jueves, 5 de marzo de 2015

SUEÑO CUMPLIDO

«Hay que hacerlo», murmuró Dan¡ subiéndose la cremallera de la chupa y echándose la gastada mochila de los libros a la espalda. Normalmente disfrutaba de ese momento del día, el instante de abrir el portal y sentir el aire frío en la cara, justo antes de empezar a caminar por la acera. De pie en la calle, miraba al cielo y se llenaba los ojos de luz hasta que tenía que cerrarlos, y luego avanzaba, un paso, dos, tres, el mismo camino de todas las mañanas, dos manzanas de bloques de ladrillo, la carretera, el descampado, el paseo arenoso que desembocaba en el instituto. No importaba que hiciese mal tiempo, que el día hubiese amanecido enfermo de humedad o de lluvia; estar al aire libre suponía un alivio. Solo que, en ocasiones «especiales» como aquella, la cabeza, invariablemente, le jugaba una mala pasada. No le dejaba caminar tranquilo, sintiendo el roce de la brisa matinal en el pelo y en la cara; tenía que traerle una y otra vez a la memoria la mirada huidiza de Julián, sus pies metidos hacia dentro, con aquellas deportivas mugrientas, de mercadillo, que lo habían marcado desde el primer día de curso como «un pringao» ante el resto de la clase, y sobre todo sus mejillas llenas de granos, unos granos abultados y rojos como picaduras de mosquito, asquerosos. No le gustaba aquel tío, no le gustaba nada, pero lo que iban a hacerle... Habría sido mejor que el muy idiota no los hubiese puesto en aquella situación tan absurda, que hubiese sonreído como hacían todos cuando Eme insultó a su padre. Pero no, él siempre tenía que dar la nota; en lugar de callarse se había encarado con Eme, algo que ni los profesores se atrevían a hacer. En ese momento, el pobre imbécil estaba tan furioso que ni siquiera se daba cuenta de lo que hacía. Desafió a Eme, y para colmo delante de un montón de gente, una humillación que alguien como Eme no podía tolerar. De modo que él se lo había buscado, por tonto. Ahora, Eme y los suyos lo esperarían en el aparcamiento de bicicletas, lo arrastrarían detrás del seto del patio y le darían un escarmiento. Todo está previsto: «Bocas» y «El Perro» lo sujetarían mientras Dan¡ le partía la cara y Eme le daba unas cuantas patadas en el abdomen. No pararían hasta que sonase el timbre. Entonces, como sí nada, lo dejarían allí tirado y entrarían en clase. No era la primera vez que pasaba. Media hora después, el conserje interrumpiría a la de Naturales, le susurraría algo al oído, y la otra se pondría toda nerviosa, graznaría un poco para que se callasen, preguntaría sí alguien había visto algo, todos dirían que no habían visto nada, y la clase continuaría entre murmullos y risitas ahogadas. En el recreo, el jefe de estudios reuniría a toda la banda de Eme en su despacho y allí les soltaría el mismo rollo de siempre, con el adjunto y la directora a su lado, callados, mirándolos con cara de funeral. Les diría que sabía que habían sido ellos, pero, como de costumbre, nadie podría probar nada. El imbécil de Julián, a esas alturas, ya estaría en su casa, o en el hospital. Tardaría un par de semanas en volver, y, para entonces, con un poco de suerte, a Eme ya se le habría pasado el cabreo. Un mal trago para todo el mundo; salvo para Eme, que se lo pasaba en grande con esa clase de cosas. Cuando terminaba de pegar a un tío, le hacía una foto y la añadía a la galería de imágenes de su móvil. Algunas, las más repugnantes, las colgaba en Internet. Un pirado, vamos. Pero era mejor estar con él que al otro lado. Porque, si no estabas con él, antes o después se fijaba en ti. Te miraba con esa sonrisita suya de enfermo, los ojos oscuros e inexpresivos como los de un pez. Y entonces comenzaba. Te daba una colleja, otra, la tercera un poco más fuerte. Insultaba a tu madre, amenazaba a tu novia. Te pedía, como si tal cosa, que le trajeses cincuenta euros. Y a la semana siguiente, otros cincuenta. Si no se los traías, te hacía limpiarle los zapatos delante de toda la clase durante el cambio de hora, o te rompía los libros, o te quitaba el teléfono y lo destrozaba.
