jueves, 14 de abril de 2016

LOS RESTOS DE LA HOGUERA


Los libros volaban abiertos como pájaros asustados, tratando de escapar de las llamas. Uno tras otro, los arrojé con furia a la parte más caliente de la hoguera y contemplé cómo empezaban a arder antes incluso de aterrizar en ella.
Habíamos sacado todo lo que había en la Biblioteca Oscura, todos los tratados de alquimia, los grimorios, los frascos de cristal y los morteros de greda. Mi padre había ordenado que todo fuera destruido y, para ello, había pedido que nos ayudaran tan solo nuestros sirvientes más leales. Sin embargo, incluso con su ayuda nos había llevado muchas horas transportar todo su contenido al patio.
Era bien pasada la medianoche. No había más libros con que alimentar la combustión, pero mi cuerpo aún ansiaba tener a mano algo que arrojar, que destrozar. Merodeé por las orillas de la hoguera con una pala, arrojando los restos a medio quemar al centro de aquel infierno. Estaba ávido de destrucción. Miré a mi padre, a los sirvientes, sus rostros pálidos y aterradores en medio de aquel baile de luces y sombras.
Los muñones de los dos dedos que había perdido me palpitaban de dolor. El calor me abrasaba la cara y me llenaba los ojos de lágrimas. Aquella hoguera no tenía nada de particular, ni luces espectrales, ni siquiera el aroma demoníaco del azufre. Tan solo cristales rotos y papel quemado y tinta y cuero hediondo. El humo se elevó hacia el cielo otoñal, llevándose consigo todas las mentiras y las falsas promesas que tan estúpidamente creí que salvarían a mi hermano.
A la mañana siguiente desperté al alba con los cánticos de los pájaros y disfruté de un pequeño instante de dicha —brevísimo, como siempre— antes de recordar.
Está muerto. Realmente ha muerto.
Apenas había un atisbo de luz tras las cortinas, pero supe al instante que el sueño me había abandonado; así que me incorporé, con el cuerpo rígido por el esfuerzo de la noche anterior. El aroma del humo aún permanecía en mis cabellos. Posé los pies descalzos sobre el suelo frío y me quedé mirándome fijamente los pulgares. Los amortiguados latidos de dolor en mi mano derecha eran el único recordatorio de que el tiempo seguía pasando.
En las tres semanas que habían transcurrido desde la muerte de mi hermano gemelo, no había conseguido dormir profundamente, pero tampoco estar despierto por completo. Los acontecimientos se sucedían a mi alrededor, mas no me sucedían a mí. Konrad había compartido mis experiencias durante tanto tiempo que, sin él de confidente, nada parecía del todo real. Mi pena se había plegado sobre sí misma como si fuera una gran hoja de papel, tornándose cada vez más gruesa, más dura, hasta llenar mi cuerpo entero. Había estado evitando a todo el mundo y refugiándome en los lugares en los que sabía que podía estar solo.
La nuestra era una casa de cuervos, vestidos del luto más riguroso.
Cerré los ojos con fuerza durante un momento, pero luego me incorporé y me apresuré a vestirme. Quería salir. La casa aún dormía mientras yo caminaba hacia la gran escalera y abría la puerta que daba al patio. El cielo comenzaba a iluminarse sobre las montañas, el aire era cristalino y apacible. La hoguera se había extinguido y había dado paso a un pequeño montículo irregular de cenizas que ya apenas humeaban, y de greda hecha añico

********************************

Se diría que había pasado una eternidad, pero hacía apenas tres meses que Konrad, Elizabeth y yo habíamos descubierto el pasadizo secreto a la Biblioteca Oscura. Era un almacén oculto de libros antiguos recopilados por nuestro antepasado, Wilhelm Frankenstein. Nuestro padre nos había prohibido terminantemente volver a ella y había dicho que aquellos libros estaban llenos de peligrosos disparates, pero cuando Konrad cayó enfermo y ningún médico se mostró capaz de sanarlo, me propuse encontrar una cura por mis propios medios. Uno de los libros de la biblioteca contenía la receta del legendario Elixir de la Vida. Con ayuda de nuestro querido amigo Henry Clerval, y bajo la guía de un alquimista llamado Julius Polidori, había emprendido la búsqueda de los tres ingredientes del elixir, cada uno más peligroso de obtener que el anterior. Miré mi mano derecha, mis dos dedos amputados. Pero, incluso después de todo lo que habíamos arriesgado, no había servido de nada.
Mientras contemplaba los patéticos restos de la hoguera, por primera vez sentí una punzada de arrepentimiento. Cuántas recetas y teorías durante largo tiempo deseadas…

