domingo, 6 de marzo de 2016

¡OH, OH, OH Y UNA BOTELLA DE RON!

          
             Retrocedo al tiempo en que mi padre regentaba la posada Almirante Benbow y en que el viejo y atezado marinero, con la cicatriz causada por un sablazo, por primera vez se alojó bajo nuestro techo.

Le recuerdo como si hubiese sido ayer mismo. Entró en la posada con paso cansino, seguido por una carretilla de mano en la que iba su cofre de marinero. Era un hombre alto, fuerte, macizo, tostado; su embreada coleta caía sobre las hombreras de su sucia casaca azul; las manos eran rugosas y estaban llenas de cicatrices; las uñas, negras y quebradas, y el sablazo que le cruzaba una mejilla de parte a parte era de un blanco lívido y sucio. Recuerdo cómo echó una mirada a su alrededor, silbando mientras lo hacía, y luego entonó la vieja canción marinera que tan a menudo cantaría después:

Quince hombres tras el cofre del muerto,
¡oh, oh, oh y una botella de ron!

Cantaba con voz aguda y vacilante que parecía haber sido afinada y quebrada en las barras del cabrestante. Luego llamó a la puerta con un trozo de bastón que llevaba en la mano y que parecía un espeque y, al aparecer mi padre, pidió ásperamente un vaso de ron. Cuando se lo trajeron, se lo bebió lentamente, como un buen catador, saboreándolo bien, sin dejar de examinar los acantilados de la caleta y la muestra de nuestro establecimiento. (…)

Y en verdad que a pesar de la pobreza de sus vestimentas, y a su tosco modo de hablar, no se parecía en nada a un simple marinero, sino más bien tenía aspecto de ser oficial o patrón acostumbrado a ser obedecido o a soltar algún que otro golpe en caso contrario. El hombre que empujaba la carretilla nos dijo que la diligencia le había dejado ante la posada del Royal George el día antes por la mañana; que había preguntado qué posadas había por aquella parte de la costa y, habiendo recibido buenas referencias de la nuestra, la cual, supongo yo, le había sido descrita como solitaria, la había elegido entre todas para fijar en ella su residencia. Y eso fue todo lo que pudimos averiguar de nuestro huésped.

Era hombre de pocas palabras. Se pasaba el día entero merodeando por la caleta o subiendo a los acantilados con un catalejo de latón; por la noche se sentaba cerca del fuego en la sala de estar, y bebía una fuerte mezcla de ron y agua. Casi nunca contestaba cuando le hablaban, limitándose a alzar la vista bruscamente y a resoplar por la nariz haciendo un ruido que recordaba al de una sirena; y nosotros, así como las demás personas que frecuentaban nuestra casa, no tardamos en aprender que lo mejor era dejarle en paz. Cada día, al regresar de su paseo, preguntaba si por el camino había pasado algún marinero. Al principio creímos que lo que le impulsaba a preguntarlo era el deseo de gozar de la compañía de gentes de su propia condición; pero a la larga nos dimos cuenta de que lo que quería era evitar a tales personas. Cuando algún marinero se hospedaba en el Almirante Benbow (cosa que de vez en cuando hacían algunos que iban de paso para Bristol, siguiendo el camino de la costa), él le espiaba desde detrás de las cortinas de la puerta antes de entrar en la estancia; e, invariablemente, permanecía mudo como un muerto cuando alguno de tales marineros se hallaba presente. Para mí, al menos, en su conducta no había ningún secreto, pues, en cierto modo, yo compartía su inquietud.

Un día me había llamado aparte para prometerme una moneda de plata el primer día de cada mes si mantenía los ojos bien abiertos, por si se presentaba algún marinero con una pata de palo, en cuyo caso debía avisarle a él sin perder un segundo. A menudo, al llegar el primer día del mes y acudir yo en busca de mi sueldo, por toda respuesta recibía uno de sus resoplidos, acompañado por una mirada despreciativa; mas, antes de que hubiese transcurrido una semana, a buen seguro se lo pensaba mejor y me traía mi moneda de cuatro peniques, repitiéndome sus órdenes de vigilar si venía «el marinero de la pata de palo».

No hace falta que os diga de qué modo ese personaje me perseguía en mis sueños. En las noches de tormenta, cuando el viento sacudía la casa por sus cuatro lados, y el mar rugía en la caleta, estrellándose contra los acantilados, le veía de mil formas distintas y con un millar de expresiones diabólicas. Ora la pierna estaba cortada a la altura de la rodilla; ora por la cadera; a veces era una criatura monstruosa que nunca había tenido más de una pierna, y esta en la mitad del cuerpo. Verle saltar y correr, persiguiéndome a campo traviesa, saltando setos y zanjas, era la peor de las pesadillas. Y, bien mirado, con todas estas fantasías abominables, me ganaba mi moneda mensual de cuatro peniques.


Pero, si bien me causaba gran pavor la idea del navegante de la pata de palo, lo cierto es que, en lo que al propio capitán se refería, a mí me infundía mucho menos miedo que al resto de las personas que le conocían. Había noches en que tomaba mucho más ron con agua del que su cabeza era capaz de soportar; y entonces, algunas veces, se sentaba en un rincón y entonaba sus viejas canciones marineras, picarescas y salvajes, sin hacer caso de nadie; pero otras veces pedía una ronda para todos y obligaba a los temblorosos presentes a escuchar sus historias o a corear sus canciones. A menudo he oído estremecerse toda la casa con el «¡oh, oh, oh, y una botella de ron!» al unir todos los parroquianos sus voces para salvar el pellejo, temerosos por su vida y para no hacerse notar, tratando cada uno de cantar más fuerte que el vecino. Pues hay que decir que, cuando le daba uno de esos arrebatos, el capitán era uno de los peores déspotas que jamás se han visto; descargaba fuertes golpes sobre la mesa, con la palma de la mano, para imponer silencio; montaba en cólera cuando le hacían alguna pregunta, o a veces porque no le hacían ninguna, lo cual, a su entender, era señal de que los demás no prestaban atención a lo que les decía. Ni tampoco permitía que nadie abandonase la posada hasta que él, a fuerza de beber, se sentía soñoliento y se dirigía tambaleándose a la cama.

Sus historias eran lo que más aterraba a la gente. Historias de las más horribles eran las suyas; acerca de ahorcamientos; del castigo consistente en hacer que el condenado camine sobre un tablón atravesado sobre la borda, hasta caer al mar; de tempestades en alta mar y en el estrecho de la Tortuga; de hechos descabellados y lugares salvajes en las costas de Venezuela y Colombia. A juzgar por lo que decía, debía de haberse pasado la vida entre los hombres más malvados a quienes haya permitido Dios surcar los mares; y el lenguaje que empleaba para contar sus historias escandalizaba a nuestras sencillas gentes campesinas casi tanto como los crímenes que narraba. Mi padre iba siempre diciendo que aquello acabaría por causar la ruina de la posada, pues la gente no tardaría en dejar de acudir a ella para verse tiranizados y vejados y luego, estremeciéndose de terror, regresar a dormir a sus casas; pero yo creo que, en realidad, su presencia nos favorecía. En el momento la gente se asustaba, pero después, ya en sus casas, se alegraban de haber estado presentes, ya que todo aquello era una excelente fuente de emociones en sus plácidas vidas de campesinos, y había incluso un grupo de jóvenes que decían admirarle, llamándole «verdadero lobo de mar», y cosas parecidas, y diciendo que eran los hombres como él los que habían hecho que Inglaterra fuese temida en los mares.

Robert Louis Stevenson, La Isla del Tesoro