Según Eme, eran los tipos. como Julián los que lo estropeaban todo. Iban pidiendo a gritos que alguien los pusiese en su sitio. Siempre con los ejercicios hechos, con el cuaderno impecable, con dos o tres bolis y un lápiz bien afilado en el estuche de loneta heredado de sus hermanos mayores, y hasta una goma de borrar. Levantando la mano en clase sin fijarse en las miradas que le echaban sus compañeros. Haciéndose el listo, pobre infeliz. Un tío que, si hubiera tenido que sobrevivir por su cuenta, no habría durado ni dos días. La selección natural se lo habría cargado... Pura biología. Y sin embargo, allí estaba, dándoselas de enteradillo, mientras todos, sus padres, los profesores, el sistema entero se esforzaban por protegerle y por sacarle las castañas del fuego. Eme decía que era una provocación en toda regla. Se ponía rojo al decirlo. Gallinas, decía. Débiles; todos apoyándose entre sí. Si las cosas fuesen como deberían ser, el sistema se desharía de esa gentuza y se pondría de parte de los que de verdad valen para algo. Eso decía Erre. Y Dan¡, en parte, le daba la razón. Si el sistema fuese de otra forma... Bueno, las cosas serían más fáciles para todos. Habría autoridad. A los que se pasasen, les pararían los pies. Los fuertes impondrían su ley, y todo el mundo sabría cuál era su lugar. Por la mañana, al despertarse, uno no tendría que romperse la cabeza pensando en lo que iba a hacer ese día, en si estaba o no del lado correcto, porque no habría más que un lado.
De repente, la sonrisa de Alba interrumpió el hilo de sus pensamientos. Estaba en pie delante de él, a diez metros de la verja del patio. Era la chica más guapa del instituto. Era preciosa; pero hasta ese día nunca le había dirigido la palabra.
-Los sueños se cumplen a veces,,,¿sabes? -le dijo ella, clavándole sus enormes ojos de color miel-. Supongo que debería darte la enhorabuena.
Se quedó aturdido, sin saber qué contestar. ¿A qué venía aquello de que los sueños se cumplen? No estaría insinuando que... No, ella nunca saldría con alguien de la banda de Eme. No era su rollo. Seguramente estaba siendo irónica. Le habrían llegado rumores de lo de Julián, y pretendía hacerle sentirse culpable con su sarcasmo. Tenia que ser eso... Sin embargo, él no se veía capaz de mostrarse sarcástico con ella.
-¿Te marchas? -acertó a balbucear al ver que ella pasaba a su lado y se encaminaba a la salida del aparcamiento sin mirar atrás-. ¿No vas a entrar en clase?
Alba no era de las que se fumaban las clases. Que él supiera, no lo había hecho nunca.
-Hoy no me encuentro bien -repuso-. Me voy a mi casa... Que tengas suerte.
Dan¡ la observó alejarse, perplejo. El trimestre anterior, se había pasado semanas buscando la forma de acercarse a Alba, imaginándose lo que le diría para cornvencerla de que quedase con él. Puras fantasías... Eme le habría echado de la banda si hubiese empezado a salir con una empollona como Alba. Siempre que alguien mencionaba su nombre, soltaba alguna obscenidad. Dan¡ se tenía que morder los labios para no protestar.
-Llegas tarde -dijo una voz rasposa a sus espaldas.
Dan¡ se giró en redondo, sobresaltado. Era Eme. ¿Por qué no estaba en el aparcamiento, con los demás? ¿Ya habrían terminado?
-Siento el retraso -tartamudeó, mirando con timidez al líder de la banda-. ¿Qué ha pasado con Julián?
-A estas horas, va camino del Centro de Internamiento. El director protestó un poco, pero al final cedió. Más le vale callarse, si no quiere terminar haciéndole compañía a ese «pringao» un día de estos.
Dan¡ se fijó entonces en la camisa negra que llevaba Eme, con una especie de insignia militar en el bolsillo. Su pantalón también era negro. Aquello parecía una especie de uniforme.
Eme siguió la dirección de su mirada.
-No te has puesto la insignia -gruñó en tono amenazador-. La próxima vez que aparezcas sin la insignia, te destrozo el hígado a patadas.
Una oleada de pánico erizó la piel de Dan¡ hasta la nuca. La insignia... ¿De qué demonios estaba hablando Eme? Estuvo a punto de preguntárselo, pero se contuvoa tiempo. El tipo estaba más agresivo todavía que de costumbre y, a juzgar por la sonrisa con que le observaba, no parecía que hubiese nada capaz de contenerlo.
-Además, llevas las botas sucias -prosiguió el líder, implacable-. Cuando se lo cuente al Mando, verás: dos días de calabozo como mínimo. Oye, ahora no intentes limpiártelos... Me apetece ver al Mando cabreado contigo.
Dan¡ se pasó una mano por la frente sudorosa y se fijó en sus botas. ¿De dónde habían salido? Esa mañana, al vestirse, se había puesto unas zapatillas de tenis, y no aquello... Con un escalofrío, su mirada fue ascendiendo por los pantalones negros hasta la camisa estrecha, del mismo color. Llevaba un uniforme exactamente igual al de Eme. Un uniforme que no había visto en su vida.
