miércoles, 22 de octubre de 2014

LOS MALOS DEL CUENTO

Los monstruos, las brujas, las madrastras, los vampiros, existen. Nos rodean a diario; se encuentran en nuestra familia, entre los amores que vivimos, en la oficina, al final de cada calle. Lo que ocurre es que ya no los llamamos así: preferimos hablar de manipuladores, de psicópatas, de familias disfuncionales o incluso de traumas o complejos. Ya no se encuentran en los bosques, o en los cementerios, o en las cámaras ocultas de siniestros castillos.

Pero la realidad es que vivimos en el más aterrador, más complejo y largo cuento de hadas que pudieran imaginar los hermanos Grimm, o el Perrault más crudo. Cada día las noticias de asesinatos, estafas, adulterios o mentiras nos llegan a través de todos los medios posibles. Los ogros devoran niños, los dragones arrasan con quienes, al azar, caminaban por una plaza. Casi siempre los observamos a distancia, sin acabar de creernos que exista, de verdad, tanta maldad. Si nos abandona la suerte, si no somos afortunados, forman parte de nuestra propia experiencia, que cambia para siempre.

Nos enfrentamos de manera continua a seres que deciden comportarse de manera ilegal o dañina en una sociedad ordenada que no nos permite, a quienes queremos defendernos, reaccionar de la misma manera.

Este libro pretende hablar de las personas y relaciones perjudiciales más frecuentes, de la posibilidad de detectarlas, y de, si es posible, escapar de ellas, y pretende hacerlo con la ayuda de los ejemplos más antiguos que existen. La labor de los mitos y de los cuentos de hadas era, precisamente, la de reflejar el mayor número posible de situaciones reales en las que niños y mayores pudieran encontrarse, e insuflarles ánimo, valor y soluciones para enfrentarse a ellas. Con la progresiva dulcificación de los cuentos, muchos de esos mensajes se han perdido. Creo que podemos extraer una importante lección de estas historias, que casi todos conocemos y hemos escuchado en multitud de ocasiones. Nos permitirán una reacción más rápida, si reconocemos en alguien el comportamiento dañino de un personaje de cuento.

No todos los malos de estos cuentos desean nuestra muerte; como en la vida real, pretenden privar a sus héroes y heroínas de algo valioso, o incluso suplantarles. El asesino, el violador, el psicópata tal y como los conocemos son, por suerte, una excepción en una sociedad de orden. Pero todos hemos sido víctimas de manipulaciones, de un vecino obsesionado, de un jefe déspota, de un familiar cainita. Algunos de ellos son personas inseguras y mezquinas; otros serán psicópatas integrados, capaces de pasar perfectamente desapercibidos y camuflados en sociedad.

Muchos de los lectores podrían reconocerse no sólo en el papel de víctimas; pueden poseer la humildad y la lucidez de ver algunos de los rasgos de su carácter entre los que describen a los malos: eso no sólo resulta normal, sino tranquilizador. Por lo general, el tipo puro de personalidades dañinas es incapaz de identificar sus defectos. Además, no somos ángeles, no somos santos. Entre las relaciones que mantenemos se cuela la manipulación, el chantaje emocional, las presiones. Muchas de nuestras circunstancias nos obligan a ser competitivos, o a aprovechar situaciones de superioridad. Es divertido, a veces, jugar a ser una diva. Cualquiera puede ver su vaso colmado por una última gota y estallar en un arrebato de cólera.

Sin embargo, lo normal después de ese comportamiento es que la conciencia mande alertas: alertas de culpa, de vergüenza, de malestar. A veces les sigue el arrepentimiento e incluso las disculpas o una petición de perdón. Y, por supuesto, en la gente normal y más o menos equilibrada, esas situaciones son excepcionales.

No esperen disculpas ni remordimientos sinceros de los malos del cuento. No sólo no sienten culpa: puede que disfruten con el daño infligido. Eviten torturarse con interrogantes acerca de por qué actúan así: lo hacen porque les conviene, porque es el camino más corto para conseguir lo que desean, y porque han descubierto que les compensa dañar a otra persona o saltarse la ley con tal de lograrlo.

Si les es posible, no caigan en la tentación de justificar su actitud; muchas personas nacen en una familia de escasos recursos, o son hijos de padres descuidados, maltratadores o alcohólicos. A todos nos han roto alguna vez el corazón. La práctica totalidad de nosotros desearíamos más dinero, más poder, más atención, mayor capacidad de seducción. Por cada caso de una persona dañina se pueden reseñar diez de individuos que compartieron sus mismas circunstancias y que no actúan de esa manera.

