martes, 24 de noviembre de 2015

LA VOZ DE DRÁCULA

El texto que aquí se reproduce es la transcripción de una cinta que apareció en la grabadora hallada en el asiento trasero del automóvil propiedad del señor Arthur Harker, de Exeter, dos días después de la fuerte nevada que, en enero de ese año, se desencadenó inesperadamente sobre Devon. El señor Harker y su esposa, Janet, ingresaron en el hospital de Todos los Santos, en Plymouth, a la mañana siguiente de que la tormenta alcanzara su mayor intensidad. Los dos afirmaron haber abandonado su vehículo en una carretera intransitable a eso de la medianoche, pero en ningún momento facilitaron una explicación convincente acerca de lo que los impulsó a abandonar la relativa seguridad de su coche en una hora en que la tormenta estaba en su peor momento, ni cómo llegaron a Plymouth. El hospital de Todos los Santos se encuentra a unos treinta kilómetros de donde posteriormente se halló su coche, en un desvío de la carretera de Upham, delante mismo del cementerio de St. Peter, a las afueras de Dartmoor. Cuando los Harker llegaron al hospital, su estado físico y el de sus ropas hacían pensar que habían estado caminando a campo traviesa. En cuanto al coche, al encontrarlo no daba la sensación de que estuviese averiado, y, si bien las puertas y ventanillas estaban con el seguro puesto, la llave se hallaba en el contacto, que también permanecía cerrado, y el depósito de combustible estaba aproximadamente a un tercio de su capacidad.

La voz de la cinta pertenece a un hombre, es bastante profunda y habla el inglés con un ligero acento indefinible. Después de consultar a tres lingüistas expertos, éstos proporcionaron tres opiniones diferentes respecto a la lengua nativa de quien habla.

En general, la calidad de la cinta y los ruidos de fondo que se detectan son, según los técnicos, compatibles con la opinión de que la cinta se registró efectivamente en el interior de un automóvil, con el motor en marcha y el vehículo parado, la calefacción y los limpiaparabrisas en funcionamiento, y fuertes ráfagas de viento en el exterior.

Los Harker han rechazado la cinta como una «especie de broma», no han mostrado interés alguno en ella, y han rehusado hacer cualquier otro comentario. Los primeros en oírla fueron los agentes de servicio en carretera que hallaron el coche porque pensaron que la grabadora podía contener algún mensaje de emergencia abandonado por sus ocupantes. Los agentes entregaron luego la cinta a las más altas autoridades, debido a la relación de violentos crímenes en ella contenidos. No se han encontrado pruebas que relacionen la cinta con los supuestos actos de vandalismo y los robos cometidos en el cementerio de St. Peter, actualmente bajo investigación.

... esta clavija, y entonces mis palabras quedarán registradas electrónicamente para todo el mundo. Eso es fantástico. Bueno, pues... Si por fin vamos a decir la verdad, ¿de qué crímenes se me puede acusar? ¿De qué pecados infamantes y nefandos?

Supongo que me acusan de la muerte de Lucy Westenra. ¡Ah!, les juro que soy inocente. Aunque... ¿por quién podría yo jurar, que ustedes me creyeran? Más tarde, quizá, cuando empiecen a comprender algo de todo esto, pronuncie mi juramento. Es cierto que abracé a la encantadora Lucy, pero nunca en contra de su voluntad. Nunca la obligué, ni a ella, ni a ninguna de las otras.

En este punto de la cinta, otra voz, que no se ha podido identificar, susurra un par de palabras indescifrables.

¿Su bisabuela Mina Harker? Señor, permítame que me ría como un loco por unos instantes, y eso que hace siglos que no me río. Y permítame también que le diga que no soy un loco.

Seguramente ustedes no han creído ni una sola palabra de cuanto les he contado hasta ahora. Sin embargo, tengo intención de seguir hablándole a este aparato, y ustedes también pueden escuchar. La mañana aún queda lejos y, por el m¬mento, ninguno de nosotros puede ir a ninguna parte. Ade¬más, ustedes dos se hallan bien armados —o al menos así lo creen— contra cualquier cosa que yo intente hacerles. Tiene usted una pesada llave inglesa en su mano derecha, mi querido señor Harker, y de la garganta de su encantadora esposa cuelga algo mucho más efectivo que cualquier cachiporra, si son ciertos todos los informes. Lo malo es que los informes sobre mí nunca han sido ciertos. Apostaría a que soy el último desconocido al que van a recoger en su coche mientras dure esta gran nevada, pero no tengo la más mínima intención de hacerles ningún daño. Ya lo verán. Sólo dejen que hable.

Yo no maté a Lucy. No fui yo quien clavó la estaca en su corazón. No fueron mis manos las que cercenaron su encantadora cabeza, ni embadurnaron con ajo su boca, aquella boca..., como si fuera un lechón dispuesto para un bárbaro festín. Y sólo a mi pesar la transformé en un vampiro, aparte de que nunca se habría convertido en un vampiro de no haber sido por el imbécil de Van Helsing y sus manipulaciones. Imbécil es uno de los calificativos más benévolos que encuentro para él...

