miércoles, 13 de abril de 2016

COMIENZA EL JUEGO


Estaba a punto de besar el cuello de Patricia cuando sonó el teléfono.
No pasaba nada. Sólo estábamos haciendo los deberes de Informática. El Obtuso nos había dicho: «Los que tengáis ordenador en casa, el lunes me traéis el calendario-agenda diseñado con Word». Una especie de examen para empezar el segundo trimestre. A mí se me daba bien la informática y a Patricia no, porque no tenía ordenador, de manera que la había invitado a mi casa para enseñarle. No tenía la intención de hacer yo sus deberes, claro que no. Se trataba de que Patricia aprendiera conmigo lo que debería haber aprendido en clase antes de Navidad. Por eso, ella se encontraba delante del teclado, muy concentrada, y yo a su espalda diciéndole «¿Ahora qué harías?», o «Busca en Herramientas», o «¿Qué tipo de letra prefieres?».
No había nadie más en casa. Mi padre me había dejado una nota lacónica con la receta para la cena y los ingredientes sobre el mármol de la cocina. Mi dormitorio sólo estaba iluminado por la pantalla del ordenador y el flexo. El resto de la estancia estaba en una semioscuridad aterciopelada y cálida que nos cobijaba y alentaba la intimidad.
Yo acababa de descubrir el poder embriagador del perfume femenino. Hasta aquel momento, mis compañeras de clase no usaban perfumes, o no me había dado cuenta, o tal vez olían a Nenuco o a colonia de niñas. Y, de pronto, al inclinarme sobre aquel hombro para ver mejor la pantalla del ordenador, o para indicar a Patricia qué tecla debía pulsar, la fragancia dulce y fresca me atravesó la pituitaria y llegó directamente al centro de mi cerebro. Creo que incluso enrojecí. Mis ojos se clavaron en el cuello de aspecto sedoso, terso, apetitoso, que dejaba al descubierto el jersey de escote de ojal, y se me nubló la vista mientras mis labios se estiraban involuntariamente, atraídos por el poderoso imán de aquella epidermis limpísima.
Entonces sonó el teléfono y la magia se hizo añicos como si estuviera hecha de cristal muy frágil.
Necesité una fracción de segundo para tomar conciencia de dónde estaba, y qué estaba haciendo allí, y quién era, adónde iba y de dónde venía. Tragué saliva, me aclaré la garganta con una tosecilla ridícula, descolgué el auricular y dije:
—Diga —mi tono revelaba fastidio, la verdad.
—Tengo que hablar contigo —oí una voz de ultratumba, arropada por ecos, como si me hablaran desde el púlpito de una catedral. Gabriel tenía voz de locutor, profunda e irreal—. ¿Dispones de un poco de tiempo?
—Sí. Claro.
Patricia arrugaba el ceño como si a ella le molestara la interrupción tanto como a mí. En seguida notó que ocurría algo especial.
«¿Quién es?»
—Hay un errepegé en marcha —dijo Gabriel Máster—. ¿Queréis jugar?
«Queréis», en plural.
—¿Un errepegé? —exclamé.
Se le iluminaron los ojos a Patricia.
—¿Un RPG?
—Sí, sí. Role-Playing Game. Un errepegé. Un juego de rol.
—¿Un juego de rol?
—¿Un juego de rol? —exclamó ella—. ¿Con Gabriel?
Habíamos descubierto el juego de rol el año anterior. Empezamos con Dungeons and Dragons, como todo el mundo, y la fiebre en seguida se apoderó de nosotros. Seguimos con Werewolf y con los Mitos de Cthulhu, y unos cuantos compañeros del cole se obsesionaron tanto con eso que no podían pensar en nada más. Gabriel, Charly Freya, Félix el Gato, María Rolera o el Trazas llegaron a ponerse muy insoportables. María Rolera se ganó su apodo a pulso y a Gabriel pasamos a llamarle máster o Gabriel Máster para distinguirlo de otros Gabriel del instituto. A mí no me había dado tan fuerte pero, si asistías a una partida dirigida por Gabriel Máster, comprendías el entusiasmo reinante.
¡Cómo contaba las historias! Era capaz de meterte de cabeza en los ambientes más extravagantes y asombrosos, te hacía vivir situaciones de peligro como si realmente te estuvieras jugando la piel, creaba unas escenas tan emocionantes que a más de uno lo vi llorar. Félix el Gato lloró cuando era el druida Manolix y murió aplastado por aquella losa.
Fue culpa suya. Gabriel le había avisado de que había una trampa en la caverna. Debería haber esperado a que lo sacaran de allí. Pero Manolix sabía que sus compañeros estaban luchando contra siete encapuchados sin rostro en la sala de al lado y llevaban las de perder. Sabía que, con su ayuda mágica, podría decantar la lucha a su favor, y decidió arriesgarse. Una roca se movía con un ruido de engranajes al fondo. Supuso que se trataría de un resorte que abría la puerta de la mazmorra y decidió comprobarlo. La empujó. Automáticamente, sonó un crujido espeluznante por encima de su cabeza y la losa inmensa que formaba el techo —Gabriel lo había indicado antes: el techo está formado por un solo bloque de granito— cayó sobre él.