La tendencia natural del Homo sapiens es proyectarse en los demás, y aplicar al otro y dar por normal sus propias circunstancias. El trabajador esforzado, sacrificado y servicial dará por hecho que el resto de sus compañeros de empresa, e incluso el resto del mundo, se rige por su mismo código. Por lo tanto, a la decepción de descubrir que un político se ha corrompido por dinero se sumará una profunda incomprensión de los motivos por los que una persona puede hacer algo así. Pensará en la vergüenza pública, en la responsabilidad que había prometido desempeñar, en la palabra dada, en el bochorno de la familia, en la carrera destrozada, en la reputación... en todo lo que para él es importante.

Ahí radica parte del error; para ese político, nada de lo mencionado contaba tanto como para apartarle de su comisión. Su sistema de valores no se corresponde en absoluto con el del trabajador. En su mente habrá una serie de justificaciones, incluso una negación del delito. Como si pertenecieran a razas diversas, la manera de razonar de ambos será distinta. El político tachará de ingenuo o de estúpido al trabajador por no aprovecharse de su cargo. Lo que lamentará no es haber delinquido, sino que le hayan cazado.

El estudio del ser humano y sus reacciones ha sido un problema eterno, y un entretenimiento constante. En los cuentos de hadas y las historias similares no encontramos explicaciones psicológicas, sólo la descripción de los hechos. El padre regala una bonita túnica a José, y los hermanos sienten envidia. Está en la naturaleza del ogro el apetito por la carne de los niños, y por lo tanto, comerá niños. Es por eso por lo que resultan mucho más directos y simples que otros análisis, y por ello, perfectos para educar a los jóvenes: el trabajo sobre los cuentos de hadas y sus mensajes resulta una herramienta utilísima para educadores y terapeutas, y por supuesto, para los padres.

Cuentan, además, con una ventaja: no son necesarios a prioris, ni una excesiva formación para asimilarlos. Muchos de estos cuentos nos fueron narrados en nuestra infancia, o tratados en películas y series, de manera que hemos interiorizado gran parte de estas historias. A veces un pequeño esfuerzo sirve para recordarlas. Están ahí, agazapadas en nuestro inconsciente, a la espera de resultar útiles.

Otros cuentos no se han olvidado, pero han sido tan modificados que resulta casi imposible recordar su mensaje. La dulcificación de los cuentos de hadas ha sido una pérdida grande. Con la excusa de proteger a los niños de la muerte o la violencia, se les priva del conocimiento y de la manera de defenderse. Porque los niños tienen el derecho a defenderse, y a conocer los peligros o los retos que pueden surgirles. Si Cenicienta se reduce al color azul, Bella a la princesita amarilla y la Durmiente al rosa, si se sigue haciendo hincapié en el príncipe azul y se centra el cuento en una historia de amor, a las niñas no sólo se les priva de armas para superar la frustración: se les inculca otra idea falsa, la del amor garantizado, ideal y vitalicio.

De los cuentos se hace negocio: siguen siendo historias sumamente rentables. Al menos, exijamos que ese provecho no se logre perjudicando a los niños.

A lo largo de este ensayo he relacionado algunos cuentos con situaciones o casos reales. Muchos de ellos han sido crímenes tan brutales que han marcado nuestro entorno casi tanto como los cuentos de hadas. Es ése un material delicado, y a veces, abrumador. La realidad resulta terrible. Con el máximo respeto a las víctimas y a sus familias, empleo esas historias porque creo que debe quedarnos el consuelo de que sus tragedias nos ayuden a detectar antes a los malhechores, y a evitar que no se produzca ni un solo caso más. Que la sociedad no olvide tanto dolor y tanta maldad y que actúe en consecuencia y se prevenga.

Aunque emplee el masculino o el femenino tradicional para referirme a los personajes de los cuentos, en muchos de los casos su comportamiento no tiene nada que ver con su género o con sus preferencias sexuales. Puede existir un «madrastro» de Blancanieves, o una Doña Juana. Nos servirán como arquetipos, no como descripciones exactas.

Vayamos, por lo tanto, con los malos que encontramos en los cuentos y las historias clásicas, y a la manera de desenmascararlos.


Espido Freire, Los Malos del Cuento