Por lo que se refiere a Mina Murray, más tarde señora de Jonathan Harker, me quedo corto si digo que nunca tuve intención de hacerle ningún daño. Con estas mismas manos quebré la espalda a su verdadero enemigo, el loco Renfield, que pretendía violarla y asesinarla. Yo estaba enterado de cuáles eran sus intenciones; en cambio los médicos, el joven Seward y aquel imbécil, no parecían darse cuenta. Así que cuando Renfield me dijo descaradamente lo que pretendía hacerle a mi amada... ¡Ah, Mina!

Pero eso ocurrió hace mucho tiempo. Mina era ya muy vieja cuando bajó a la tumba, en 1967.

En cuanto a la tripulación del Demeter, si ustedes han leído la versión que mis enemigos dieron de lo acontecido, imagino que también me van a culpar de la muerte de aquellos marinos. Pero, díganme, en nombre de Dios, ¿por qué iba yo a asesinarlos...? ¿Qué sucede?

En este momento, la voz de un hombre, probablemente identificable con la de Arthur Harker, pronuncia una sola pa¬labra: «Nada».

¡Ah, claro! No creían que yo fuera capaz de pronunciar el nombre de Dios. Son ustedes víctimas de la superstición, de la pura superstición, que es una creencia despreciable, y sin duda muy poderosa. Dios y yo somos viejos conocidos. Como mínimo, soy consciente de su existencia desde mucho antes de que lo fueran ustedes, amigos míos.

Ahora imagino que empieza a preguntarse si el crucifijo que cuelga del cuello de la señora, y que hasta ahora les proporcionaba algo de seguridad, es realmente eficaz en mi caso. No se preocupen. Créanme, es tan efectivo contra mí como lo sería la pesada llave inglesa que el caballero empuña en su mano derecha.

Ahora permanezcan sentados, por favor. Hace una hora que nos hemos visto interceptados por esta tormenta de nieve, y ha transcurrido sólo media hora antes de que dejaran de intentar verme por el espejo retrovisor, antes de que empezaran a creer que mi nombre es el que les he dicho, y se convencieran de que no estaba bromeando, de que no les estaba tomando el pelo, como suelen decir ustedes. Al principio se los veía bastante despreocupados y confiados. De haber querido arrebatarles la vida o beber su sangre, a estas alturas ya habría consumado el sanguinario suceso.

No, mi intención al entrar en su coche es del todo inocente. Me gustaría únicamente que permanecieran sentados y prestaran atención durante un rato, al menos mientras intento justificarme, una vez más, ante la humanidad. Incluso a la remota fortaleza donde moro la mayor parte del tiempo ha llegado el nuevo espíritu de tolerancia que, al parecer, ha inundado la superficie terrestre en estas últimas décadas del siglo veinte. Así que, una vez más, voy a intentar... He elegido su vehículo porque casualmente pasaban por aquí esta noche... Pero no, permítanme que sea del todo sincero: se han introducido algunos cambios con la intención de que ustedes pasaran por esta carretera... Primero, porque es usted descendiente directo de un antiguo amigo mío, señor; y luego, porque me enteré de que siempre llevan consigo esta grabadora en su coche. Sí, incluso la tormenta de nieve ha sido alterada un poco. Necesitaba esta ocasión para hacer público esa especie de testamento, tanto para mí como para otros como yo.

Aunque la verdad es que no existe nadie como yo... Señor, por como se encuentran los ceniceros, me doy cuenta de que es usted fumador, y apostaría a que le apetece un poco de humo. Adelante, deje la llave inglesa al alcance de la mano y fume usted. Puede que a la señora también le apetezca un cigarrillo, con un tiempo tan desapacible como éste. ¡Oh, no! Gracias, pero yo no puedo permitírmelo.

Vamos a tener que permanecer aquí durante algún tiempo... En lo alto de los Cárpatos he visto tormentas incluso más fuertes que ésta. Sin duda las carreteras permanecerán intransitables hasta primeras horas de la mañana. A falta de raquetas para los pies, habría que ser un lobo para andar por una capa de nieve como ésta, o algo capaz de volar...

Imagino que les interesará saber, o al menos a otros podría interesarles, por qué me preocupo con esta apología pro vita sua; por qué, a estas alturas, intento defender mi nombre. Bueno, lo cierto es que, a medida que envejezco, he ido cambiando... Sí, así es. Y algunas cosas que en el pasado fueron muy importantes para mí, como por ejemplo cierta clase de orgullo, no son ahora más que polvo y cenizas en mi tumba. Como el fragmento de hostia desacralizada que perteneció a Van Helsing, y que allí dentro se convirtió en polvo.

Si he permanecido allí, en mi tumba, no es para quedarme. Todavía no ha llegado el momento de quedarme bajo la enorme piedra sobre la cual aparece grabada una sola palabra: Drácula

Fred Saberhagen, La Voz De Drácula