viernes, 8 de abril de 2016

EL MANUSCRITO ENCONTRADO


Me llamo Marcel Briand y desde la infancia he mantenido una relación apasionada con los libros. Antes incluso de aprender a leer, ya me fascinaban las cubiertas, el movimiento de las páginas, la sucesión de las líneas, las ilustraciones.
Retiraba los libros de los estantes más bajos, hasta donde llegaba con mi corta estatura, y me tendía en el suelo para cubrirme el cuerpo con ellos, como otros niños se entierran en la arena. Comparaba sus tamaños y encuadernaciones, los apilaba o los dejaba caer en el interior de un gran jarrón de porcelana que servía de paragüero, hasta que rebasaban el borde. Cuando los extraía, siempre quedaba alguno en el fondo, lejos de mi alcance.
Eran mis juguetes y mis mejores amigos.
Luego, cuando aprendí a leer, me acostumbré a dormir abrazado a los libros, como otros duermen con una espada de plástico o un peluche. Todavía lo hago.
Dada mi afición, no es raro que acabara trabajando en la biblioteca pública de Calais, en el brumoso norte de Francia, donde nací hace veinticinco años. Soy el jefe del servicio de actividades culturales, y me dedico a divulgar las colecciones, a realizar conferencias, presentaciones, talleres, visitas guiadas.
Hace unos meses empecé a preparar una exposición de libros sobre literatura inglesa. Uno a uno los retiraba de las estanterías, los depositaba en un atril forrado de terciopelo y los examinaba con cuidado.
Acababa de abrir un volumen de lomo anodino, sin tejuelo ni rótulo alguno, que figuraba en la sección de libros del siglo XVIII, cuando me di cuenta, por el papel y los tipos de imprenta, de que era mucho más antiguo.
Aunque le faltaba el frontispicio con el retrato grabado de William Shakespeare, se parecía mucho a esos ejemplares que los eruditos conocen como Primer Folio, esto es, una primera edición de las obras del escritor a quien alguno de sus amigos se refería, quizá burlonamente, como «El cisne de Avon».
—¡Sueña, Marcel! —me dije a mí mismo, porque desde hacía algún tiempo había adquirido la costumbre de hablar a solas.
Busqué imágenes del Primer Folio en la red y comprobé, emocionado, que el volumen que tenía en mis manos mostraba los mismos errores en la paginación que otros ejemplares, y que las obras recopiladas figuraban en el mismo orden. Había pequeñas diferencias en el texto, pero podían atribuirse al hecho de que en aquellos tiempos algunos libros seguían corrigiéndose durante la impresión, y por eso cada Primer Folio es un poco distinto.
El hallazgo en Calais de un ejemplar tan valioso constituía un hecho insólito, pero no inexplicable. En nuestra ciudad existió, hasta hace algo más de dos siglos, un colegio de jesuitas, que contenía una vasta biblioteca. Ese colegio había acogido, en tiempos de Shakespeare, a refugiados católicos y a sacerdotes ingleses que huían de la persecución cambiante, a veces cruel, a la que se les sometía al otro lado del Canal de la Mancha. No en vano Calais es la ciudad de Francia más próxima a Inglaterra, y los días de bonanza los blancos acantilados de Dover se ven desde nuestras casas.
Cualquiera de esos exiliados podía haber traído el Primer Folio, que habría permanecido en el colegio hasta la Revolución Francesa, durante la cual los revolucionarios expulsaron a los jesuitas. Estos acabaron fundando un nuevo colegio en Bélgica, pero la biblioteca permaneció en Calais.
En algún momento, un bibliotecario descuidado debió catalogar erróneamente el Primer Folio, que habría permanecido ignorado durante siglos.
Comprendí que, en cuanto informase del hallazgo a mis superiores, lo perdería de vista. Era demasiado valioso para dejarlo donde estaba. Hacía pocos años, un ejemplar del Primer Folio peor conservado que el de Calais había sido subastado en Londres por cuatro millones de euros.
Imaginé el revuelo que iba a causar la noticia, y a los políticos haciendo declaraciones a los medios e intentando utilizar el preciado volumen en su beneficio. Se lo llevarían a la Biblioteca Nacional, en París, lo encerrarían en una vitrina y permanecería fuera de mi alcance, como los libros que en mi infancia, en casa de mis padres, se alineaban en los estantes más altos o yacían al fondo del paragüero. Decidí, pues, callar durante unos días, para disfrutar de la sensación de ser el único conocedor de aquel secreto.
Siempre que tenía ocasión, preferiblemente cuando estaba a solas, retiraba el Primer Folio de su estante, lo examinaba con cuidado, casi con reverencia, leía un acto o una escena, acariciaba el ejemplar y lo devolvía a su sitio.
Fue después de hojearlo muchas veces cuando advertí el abultamiento de las guardas. Al principio me resistía a cortarlas, pero pronto me convencí de que aquella encuadernación no era especialmente valiosa. Los libreros de la época de Shakespeare solían vender las publicaciones sin encuadernar, de modo que cada comprador se encargaba de ponerles una cubierta a su gusto.