—¡Salto hacia un rincón de la sala! —anunció Manolix angustiado.
Gabriel hizo un gesto apesadumbrado para dar a entender que no tenía escapatoria posible, pero le concedió que tirase el dado. Quizá, si llegaba hasta la pared y se apretaba mucho contra ella, tendría la oportunidad de quedar solamente mutilado. Manolix era un druida pequeño y ágil como una ardilla. Sacó un nueve con un dado de diez. Eso significaba unos reflejos maravillosos, un salto prodigioso. Se quedó pegado a la pared como una lagartija, como el papel decorativo.
Entonces Gabriel dijo que tirarían el dado los dos a la vez y restarían las cantidades para computar qué daño le había hecho la caída de la losa. Si la diferencia era a favor de Manolix, se salvaría pero calcularían las lesiones sufridas. Sólo si sacaba ocho o nueve puntos a su favor se consideraría que había salido milagrosamente ileso. Siete, seis o cinco le darían derecho a quedar muy malherido pero capaz de pedir auxilio. Si sacaba menos... Bueno, ya veríamos. Félix el Gato y Gabriel tiraron sus dados a la vez. Jugadores y espectadores guardamos un silencio sepulcral, con el corazón en un puño. Todos queríamos mucho a Manolix. Era un druida ingenioso, ocurrente, encantador. El dado de Gabriel sacó un diez, y Félix sacó un uno. No podía haber sido aplastado de una manera más fulminante. Quedó hecho papilla bajo aquella lápida inmensa.
Entonces fue cuando Félix el Gato se puso a llorar.
—¡No hay derecho! —protestó.
Y estábamos de acuerdo con él. No era justo. Había movido la maldita roca con la intención de ayudar a sus compañeros. Había sido un acto de generosidad. Pero así es la vida. O así es el juego de rol. Si te juegas el físico, puedes perderlo.
Después de un verano de encadenar juegos con juegos, generalmente en el sótano del taller del padre de Charly Freya, Gabriel decidió inventarse reglas más sencillas y situaciones nuevas. Dijo que los clásicos le servían como punto de referencia, para saber de qué iba la cosa, pero que prefería partir de cero, crear sus propios mundos y poner sus propias condiciones para sorprendernos cada vez con aventuras inesperadas.
Era una gozada jugar con Gabriel Máster.
Y ahora Gabriel Máster me estaba preguntando si quería participar en un nuevo RPG organizado por él. Patricia saltaba de alegría, braceaba y movía la boca gritando en silencio «¡Yo también, yo también!».
—Cuenta conmigo —dije.
—¿Y con Patricia? —preguntó la voz tremenda.
¿Cómo sabía que Patricia estaba conmigo? Buen golpe de efecto. Muy propio del Máster. Con esa voz de doblador de cine, templada y un poco redicha, soltaba afirmaciones así y te dejaba de una pieza. Luego, pensabas que no era tan difícil deducir que Patricia y yo estábamos juntos: seguro que se me notaba cantidad que yo estaba colado por la morenita, a lo mejor alguien me había oído el viernes cuando yo le proponía que viniera a hacer los deberes a casa el domingo por la tarde; o Gabriel Máster nos había seguido, que era muy capaz de ello. Pero eso lo pensabas luego. De momento, te quedabas maravillado e imaginabas que todo lo que Máster pudiera contar a continuación sería igualmente sorprendente y fantástico.
—También puedes contar con Patricia —dije.
Ella se quedó boquiabierta un instante. Luego, aplaudió y afirmó tan enérgicamente con la cabeza que se despeinó.
—Entonces, baja a la portería de tu casa y busca en el buzón.
Había dado por supuesto que íbamos a aceptar. Ya nos había dejado un mensaje.
—Yo te espero al teléfono —añadió.
No tuvo que esperar mucho rato. Incapaz de estar quieto en el rellano de la escalera mientras el ascensor acudía a mi llamada, me lancé por las escaleras de cuatro en cuatro, organizando un alboroto formidable con mis saltos, y volví a subirlas de dos en dos, en un abrir y cerrar de ojos. Luego, tuve que disimular mis jadeos y mi falta de aliento ante una Patricia que esperaba en vilo.
—¡Qué! ¿Qué?
Le mostré lo que había encontrado en el buzón.
Dos naipes del Tarot.
El Diablo y la Estrella.
—El Diablo y la Estrella —dije al teléfono.
—Tu teléfono tiene sistema manos libres —afirmó el Máster como si lo estuviera viendo. ¿Cuándo había estado Gabriel en mi casa?—. Conéctalo para que Patricia pueda oírme.
Lo hice.
—Os habla el Sumo Sacerdote de Tarotown —el vozarrón catedralicio, resonando con ecos, llenó la penumbra de mi habitación.
Patricia y yo nos tomamos de la mano, asustados. Escuchamos boquiabiertos, sin aliento.
El juego acababa de empezar.

Andreu Martín,  El Diablo en el Juego de Rol

PREMIO ALANDAR DE NARRATIVA JUVENIL 2003