miércoles, 8 de junio de 2016

EL HOMBRE DE MADERA


fue un regalo de su hermano Marcio. Él era todavía un pequeñuelo con voz despierta en el nido; ella, una criatura que apenas había comenzado a caminar y decía entre pompas de saliva la imitación de sus primeras palabras.
Ocurrió en ese tiempo, el único en que ella y su hermano se quisieron.
El hombre de madera quedó como testigo para bien y mal de aquellos días y de todos los años que habrían de seguirles. Aunque el de madera no era hombre completo sino la cara de un hombre, el trozo de un árbol que algún mozo de avíos se disponía a hacer astillas, en los barracones de la casa grande de piedra, cuando, ya alzada el hacha, reparó en el parecido de aquel leño con un rostro humano. Se detuvo, apartó el tarugo y aguardó a que Marcio apareciese por el patio, no sabemos si para congraciarse con él o porque el muchacho le inspiraba sincera simpatía y en verdad deseaba hacerle aquel regalo. Ni lo sabemos ni interesa a esta historia. Interesa que el mozo de avíos aguardó a que Marcio llegase, como siempre entre carreras y juegos, siempre en torno a los caballos y su nervioso danzoneo, deseando subir a grupas de alguno de ellos e imaginar que cabalgaba mucho más allá de los portones de la casa. Los criados sujetaban al animal por las bridas y daban unas cuantas vueltas al patio, cuidadosos de que el heredero de Hogueras Altas no sufriera ningún percance. Al regreso de una de aquellas galopadas ilusorias, el mozo de avíos se acercó sonriente al hijo de Berardo, levantó al hombre de madera y dijo: «Mira, Marcio, es como un hombre, la cara de un hombre viejo, sabio y paciente». Marcio descendió de la cabalgadura y tomó entre sus manos el pesado leño. «Cierto, cierto, es como un hombre... La cara de un hombre».
Contemplaba admirado los dos huecos como ojos, al fondo de los cuales brillaba el musgo igual que ávidas pupilas indagando en secreto; la rugosidad vegetal de la nariz, el delgado ramaje y hojarasca sobre la frente que asemejaban cabellos hirsutos, y la hendidura de la boca que no sonreía ni lamentaba, como si el hombre de madera pensase y mucho meditase sobre el destino de un árbol convertido en astillas y la paciencia le impusiera no entristecerse ni alegrarse, así la vida y toda ella, sin motivos para la desesperanza ni causa mayor para la risa. Todo lo cual le hizo gracia, y él sí reía. Estuvo un rato en el patio gozándose en el descubrimiento y bromeando con el mozo de avíos. Después, sin despedirse ni dar las gracias, tomó al hombre de madera y lo llevó a la habitación de su hermana.
—Mira, mira —le decía—. Un hombre de madera.
Lo colocó en el vano de la ventana, sobre la piedra desnuda, y la invitó a reír con él. Irmina no acababa de comprender el prodigio, qué de maravilloso pudiera haber en un hombre de madera, pues hombres y mujeres de todas clases había, ciertamente. Con sus ojos de niña recién abiertos al mundo aún era capaz de verlos: hombres de madera, de piedra y de nieve, volando en los cielos junto con las nubes, a veces incluso a lomos de compactas nubes, jinetes efímeros entonando briosas canciones por las páginas del azul, y mujeres de agua en las corrientes del río, mujeres dormidas en el lecho del mismo río, con pececillos acariciándoles el vientre y las pestañas mientras ellas soñaban en su larga siesta de espíritus quietos, igual que los hombres mecidos en las ramas de los árboles, sonrientes siempre en un susurro de bondad: «No temas al viento, pues el viento somos nosotros», le decían. El viento, esa era la verdad y su secreto porque aún no tenía palabras suyas con las que convertir el secreto en confidencia hecha a quienes cuidaban de ella, acaso una revelación, instruirles con palabras dichas de sus labios, y bien dichas, audibles e inteligibles, proclamar: «Pero ¿cómo que aún nadie se ha dado cuenta de que hay hombres de madera y hombres que viven en las copas de los árboles, y jinetes en los cielos y mujeres del agua que duermen bajo las aguas...? ¿Cómo es posible que seáis tan ciegos?».
—Mira, Irmina, un hombre de madera... no ríe ni llora.
Ella lo contempló y decidió que sería pariente sin duda de los hombres de los árboles. «Aquí lo dejo, para ti. Es un regalo», la besaba Marcio, porque entonces la quería aunque fuese una niña, una mujer, y el demasiado afecto a las mujeres no fuera propio de voluntades viriles. Les amparaba la infancia y ese bastión se mantuvo durante algunos años más, hasta que el tiempo consiguió derruirlo porque el tiempo todo lo puede y con todo acaba.
«Quédatelo, él cuidará de ti».
Y así lo hizo el hombre de madera durante muchos años.
Ella, cada noche, antes de dormir, miraba hacia el ventanal y distinguía el perfil en la penumbra del hombre de madera, cada vez más viejo, más sabio y más fuerte; la pelambre de delgadas ramas y hosca maleza se fue endureciendo, igual que el musgo de las órbitas de los ojos, enquistados en dos asperezas negruzcas, lo que confirmaba a Irmina que el hombre de madera había crecido y aumentado en su serenidad y parsimonia: ya no era un travieso silvestre de ojos verdes sino un grave anciano de tenaz mirada oscura, lapidario en un silencio vegetal desde el que todo lo veía. Ella le rezaba: «Hombre de madera, si vienen lobos espántalos, si viene la muerte dile que vaya a otra parte, que aquí no tiene nada que hacer ni a quién llevarse».
El hombre de madera cumplió durante todo ese tiempo porque ni lobos inquietaron los sueños de la niña ni la muerte se acercó por lo remoto.

José Vicente Pascual, Interregno