lunes, 14 de marzo de 2016

¿DE DÓNDE SACA USTED SUS ARGUMENTOS?

Ésta es la pregunta que suele hacérsele a todo escritor.

Para contestarla, el autor corriente puede acudir a una explicación sencilla y plausible; como por ejemplo, diciendo que es «un observador de la vida diaria», o «un interesado en la naturaleza humana», o bien, que tiene afición a la investigación histórica… o que se basa en su propia experiencia.

En contraste, el que escribe otras de tipo «fantástico» no puede fundamentar sus argumentos en hechos de la vida real, puesto que se ocupa de asuntos relativos al más allá. Tampoco puede afirmar que se interesa exclusivamente en la naturaleza humana, ya que la naturaleza «inhumana» es objeto, muy a menudo, de su atención y consideración. Y en cuanto a sus investigaciones históricas, quedan casi siempre relegadas a lo referente a la leyenda y a la mitología.

El prólogo normal de una colección de cuentos de ficción consiste en una disertación sobre literatura imaginativa; con abstracción de cualquier consideración sobre los motivos que impulsan al autor para crear sus propias obras. En efecto: tan reacio es el autor de cuentos fantásticos a explicar el origen de su inspiración, que nunca he tenido ocasión de leer una explicación sobre tal tema. Por eso se me ocurre sugerirle al lector la idea de que un autor de relatos de fantasía puede ser considerado como si estuviera representando el doble papel del doctor Jekyll y míster Hyde.

El doctor Jekyll, o sea, el autor en su vida corriente, es un hombre completamente normal. Su esposa no le teme, sus hijos no chillan, horrorizados, cuando él entra en casa, y sus amigos y compañeros de trabajo no tiemblan nunca en su presencia; pero cuando este apacible individuo se recluye en la intimidad de su estudio y empieza a escribir… entonces, y al conjuro del papel y de la máquina de escribir, se transforma en una especie de monstruoso «míster Hyde». Al igual que ocurría en el famoso relato de Stevenson, desaparece la máscara de humanidad con que se envuelve diariamente, para mostrar otro aspecto muy distinto de su personalidad. Y allí, encerrado a solas en su gabinete de trabajo, se olvida del mundo exterior, del que le rodea constantemente, y piensa tan solo en los mundos que existieron, en los que existirán… y en los que podrían coexistir con el verdadero y actual.

Pavorosa sabiduría, en verdad, la del autor de cuentos fantásticos, que está enterado de a favor de qué vientos cabalgan las brujas sobre sus escobas, y de qué artes se valen los hechiceros para maquinar sus encantamientos; que ha tenido tratos con los inquilinos de las tumbas, y que ha yacido en un sepulcro, junto al horrendo Vampiro. El cráneo de un demente no encierra ningún secreto que él no conozca. Sus ojos pueden mirar de frente y sin pestañear a la terrible Medusa; sus oídos perciben el rumor que producen las larvas en sus festines; sus fosas nasales están saturadas del hediondo olor procedente de las cárcavas; y su boca se halla conformada para dar satisfacción a muy extraños apetitos.

Esencialmente, el autor de cuentos fantásticos está empeñado en la composición de una especie de conferencia ilustrada con proyecciones: la historia de un viaje en los dominios de la imaginación; algo así como una incursión en los entresijos de un cerebro. Y cada uno de sus relatos viene a ser un capítulo de su interminable odisea.

Es posible que todo esto parezca muy pueril, e incluso excesivamente melodramático. En caso de que así suceda, acháquese a la falta de franqueza que hace tiempo se advierte en las declaraciones del autor con destino al lector. De modo particular, el creador de obras fantásticas procura ocultar enteramente el fundamento emotivo de su impulso literario. Recuérdese que el doctor Jekyll trataba de negar, también, la existencia de míster Hyde; pero a pesar de su empeño, éste existía.

Por lo tocante a mí mismo, he de decir que mi vida como Jekyll ha sido y es extremadamente vulgar. Tengo hogar, familia, amigos, y un trabajo constante y regular, así como un conjunto de distracciones y entretenimientos nada diferentes de los de cualquier otro hijo de vecino; pero hay que tener en cuenta que pese a la delatora evidencia de un sentido del humor un tanto extraño, sigo convencido de que los que conocen al doctor Jekyll lo consideran como un tipo más bien insulso y prosaico.

Por el contrario, míster Hyde es muy listo, muy activo. Su asociación con Jekyll ha resultado, a la vez, grata y provechosa. Y sería yo muy injusto si permitiese que el segundo recibiera todos los honores, todo el mérito que se deriva de sus obras, sin agradecérselo deriva de sus obras, sin agradecérselo a su «alter ego».

En la mayoría de los cuentos seleccionados en este libro, Jeckyll desempeña el papel de narrador consciente. Su estilo es a menudo seudoculterano; y sus productos de su imaginación, espeluznantes y artificiosos. Es un apasionado de las palabras polisílabas; y su técnica narrativa debe mucho a la influencia y dirección del difunto H. P. Lovecraft; pero la inspiración proviene de míster Hyde. Éste es el verdadero responsable del tema básico de todos los relatos… y de las ingratas consecuencias que acechan a todo aquél que hurga en asuntos que deberían asuntos que deberían dejarse sin remover.

De cualquier forma que sea, temo que Hyde pueda ser objeto de reproches, a causa de errores de juicio o de muestras de mal gusto. Con su prisa para efectuar algunas revelaciones particularmente espantosas, ha pasado por alto muchas amenidades literarias. Sobre esto, sólo puedo decir que se trata de una cuestión ajena a mi control. Si alguna vez escribo un cuento que sea dictado enteramente por la consciente personalidad del doctor Jekyll, el resultado será, sin duda, muy diferente del que se registra en los relatos que aquí se presentan; pero aparte esta posibilidad, los trabajos que se publiquen con mi firma llevarán siempre la hórrida impronta de Hyde.

Y cuando alguien me pregunte de dónde obtengo los temas para mis narraciones, sólo me quedará el recurso de encogerme de hombros y responder: «De mi colaborador… míster Hyde».

Robert Bloch