mal.

A gran escala, el pacto de suicidio mutuo entre los legislaturistas y su estamento educativo era académico, o al menos eso creía Harkness; pero a un nivel personal, sus consecuencias habían adquirido proporciones muy importantes, porque Johnson y Candleman eran los productos típicos del sistema del que procedían. Eso significaba que padecían una ignorancia devastadora que pocos manticorianos hubieran creído siquiera posible. Gente que apenas podía trabajar con operaciones matemáticas básicas o que, como Candleman, sufrían de lo que se podía llamar analfabetismo funcional, eran de una utilidad estrictamente limitada para una maquinaria de guerra moderna, porque el mantenimiento o la puesta en marcha de cualquier equipamiento más complejo que un rifle pulsado requería al menos una cierta familiaridad con los principios básicos de la electrónica, la cibernética, la teoría gravitatoria y algunos rudimentos de otras disciplinas.

David Weber, En Manos Enemigas