-Escucha, las juventudes tenemos que dar ejemplo, ¿entiendes? -dijo Eme en un tono estridente y engolado que jamás le había oído emplear hasta. entonces-. Ahora, somos el espejo en el que se mira toda la Nación. ¿Cómo quieres que esa panda de inútiles aprenda a respetarnos si llevamos las botas sucias y olvidamos en casa la insignia reglamentaria? «patria y Orden»: esa es nuestra divisa. Y aquí no se tolera la desobediencia.
Dan¡ inclinó la cabeza con humildad. Las palabras de Eme parecían sacadas de un real videojuego, pero no daba la impresión de que el joven estuviese bromeando. Por detrás de ellos pasaron un par de tipos de unos veintitantos años, cuidadosamente afeitados y con unos extraños correajes cruzados sobre sus camisas negras. Los saludaron con el brazo en alto antes de desaparecer tras la esquina del edificio.
-Vamos, tenemos trabajo -gruñó Eme, sacándose un papel todo arrugado del bolsillo del pantalón-. Están interrogando a la de Naturales en el gimnasio, pura pantomima, ya han decidido que la van a detener. Tú y yo la acompañaremos en el furgón hasta el Centro de Internamiento. El Mando ha ordenado que, al pasar por el patio, la empujemos varias veces, hasta que se caiga al suelo. Las patadas déjamelas a mí. Ya sabes, es para dar ejemplo. Me encanta el Nuevo Orden. «La hora de los Fuertes»... Ahora todos van a saber cuál es su sitio.
Mientras arrastraba los pies camino del gimnasio, procurando seguirle el ritmo al entusiasmado Eme, Dan¡ recordó como en un fogonazo las enigmáticas palabras de Alba. «Los sueños se cumplen a veces»... De modo que era a eso a lo que se refería. Justamente antes de encontrarse con ella, estaba pensando en todo lo que solía decir Eme sobre el sistema y lo que habría que hacer para cambiarlo. Por un momento, habla deseado que el sueño de Eme se hiciese realidad. Y había sucedido. No entendía cómo, pero había sucedido. Solo que ahora, al ver las caras de terror de sus compañeros mientras recorría los pasillos junto a Eme, al fijarse en las faldas largas de las chicas, en sus estiradas trenzas y en la tristeza de sus ojos, empezaba a pensar que el mundo soñado por Eme no era el suyo. «La hora de los Fuertes"... Pero ¿quiénes eran los Fuertes? ¿Eme y él? No estaba demasiado seguro.


A la puerta del gimnasio se había formado una pequeña cola. Un par de docenas de alumnos, junto con algunos profesores, esperaban su turno para ser interrogados. Al pasar junto a la fila, Eme, sin. dejar de mirar al frente, descargó una bofetada sobre el rostro de la joven profesora de Plástica, que se tambaleó por el golpe. Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas, pero de su boca no salió ni un solo quejido. Los dos individuos uniformados que estaban apostados a la entrada de las instalaciones deportivas prorrumpieron en carcajadas.
-¡La mascota de la división? -dijo uno de ellos, poniéndole la zancadilla a Eme cuando este llegó a su altura.
El matón se estampó contra el suelo, mientras los dos individuos vestidos de negro redoblaban sus risas. Sin embargo, ninguno de los de la fila se unió a su jolgorio. A Dan¡ ni siquiera le miraron... Eme se puso en pie lo más deprisa que pudo y, rojo como un tomate, atravesó a toda velocidad el umbral del gimnasio.
-Les gusta bromear -murmuró Eme, sonriendo forzadamente y sin dirigirse a nadie en particular-. Bromas entre hombres... Ya sabes, lo que se llama camaradería.
Dan¡ asintió en silencio. El rubor de Eme demostraba bien a las claras que no se creía sus propias palabras. El gesto de aquel supuesto «camarada» solo había tenido como objetivo humillarle, y lo había conseguido. Sin embargo, Eme no se le había encarado. Ni siquiera había murmurado una frase de protesta, como habría hecho, por ejemplo, Julián. Se había limitado a sonreír y a agachar la cabeza... Claro, aquello debía de formar parte del «Nuevo Orden». «La hora de los Fuertes»... El problema es que uno nunca es el más fuerte. Siempre hay alguien más fuerte que tú. Y ahora, con el Nuevo Orden, ya no estaban ahí las normas de convivencia del centro ni la Carta de Derechos de los Alumnos para protegerte. Ahora, el pez grande se comía al chico... Selección natural. Como solía decir Eme, «pura biología».
Al fondo del gimnasio, alguien había tendido una cortina sucia que separaba el área de interrogatorios del resto de la instalación. Cuando pasaron al otro lado de la cortina, Dan¡ sintió que iba a vomitar. Laura, la profesora de Naturales, estaba escupiendo sangre en un pañuelo de papel, con un ojo morado y un chichón en la frente que le deformaba espantosamente la cara. Una mujer uniformada de negro la sujetaba por el pelo, mientras otros dos miembros de las juventudes observaban a la mujer con aire divertido.