********************************

Recogí del suelo uno de los últimos restos humeantes de la Biblioteca Oscura. De entre el montón de escombros grises, algo de un rojo intenso resplandeció de pronto bajo la luz del sol. Entrecerré los ojos para ver mejor. Seguramente no fuera más que un trozo de cristal, pero cuando me acerqué me di cuenta de que era el lomo de un libro rojo, intacto por completo.
Con gran resolución, me obligué a dar media vuelta y dirigirme al castillo. Sin embargo, a mitad de camino mis pasos titubearon.
Ninguna clase de papel podría haber resistido el calor abrasador de aquellas llamas. ¿Cómo podía no arder un libro?
Tragué para deshacer el pesado nudo que me oprimía el corazón. Unos cuantos pájaros trinaron mientras volaban en las alturas. El patio seguía vacío, pero no pasaría mucho tiempo antes de que los sirvientes vinieran a limpiar los escombros.
Tomé una pala, me adentré entre las cenizas y con cuidado la deslicé bajo el objeto rojo. Lo elevé y lo deposité sobre el suelo de cantos rodados. Me arrodillé y contemplé su cubierta, maravillosamente decorada con volutas, pero en la que no se leían ni títulos ni nombres. Un libro que no ardía.
Aléjate.
Pero no pude resistirme. Me estiré para alcanzarlo y, tan pronto toqué la cubierta, una oleada de dolor me abrasó los dedos. Me retiré ahogando un grito. ¿Qué tipo de objeto demoníaco era aquel? Entonces, sintiéndome ridículo, me di cuenta de que el libro estaba hecho de metal y aún conservaba el calor del fuego.
Me lamí los dedos y agaché un poco más la cabeza. La ilusión óptica era muy astuta. En los cantos metálicos se habían grabado con mucha precisión unas líneas que asemejaban el borde de las páginas. Y, al entrecerrar los ojos, ahora pude ver que había una única junta que recorría todo el perímetro del libro, con dos bisagras ingeniosamente incrustadas en el lomo. Era, de hecho, un delgado contenedor de metal construido para asemejarse, y abrirse, justo como lo haría un libro.
Otro libro extraño de una sala llena de ejemplares extravagantes.
Me incorporé y le di un puntapié despectivo con la punta del zapato. ¿Por qué se molestaría nadie en fabricar un libro de metal…? A no ser que sus contenidos fueran de una importancia tal que tuvieran que sobrevivir al fuego.
No lo hagas.
Me apresuré a tomar un cubo de agua que había allí cerca y verter un poco sobre el libro de metal. Emitió un breve siseo. Luego saqué mi pañuelo, levanté con su ayuda el delgado libro y me lo metí en el bolsillo.
Ya en la intimidad de mis aposentos, abrí el libro de metal. Contenía unos compartimentos poco profundos tanto en el lado izquierdo como en el derecho.
En este último había unos cuantos bultitos enrollados en tela. Desenvolví el primero a toda prisa y contemplé lo que parecía una especie de colgante: un fino lazo de un metal delgado pero robusto con un adorno con forma de estrella en un extremo.
En el resto de paquetitos hallé unas piezas de metal más pequeñas, a todas luces forjadas por encargo, dada su complejidad. Una de ellas era una especie de pivote esférico articulado, y las demás se dirían piezas en miniatura del aparejo de un caballo. Estaban rígidos a causa del óxido pero, en cuanto los moví, se volvieron flexibles. Lo único que necesitaban era un poco de aceite aunque no tenía ni idea de para qué servían exactamente.
En el compartimento de la izquierda había un delgado pliego de páginas que habían sido arrancadas de un libro antiguo. La primera estaba impresa con una florida tipografía gótica. En lo alto, se leía:
Instrucciones del Tablero de Espiritismo
¿Qué demonios era un tablero de espiritismo? Hojeé las páginas y vi una serie de planos detallados para la construcción de una especie de aparato que precisaba de las piezas más extrañas que había visto en mi vida. En el centro de la máquina había un péndulo cuya plomada era el adorno con forma de estrella. Pasé las páginas hacia delante con impaciencia y encontré algunas inscripciones bajo el título «Conversar con los muertos».
Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Cuántas veces había deseado que aquello fuera posible, aunque fuera tan solo durante unos instantes? De repente, me descubrí leyendo con avidez. Sin embargo, apenas conseguí completar un par de líneas antes de apartar la vista, asqueado de mí mismo.
¿Por qué había rescatado aquel libro de la hoguera? No era más que un disparate medieval y, a diferencia del volumen alquímico en el que tanta fe había puesto, aquel ni siquiera pretendía aparentar el más mínimo barniz de ciencia o veracidad.
Con gran determinación, doblé el pliego de páginas arrugadas y las introduje de nuevo en su compartimento. Luego me apresuré a envolver una vez más las piezas metálicas. El péndulo con forma de estrella fue la última, y, en mi violenta premura, me pinché con una de sus puntas afiladas. Una gota de sangre se deslizó desde mi dedo al adorno y, en ese instante, fue como si el objeto cobrara vida en mi mano. Apenas experimentó un débil temblor, pero lo solté, asustado.
Ahora en su caja metálica, de nuevo era un objeto inerte…
… mas un objeto que albergaba un extraño poder en su interior.

Kenneth Oppel, Un Objetivo Perverso (El Aprendizaje de Victor Frankenstein, II)