jueves, 2 de octubre de 2014

LA JOVEN DE LAS NARANJAS

A sus quince años, Georg descubre que su padre le dejó una extensa escrita antes de morir. ¿Qué puede decir una carta para un hijo escrita por un padre antes de morir? El libro es un relato escrito a dos manos, el niño que cuenta cómo le impactó esa carta de su padre, y la carta misma que va siendo develada entre comentarios del niño: la historia de amor de su padre con la joven de las naranjas, con su esposa, cómo la conoció, cómo la sedujo, el enamoramiento, la pasión entre ambos, de cómo cada uno fue buscando al otro hasta encontrarse.

Hace apenas una semana, al volver de la Escuela de Música, me encontré con la visita sorpresa de mis abuelos, que habían venido en coche desde Tønsberg, la pequeña ciudad donde viven. Iban a quedarse hasta la mañana siguiente. También estaban allí mamá y Jørgen, y los cuatro tenían cara de expectación cuando entré en el cuarto de estar y me puse a quitarme los zapatos. Estaban sucios y llenos de barro, pero a nadie parecía preocuparle. Daban la impresión de estar pensando en otra cosa, y tuve la sensación de que algo flotaba en el aire.
La abuela empezó a explicar que habían encontrado una carta que mi padre me había escrito justo antes de morir. Se me hizo un nudo en el estómago. Hacía once años que mi padre había muerto y yo ni siquiera estaba seguro de acordarme de cómo era. Una carta de mi padre sonaba a algo muy serio, casi como un testamento. De repente la abuela me alcanzó un gran sobre que tenía en las manos. Estaba cerrado y sólo ponía «Para Georg». No era la letra de la abuela ni la de mamá, ni tampoco la de Jørgen. Abrí el sobre lleno de impaciencia y saqué un montón de hojas. Al ver lo que ponía arriba en la primera de ellas me sobresalté:

¿Estás cómodo, Georg? Es importante que estés bien sentado, porque voy a contarte una inquietante historia.

Me sentí aturdido. ¿Qué era aquello? Una carta de mi padre. Pero... ¿era auténtica?

Cuando mi padre estaba enfermo le dijo a mamá que estaba escribiendo una carta para mí. Se trataba de una carta que yo leería cuando me hiciera mayor. Pero la presunta carta nunca apareció, y yo ya tenía quince años. Era algo tan solemne leer una carta de una persona que ya no vive, que no soportaba la idea de tener a toda la familia dando vueltas a mi alrededor. Al fin y al cabo, se trataba de una carta de mi padre muerto hacía once años. Necesitaba tranquilidad.

Me senté en la cama y empecé a leer.

¿Estás cómodo, Georg? Es importante que estés bien sentado, porque voy a contarte una inquietante historia. Pero tal vez te hayas acomodado ya en el sofá de piel amarillo. Bueno, si es que no lo habéis cambiado por uno nuevo, qué sé yo. O también puedes haberte sentado en la vieja mecedora del jardín de invierno que tanto te gustaba. ¿O estás en la terraza?

¡Qué sé yo!

Varias veces he intentado imaginarme cómo será el mundo dentro de unos años, pero nunca he conseguido forjarme una buena imagen de ti y de cómo eres ahora. Sólo sé quién fuiste. Ni siquiera sé la edad que tienes al leer esto. Tal vez tengas doce o catorce años, y yo, tu padre, salí del tiempo hace mucho.

Hoy, es decir, cuando leas esto, habrás olvidado la mayor parte de las vivencias que compartimos tú y yo en aquellos calurosos meses del verano en que tenías tres años y medio. Pero los días aún son nuestros, y todavía nos quedan muchos buenos ratos juntos. Te diré en lo que pienso mucho últimamente: con cada día que pasa, y con cada pequeña cosa que tú y yo nos inventemos juntos, aumenta la posibilidad de que me recuerdes. Ahora cuento las semanas y los días.

Dije que iba a contarte una historia, pero no es algo trivial encontrar el tono adecuado para esta carta. Supongo que he cometido el error de dirigirme al niñito que me parece conocer tan bien, aunque cuando leas estas líneas ya no serás pequeño. Ya no serás el angelito de los rizos dorados.

Has de saber que escribir una carta a un hijo que ya no tiene padre hace que se me parta el corazón, y supongo que a ti también te dolerá un poco leerla. Pero ahora eres un hombrecito. Si yo he conseguido plasmar estas líneas en el papel, tú tendrás que tener la fuerza de leerlas.

Desde que naciste, he soñado con el día en que te contaría la historia de la Joven de las Naranjas. Hoy, es decir, en el momento de escribir esto, eres demasiado pequeño para entenderla. De modo que tendrá que ser mi pequeña herencia para ti. Tendrá que esperarte en algún lugar y aguardar a que llegue otra etapa de tu vida.

Ahora ha llegado esa etapa.


Jostein Gaarder: La Joven de las Naranjas