martes, 14 de junio de 2016

EL POETA Y LA CARCEL


En mayo de 1941 yo me pudría en el reformatorio de adultos de Alicante, cuarta galería, celda número cien. Mi delito era haber defendido la República, pero yo sólo era un soldado más, asustado y perdido, en una lucha desigual. No tenía unas férreas ideas políticas, como muchos de mis compañeros, pero creía en la libertad y en la paz que nos querían arrebatar y luché por ellas. Lo único que deseaba era que todo acabase para volver a mi pueblo con Aurora. Y acabó, si, de la peor manera posible: con la derrota de la libertad, de la mía y de la de todos. Me encontré en la cárcel, con las esperanzas frustradas, los sueños rotos y el terror instalado en el aire que respirábamos. No sabía cuánto tiempo duraría mi condena, ni si cualquier día decidirían fusilarme sin explicaciones. Mi juventud se evaporaba entre el hambre y la ausencia. Las condiciones eran durísimas, si afuera se pasaba hambre, imagínate dentro de la prisión. Las enfermedades se llevaron a miles de prisioneros mal nutridos y maltratados.

Pero con todo, los viernes eran hermosos dentro del infierno. Era el día de visitas, y tu abuela Aurora se las arreglaba para acercarse desde Orihuela y verme aunque sólo fueran unos escasos minutos en medio del barullo de los otros visitantes. Como todavía no estábamos casados, teníamos prohibido hablar en lo que se llamaba comunicación extraordinaria, que solía ser algo más cercana e íntima. De todas formas, tu abuela se las ingeniaba para colarme alguna carta personal entre la comida que me traía. Creo que sin ese alimento suplementario me habría muerto de hambre. No había leche, pero yo la tomaba porque ella me la llevaba cada viernes.

En julio, Miguel Hernández llegó a la misma cárcel. Venía del penal de Ocaña: Lo reconocí enseguida, a pesar de que había pasado bastante tiempo desde la última vez que lo vi y, sobre todo, porque estaba muy desmejorado: extremadamente delgado, con profundas ojeras y el rostro muy blanco; luego supe que padecía tuberculosis. No me reconoció, aunque nos habíamos encontrado varias veces en Orihuela, casi siempre en actos culturales en los que él era el centro y yo un simple oyente, pero se alegró de encontrar un paisano en la celda. A pesar de la enfermedad se le veía animado, llevaba meses pidiendo que lo trasladasen a Levante, Valencia o Alicante, para estar cerca de su familia y del mar. Me contó que había pasado por cárceles terribles en las que había padecido un frío espantoso. Me habló de cómo en Palencia a los presos se les quedaban congeladas hasta las lágrimas, me habló de los vientos helados y el hambre atroz de Ocaña, de las ratas y, sobre todo, de cuánto había echado de menos el aire cálido de su Mediterráneo, ese olor del mar que de vez en cuando saltaba los muros de la prisión para alimentar nuestra nostalgia.

Rosa Huertas, Mala Luna