miércoles, 6 de abril de 2016

¿A QUIÉN NO LE GUSTA QUE LE CUENTEN UN CUENTO?


Los cuentos forman parte de lo que somos, nos acompañan desde la cuna; y no me refiero sólo a nosotros como individuos, sino a nuestra especie. A fin de cuentas, el primer género narrativo de la historia fue el cuento; porque cuando nuestros más remotos antepasados se reunían en torno a la hoguera no contaban novelas, ni poemas: contaban cuentos.

Sin embargo, tiende a considerarse que el relato corto es un género menor. J. G. Ballard define los cuentos como «la calderilla del tesoro de la ficción», una opinión paradójica viniendo de uno de los mejores cuentistas del siglo XX. No obstante, el autor inglés añadía que, en su máxima expresión, «el cuento está acuñado en metal precioso y sus dorados destellos brillarán para siempre en la imaginación del lector». Julio Cortázar, recurriendo a un símil pugilístico, afirmaba que el cuento gana por knock out, mientras que la novela gana a los puntos. Es cierto; algunos cuentos, los mejores, poseen la potencia emocional de un derechazo, y se clavan en la memoria para siempre.

Los relatos cortos han sido también las semillas de muchos géneros literarios, por no decir de todos. La fantasía y la ciencia ficción modernas no se forjaron con novelas, sino a base de cuentos publicados, por lo general, en revistas especializadas. De hecho, quizá ambos géneros brillan con especial intensidad en los cuentos, pues suelen manejar ideas que resultan más impactantes cuando se muestran desnudas, sin excesivo adorno.

Personalmente, adoro los cuentos; me encanta leerlos y disfruto escribiéndolos. Por dos razones: en primer lugar, por su inmediatez. Planificar una novela lleva tiempo, y escribirla requiere meses o años de trabajo; pero el cuento apenas precisa preparación y se escribe en unas horas o unos días. Lo terminas antes de cansarte de escribirlo. En segundo lugar, por su intensidad. Cuando escribes un cuento, te centras por completo en la idea o emoción que quieres transmitir, de modo que toda la estructura del relato se orienta en ese único sentido. Por eso los cuentos pueden ser tan contundentes como el metafórico uppercut que citaba Cortázar.

Por desgracia, en España hay escasa afición a los cuentos, y no me explico por qué. Dicen que por la dificultad que supone para el lector saltar de un argumento a otro; pero yo no lo veo como un problema, sino más bien como un aliciente. Parafraseando a Forrest Gump, una antología de relatos es como una caja de bombones: nunca sabes qué te va a tocar.

El caso es que apenas hay mercado editorial para los cuentos y, además, mi labor como novelista me roba mucho tiempo, así que tengo pocas oportunidades de escribir relatos cortos. Desde que publiqué mi primera antología, El Círculo de Jericó (Ediciones B, 1995), hasta ahora, no habré escrito más de treinta cuentos; muchos de ellos porque sí, sin ningún fin en concreto, sencillamente porque una idea me ardía en la cabeza y sentía la necesidad de escribirla.

El libro que ahora tienes en las manos, amigo lector, es una selección de trece de esos cuentos. O, para ser precisos, doce cuentos y una novela corta. El relato más antiguo, el que abre la antología, lo escribí en 1996, y el más reciente, en 2014. No están ordenados cronológicamente, sino siguiendo un orden intuitivo que, por alguna razón, me parece adecuado. Pero puedes seguir ese orden o picotear aquí y allá a tu antojo, da igual; has pagado por el libro y puedes hacer con él lo que quieras. Lo que te garantizo es que, mejores o peores, los relatos que componen esta antología son absolutamente sinceros, porque todos ellos fueron escritos como actos de amor al género fantástico. Espero no haber sido del todo mal amante.

Hay muchas clases distintas de cuentos, y muchas formas diferentes de escribirlos. Mi modo de afrontar el género está influido por la fantasía y ciencia ficción anglosajona de las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta del pasado siglo. Pero, al mismo tiempo, se entremezcla un influjo europeo, con nombres como Buzzati, Crompton, Bécquer, Wodehouse, Chesterton, Ballard o Borges, que no era europeo pero casi. Me siento a gusto con ese cóctel, intentando usar lo mejor de cada escuela, pero procuro siempre ofrecer un punto de vista autóctono; no necesariamente español, pero sí con el aroma del Viejo Continente, una mirada quizá más pesimista y escéptica, aunque también más irónica.

La fantasía y la ciencia ficción son para mí mundos cálidos y amables donde puedo refugiarme siempre que lo necesito. Dicen que la patria de un hombre es su infancia, y mi infancia estuvo llena de sueños espaciales, de retazos del futuro, de prodigios mentales y de ideas asombrosas. Por eso, escribir fantasía y ciencia ficción es como volver al hogar.

César Mallorquí, Trece monos

PREMIO CERVANTES CHICO 2015