-No me encuentro bien -susurró Dan¡, y, empujando la cortina, atravesó a la carrera el gimnasio sin hacer caso de los gritos e insultos de su compañera. Al llegar a la salida, sintió que alguien le ponía la zancadilla y se cayó al suelo. El pánico que sentía le había embotado los reflejos, de modo que ni siquiera le dio tiempo a parar el golpe con las manos, y su nariz crujió al estrellarse contra el terrazo gris. El dolor era tan insoportable, que por un momento creyó que iba a perder el conocimiento.
-¿Qué haces aquí"? -oyó que le preguntaba una agradable voz femenina-. Ahora no tengo clase con vosotros... Además, todavía es pronto. ¿Cómo has entrado?
Dan¡ se sentó en el suelo y miró a su alrededor, desorientado. La puerta del gimnasio estaba abierta, pero en el interior no se veía ninguna cortina sucia que dividiese la habitación, y la fila de profesores y alumnos que esperaban su turno para ser interrogados había desaparecido. Junto a él, Blanca, la profesora de Educación Física, se había arrodillado en el suelo y lo observaba asustada.
-¿Dónde están los de las juventudes? -le preguntó el muchacho, aferrándose como un crío a la manga de su chaqueta-. ¿Y los demás? El interrogatorio...
Blanca lo miró con preocupación.
-Dan¡, aquí no hay nadie más que yo. Falta todavía un cuarto de hora para que suene el timbre... Creo que estás un poco confundido.
La expresión aterrada de Dan¡ se fue suavizando poco a poco. Durante unos instantes contempló los cordones de sus zapatillas deportivas con una ambigua sonrisa. La profesora tenía razón, allí no había nadie más; todo había sido una especie de pesadilla, o una alucinación. No había otra explicación posible. A menos que... Recordó, estremeciéndose, las palabras de Alba a la puerta del patio, y entonces tuvo la certeza de que lo que acababa de vivir no había sido únicamente un sueño. Quizá, por el contrario, había sido lo más real que le había ocurrido en la vida.
Blanca seguía mirándolo con inquietud.
-¿Has tropezado? -le preguntó-. Te sangra la nariz.., Eso tiene mal aspecto. ¿Puedes levantarte? Espera, voy a avisar a conserjería.
-No hace falta, estoy bien -le interrumpió Dan¡, poníéndose en pie de un salto-. Además, tengo un poco de prisa.
-¿Adónde vas? -le preguntó la profesora con suspicacia-. Oye, he oído rumores...
Se detuvo, indecisa, y Dan¡ percibió una sombra de miedo en su mirada.
Sí, todos sabían que él pertenecía a la banda de Eme. Y todos temían a Eme. Ahora sabía perfectamente cómo se sentían.
-Tengo que ir a hablar con el jefe de estudios -dijo con decisión-. Van a darle una paliza a Julián... Es decir, íbamos a dársela. Ahí fuera, en el aparcamiento de bicicletas.
La profesora caminó junto a él por el pasillo lateral que conectaba el gimnasio con el cuerpo principal del edificio. Aún era temprano, pero ya había algunos alumnos en el vestíbulo. Iban vestidos como cualquier otro día del curso, y no les prestaron ninguna atención cuando pasaron por su lado.
-¿Por qué has decidido dar este paso? -le preguntó Blanca, deteniéndose de improviso-. Todos sabemos cómo es .Eme; cuando sepa que le has denunciado, la tomará contigo. Hasta ahora, te consideraba su amigo...
-En realidad, no tenernos mucho en común -contestó Dan¡ encogiéndose de hombros-. Antes creía que sí, pero ahora lo veo de toda manera.
-¿Y cómo lo ves? -preguntó la profesora con curiosidad-. Quiero decir, ¿qué te ha hecho cambiar de opinión?
-Una especie de sueño; o de pesadilla, más bien. Algo que yo quería que pasara y que de pronto, no sé cómo, se cumplió... Pero entonces me di cuenta de que no era eso lo que de verdad quería.
Durante un rato, caminaron en silencio.
-Eme tiene mucha fuerza aquí, en el instituto -dijo por fin la profesora en voz baja-. Supongo que eres consciente de lo que estás haciendo...
-Eme es fuerte, pero no es el más fuerte -contestó Dan¡, tratando de dominar el temblor de sus piernas-. Siempre, seas quien seas, vas a encontrar a alguien más fuerte que tú, ¿no? Pero, no sé, la fuerza no lo es todo.
-Entonces, ¿no le tienes miedo a Eme?
Dan¡ se detuvo y miró a Blanca con una sonrisa que tenía algo de heroico.
-A lo único que le tengo miedo en este momento -murmuró- es a mi propio miedo.