Una noche, después de cerrar la biblioteca y pretextar que tenía trabajo atrasado, decidí arriesgarme. Corté las guardas con cuidado, y también el hilo del gozne y unas cintas que había pegadas al entablado de la cubierta.
Fue así como extraje dieciocho folios de letra pequeña y rasgos levemente góticos, escritos con una tinta que se había traspasado de una cara a la otra y de un folio al siguiente.
«Veo que la obra toma tal giro que debo representar mi personaje», leí con cierta dificultad, y luego lo repetí en voz alta.
—Veo que la obra toma tal giro que debo…
¿No eran esas las palabras de la bella Perdita en una de las comedias de Shakespeare, Cuento de invierno? Pero el texto que seguía a esa frase no era una obra de teatro sino una breve autobiografía, escrita por alguien que se presentaba como William Shakespeare, y que, a juzgar por lo que estaba leyendo, lo había conocido o se le parecía mucho.
Creer que realmente lo fuese me resultaba casi imposible, por la sencilla razón de que no se conserva ningún manuscrito original suyo y solo nos han llegado catorce palabras de su puño y letra, de las que seis son firmas en documentos legales. Para colmo, en cada firma, el nombre aparece escrito de manera diferente. Hay, por ejemplo, un William Schakosper, y también un William Shexper.
Esa variedad me confirmó que seguía la pista correcta. En el manuscrito, el propio autor ironizaba sobre las muchas maneras que existían de escribir su apellido, y las transcribía. Comparé la grafía del manuscrito con las fotografías de las firmas, que pueden encontrarse en la red, y observé las coincidencias.
Poco a poco identifiqué los caracteres distintivos de la caligrafía shakespeariana: su larga s a la italiana, su tendencia a omitir las e finales, su peculiar k.
Con ayuda de la lupa, fui acostumbrándome a descifrar aquella letra, y dejé de prestar atención a las manchas de tinta y a las frecuentes abreviaturas del autor, que seguramente escribía muy deprisa.
A ratos, pensaba en lo que se dice de los cisnes en los bestiarios medievales y que el propio Shakespeare nos recuerda en su texto: que cuando se sienten próximos a morir se ponen a cantar, y expiran en pleno canto. Al final de su vida, el autor inglés había querido dejarnos un texto inédito, esta vez escrito íntegramente en prosa.
Ninguna obra literaria ha sido examinada con tanta devoción como la de Shakespeare. Sabemos, por ejemplo, que nos dejó 884 647 palabras que forman 31 959 diálogos en 118 406 versos, pero, hasta esa noche en la que descubrí el manuscrito, se ignoraban muchos detalles de su biografía. Era como si el hombre hubiera desaparecido tras su obra.
Desconocíamos si dejó Inglaterra alguna vez. No sabíamos quiénes fueron sus compañeros ni cómo se divertía. Ningún documento explicaba sus andanzas durante los ocho años en los que dejó a su mujer y a sus tres hijos en Stratford y se convirtió en un dramaturgo en Londres. Ignorábamos qué le había llevado a abandonar el centro teatral del mundo, cuando aún se encontraba en su momento más creativo, para recluirse en su ciudad natal.
Esos detalles se fueron aclarando, al menos para mí, mientras leía el manuscrito, con el corazón en vilo. De vez en cuando erguía la cabeza, necesitado de un descanso, y me veía a mí mismo en el reflejo de una estantería acristalada.
¿Sería posible que yo, un simple bibliotecario de Calais, estuviese en trance de conocer las intimidades que el propio Shakespeare se había dignado transmitirme, desde «el país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero», como decía Hamlet?
—¡Sueña, Marcel! —volvía a animarme de vez en cuando.
Acabé la lectura con los primeros rayos del sol, y se me ocurrieron tres preguntas. A la primera, la de si el escrito era del propio Shakespeare, ya me había contestado a mí mismo afirmativamente. A la segunda, la de cómo el manuscrito había acabado oculto tras las guardas del Primer Folio, solo cabía responder con una conjetura: que alguien, acaso la misma persona que había traído el libro a Francia, había juzgado peligrosos ciertos pasajes del manuscrito, alusivos a Isabel I y a su sucesor, Jacobo I, y había preferido esconderlo en los entresijos de un texto afín. A la tercera pregunta, la de qué haría yo con aquel descubrimiento, solo cabía contestar que la importancia del manuscrito me sobrepasaba, sobre todo después de leerlo, y que mi obligación era sacarlo a la luz, como también debía hacer con el Primer Folio.
Esperaba, eso sí, que a la vista del hallazgo mis superiores fuesen comprensivos y pasaran por alto mis actividades clandestinas, que la manipulación del Primer Folio me impedía disimular. Pero antes de entregarles ambos textos, quise darme a mí mismo el regalo de transcribir el manuscrito y de enviar la transcripción a una editorial, como si fuese una novela.
Ahora, cuando esa novela ha sido publicada, solo me queda confesar.

Vicente Muñoz Puelles, El Misterio del Cisne