viernes, 10 de octubre de 2014

EL OCÉANO AL FINAL DEL CAMINO

La historia, contada a través de los ojos de un niño, gira en torno a un hombre que tras asistir a un entierro aprovecha la ocasión para regresar a los escenarios de su infancia, donde ocurrieron unos hechos asombrosos, en los que la magia y el terror estuvieron muy presentes, dos elementos característicos del universo literario de Gaiman, ése que le ha hecho famoso en todo el mundo

Una novela sobre el recuerdo, la magia y la supervivencia; sobre el poder de los cuentos y la oscuridad que hay dentro de cada uno de nosotros.

Un hombre regresa por la carretera, después de asistir a un funeral, al pueblo, donde vivió su propia infancia. Allí visita a su amiga Lettie, con la que cuarenta años atrás vivió unos asombrosos acontecimientos.

El protagonista, sin ser consciente de ello, empieza a sumergirse en sus más profundos y arcaicos recuerdos. Reconstruye un pasado donde la magia y la fantasía están a la orden del día en su vida diaria. Revive el momento en que conoció a Lettie, tras la misteriosa muerte de un extraño inquilino que se hospedaba en su propia casa. 

Vacilé un momento. Luego le dije que, si no le importaba, antes prefería que me indicara dónde estaba el estanque de los patos.

—¿El estanque de los patos?

Sabía que Lettie lo llamaba de otra manera, un nombre curioso.

—Ella lo llamaba el mar o algo así.

La anciana dejó el trapo sobre la cómoda.

—El agua del mar no se puede beber, ¿verdad? Demasiada sal. Sería como beberse la sangre de la vida. ¿Recuerdas cómo se llega hasta allí? Ve por el lateral de la casa. No tienes más que seguir el sendero.

Si me lo hubieran preguntado una hora antes, habría dicho que no, que no recordaba el camino. Seguramente ni siquiera habría podido recordar el nombre de Lettie Hempstock. Pero allí, en medio del pasillo, empecé a recordarlo todo. Los recuerdos se asomaban por el borde de las cosas, y me hacían señas. Si me hubieran dicho que volvía a ser un niño de siete años, casi lo habría creído, por un momento.

—Gracias.

Salí. Pasé por delante del corral, por el viejo establo y seguí por el borde del jardín, recordando dónde estaba y lo que venía a continuación, emocionándome al ver que lo sabía. Los avellanos bordeaban el prado. Cogí un puñado de avellanas todavía verdes y me las guardé en el bolsillo.

«A continuación está el estanque —pensé—. En cuanto dé la vuelta a ese cobertizo lo veré.»

Lo vi y me sentí extrañamente orgulloso de mí mismo, como si ese recuerdo hubiera despejado algunas de las telarañas de aquel día.

El estanque era más pequeño de como lo recordaba. Había un cobertizo de madera en el extremo opuesto y, junto al sendero, un viejo y pesado banco de madera y metal. Habían pintado las astilladas tablas de verde hacía unos años. Me senté en el banco, y me quedé mirando el cielo reflejado en el agua, la capa de lentejas de agua en los bordes y la media docena de nenúfares que flotaban en él. De tanto en tanto, arrojaba una avellana al estanque, el estanque al que Lettie Hempstock llamaba…

No era el mar, ¿o sí?

Ahora Lettie Hempstock debía de ser algo mayor que yo. Tenía algunos años más por aquel entonces, pese a su curiosa forma de hablar. Tenía once, y yo… ¿cuántos tenía? Fue después de aquella espantosa fiesta de cumpleaños. De eso estaba seguro. Así que debía de tener siete.

Me pregunté si alguna vez nos habíamos caído al agua. ¿No había tirado yo al estanque de los patos a aquella extraña niña que vivía en la granja que estaba justo al final de la carretera? Recordaba haberla visto dentro del agua. Quizá también ella me había tirado a mí.

¿Adónde se había marchado? ¿A Estados Unidos? No, a Australia. Eso es. A algún lugar muy lejano.

Y no era el mar. Era el océano.

El océano de Lettie Hempstock.

Lo había recordado y, detrás de ese recuerdo, vinieron todos los demás.

PREMIO LOCUS 2014

Os dejo con una entrevista a Gaiman sobre este libro