martes, 18 de julio de 2017

VISITANDO LA TUMBA DE JANE AUSTEN


(Jane Austen, 16 diciembre 1775 - 18 julio 1817)

La luz del atardecer proporcionaba colores con matices increíbles a las agujas, los arbotantes y las tumbas que salpicaban la hierba alrededor de la catedral. Las gárgolas del templo parecían sonreír diabólicamente gracias al capricho de las luces y las sombras. La temperatura era inesperadamente cálida para ser casi mediados de septiembre y en el aire flotaba una extraña sensación de intemporalidad. Sobre la hierba del parque, grupos de estudiantes se sentaban formando corros y charlando despreocupadamente (...)
Gala suspiró.¿Estaría Jane Austen nerviosa ante la inminente visita de su admiradora?
          Ella era Elinor y su hermana Paula era Marianne. Lástima que no tuvieran una hermana más pequeña que encarnara el papel de Margaret. Cuando era niña, a Gala le encantaba imaginar que ella y su hermana eran las Dashwood, las protagonistas de Sentido y sensibilidad, la primera novela publicada por Jane Austen en 1811.
Cuando leyó por vez primera aquella obra, supo que quería ser escritora. Fue una revelación. Lo sería a toda costa, lo sería aunque no llegara a ser ni la mitad de buena que Austen, pero lo sería. Y Gala, siempre trabajadora, siempre firme, lo logró, aunque antes tuviera que pasar por el purgatorio de la universidad, de las oposiciones a instituto para ser profesora de Lengua y Literatura lejos de su Valladolid natal. Pero el destino quiso que allí encontrara el amor más inesperado en la persona del candidato, aparentemente, menos propicio: un hombretón que impartía clases de Matemáticas y con el que apenas cruzó dos palabras en el primer trimestre durante los claustros de profesores.
De manera que Gala había admirado a Jane Austen durante toda su vida, por lo que se comprenderá sin dificultad su nerviosismo cuando cruzó el umbral de la catedral sintiéndose observada por las gárgolas. Al poner el pie en el interior del templo, sus piernas flaquearon, y no solo porque apenas veinte metros la separaban de la tumba de Austen, sino por aquella galaxia de claves de bóveda y arcos apuntados que parecían bailar en las alturas. El espectáculo era extraordinario y sobrecogedor, pero logró reponerse y avanzó lentamente hacia la nave situada a su izquierda, al norte. Un cartel con el rostro de Austen anunciaba la tumba de la novelista.


La ahora mundialmente aclamada escritora murió con solo cuarenta y un años de edad un maldito 18 de julio de 1817. A su entierro apenas asistieron cuatro personas y en la primera tumba, la que ahora contemplaba Gala, ni siquiera se hizo mención a su oficio de escritora porque era mal visto por entonces que una mujer ejerciera semejante oficio. Pero las costumbres mudan y los principios humanos se resquebrajan con gran facilidad; por eso, cuando creció su fama, un sobrino llamado Edward puso una placa de bronce junto a la tumba mencionándola como escritora. Y, para que la hipocresía rezumara como es debido, aún habría de colocarse un nuevo recuerdo en su memoria en 1910.


Tres monumentos para una sola tumba y una única difunta.
Gala no lograba pasar la saliva. No conseguía decidirse sobre si dejar escapar sus lágrimas por la emoción o por la rabia ante la hipocresía de los hombres frente a las mujeres pioneras. Gracias a mujeres como Jane Austen, Gala o la mismísima Agatha Christie habían podido entregarse al sueño de crear historias sobre un papel.

Mariano Urresti, Agatha Escribía con Sangre