domingo, 1 de marzo de 2015

LEER ES VIAJAR

           
Enviado por Ángel:

Para ti, viajero, va a suceder ahora un hecho extraordinario que, si lo piensas bien, te puede convertir en un ser privilegiado. Has llegado a la ventanilla de tu estación —ya sea de tren, de autobús, de avión o de barco— y, al otro lado del mostrador, alguien te ha dado un billete en el que está escrito el nombre del lugar al que tú has solicitado ir. Pues léelo con atención: en él se encierra toda una historia. Ese billete es como la portada de un libro. Tenlo entre los dedos muy despacio, con la intrigada ternura con la que se acaricia el pétalo de una flor. Entorna mientras los ojos y deja que divague la memoria. No vayas a olvidar nunca que vivir es viajar. Ya nos lo advirtió Dante Alighieri en su Divina Comedia: «Nel mezzo del cammin di nostra vita». O, si no, también don Antonio Machado: «caminante, se hace camino al andar».

Has llegado al andén que es la víspera del sueño pues, así mismo, el viaje es un sueño. ¿Sabes lo que va a ocurrir en el trayecto? ¿Sabes lo que te encontrarás a tu llegada? El ejercicio de imaginación que supone pensarlo, te abre las primeras páginas de un libro que estás dispuesto a leer. ¿O será a escribir? Si es el de tu vida, tú solo lo lees; si es el de tu viaje, tú solo lo vas a escribir. Por eso que no se te olvide que el escritor es el primer lector de su obra, y el lector, el autor de un viaje maravilloso. Porque —digámoslo ya— la lectura es un viaje, es una historia en la que el papel de protagonista se te tiene reservado a ti.

Te has subido a tu vehículo. El asiento acoge tu cuerpo con la amabilidad complacida que sólo aportan los detalles. En cuanto empieces a moverte verás por la ventanilla que el mundo es siempre distinto. Lo mismo que enfrascarse en la lectura de un libro: con ser las mismas letras, con estar las páginas siempre en el mismo sitio que señala el número que las marca, cada vez que se lee, la vida empieza de una forma irrepetible. Así es que, por trivial que pueda ser tu desplazamiento a un lugar, piensa, viajero, que eso que estás haciendo es una oportunidad única que jamás se te va a volver a repetir, porque ese paisaje que estás viendo es un destello de presencias que arde en tus ojos. Y el fuego, después de las llamas y las brasas, sólo deja cenizas.

Y tal vez ese paisaje que se le va revelando a tus pupilas sea como los latidos de tu corazón: cada uno de ellos sigue siendo el mismo desde que naciste, y por eso no le prestas atención, pero el último —ponte la mano en el costado izquierdo y aprieta: ¡sí, en ese sitio!— es el que, de verdad, te da la vida o su ausencia, te la quita.

Por todo ello, viajero, siéntete ahora un ser privilegiado pero con esa sincera simplicidad de la que carece el ufano orgulloso. Lo que se te presenta es un regalo y ni que decir tiene que los dones gratuitos son tan escasos en esta vida que siempre se prometen para la otra. ¡Aprovéchate! Así pues, mirar, mirar por la ventanilla, mirar para ver, y no te extrañe, viajero, si alguna vez te sorprendes al contemplar reflejado en el cristal tu rostro con un gesto de exclamación gozosa que acaso esté dibujado con la ingenuidad de la cara de un niño. No te lo vayas a reprochar, ni intentes simular poniendo cara de recién llegado, ni procures borrar de tu cara ese gesto: sólo florece aquello que se abona y riega.

Y con todo este cavilar ya casi has llegado a tu destino. Y aquí sí que hay que ser cauto porque, por un lado, significa llegar al final del trayecto pero, por otro, es iniciar la vida en otra estancia. Sin agobios hay que reconocer que cuando tus pies pisan el andén en la llegada, andarás dando un paso y a la vez dejando una huella. Y ahí es donde está el secreto: el futuro y el pasado los llevas en tus zapatos, que ojalá los gasten sólo los viajes y nunca la miseria. Por eso, lo mejor es poner en los labios el sosiego que significa saludar a quien nos viene a recibir y ha estado allí aguardando el tiempo del encuentro.

Entonces con llegar, has cumplido tu sueño. Como quien acaba su lectura y, sin quererlo, por el arte de magia de la literatura se ha visto inmerso en una sucesión de acontecimientos que le han llenado los bolsillos de la memoria con cosas que aparentemente son golosinas pero que, a la larga, se le convertirán en el pan que sacia el apetito.

Pero no te vayas a rendir al cansancio. Si te has cansado, viajero, quizás será sólo porque no te has concedido esa estupenda oportunidad. Claro, la rutina cansa, cansa mucho, rinde hasta el cansancio, como el que deben tener los muertos siempre en la misma postura en ese territorio vago de la eternidad. Aunque, por fortuna, viajero, tú estás vivo —vuelve a ponerte la mano en el costado izquierdo: ¿cuál es ahora el latido?—.

Y así llegas al final de tu camino y resuenan de repente en el recuerdo aquellas otras palabras de Machado cuando nos confesaba: «y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar». Ya decíamos antes que cada viaje es irrepetible. Porque es un sueño y una historia. O, como afirmó una vez y para siempre el maestro José Saramago, «ningún viaje es definitivo». Evidente: por lo menos, hay que volver. Por cierto, viajero, ¿tú cuándo vuelves?

Fidel Villar Ribot

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