lunes, 30 de noviembre de 2015

SIN NOMBRE, SIN HISTORIA Y SIN DESCRIPCIÓN


Camelia entró en casa y cerró bien la puerta tras ella. Se quitó los zapatos y, tras calzarse las zapatillas, encendió el fuego y preparó algo sencillo para cenar. Después, tras dejar calentando el puchero con el chocolate, se detuvo ante la estantería donde guardaba lo que consideraba su mayor tesoro: su colección de libros de cuentos, que había acumulado a lo largo de toda su vida y que nunca se cansaba de releer, a pesar de que ya los conocía de memoria. Algunos de aquellos relatos aparecían en diferentes recopilaciones, pero a Camelia le gustaba saborear los matices, las diferencias que podían apreciarse entre una versión y otra, las interpretaciones que variaban según el texto, el lugar o la época. Disfrutaba descubriendo cuentos que hacían referencia a algún acontecimiento en el que ella había participado o del que había oído hablar, o los que narraban los hechos de alguien a quien ella hubiese conocido. Seguía con verdadero interés cada cambio en la tradición, y le llamaban particularmente la atención los cuentos más antiguos, los más cercanos a su fuente original. Pero, conforme pasaban los años, era cada vez más difícil encontrarlos. Cada nueva generación reescribía la tradición y relataba su propia interpretación de las historias que había oído contar a sus padres o a sus abuelos.

Aun así, a Camelia todos los cuentos le parecían maravillosos en todas sus versiones. El hecho de encontrar variaciones no la molestaba. Por ejemplo, era consciente de que mucha gente atribuía a Orquídea, a Azalea o a Magnolia muchas de las cosas que ella misma había hecho, pero aquella circunstancia solo la divertía. Al fin y al cabo, en todos aquellos cuentos el hada madrina era siempre… el hada madrina, sin más. Sin nombre, sin historia y sin descripción. A veces se hacía referencia a los hermosos vestidos del hada, o a su palacio de cristal; y era obvio que esos detalles se ajustaban más a las circunstancias de Orquídea que a las suyas propias. Pero Camelia lo encontraba natural (…),

Su dedo índice recorrió los lomos de los libros, desgastados por el uso y por el tiempo. Eligió uno de sus favoritos y se lo llevó hasta la mecedora. Una vez allí se puso los anteojos y, bien acomodada frente al fuego, con una taza de chocolate caliente y el libro abierto sobre su regazo, lo abrió por una página al azar y se dispuso a dejarse llevar por la magia de las palabras.