jueves, 20 de julio de 2017

LAS CATARATAS DE REICHENBACH


9 de agosto de 1893
Arthur Conan Doyle frunció el ceño, incapaz de pensar en nada que no fuera el asesinato.
—Voy a matarlo —aseveró Conan Doyle, cruzando los brazos sobre su fornido cuerpo.
En lo alto de los Alpes suizos, el aire acariciaba su grueso mostacho y parecía aullarle al oído. Dada la peculiar disposición de sus orejas, en la parte posterior de la cabeza, éstas siempre parecían aguzadas, prestando atención a otra cosa, a algo lejano y situado a sus espaldas. Para ser un hombre tan corpulento, tenía una nariz muy afilada. No hacía mucho que le habían empezado a salir las primeras canas, un cambio en su aspecto que no pudo afrontar sino con resignación. Aunque acababa de cumplir treinta y tres años, ya era un afamado autor. ¿O acaso un hombre de letras de renombre internacional que empezaba a encanecer podría lograr el mismo éxito que otro con los cabellos color ocre?
Los dos compañeros de viaje de Arthur ascendieron hasta el saliente en el que se encontraba, el punto accesible más alto de las cataratas de Reichenbach. Silas Hocking era un clérigo y novelista cuya fama había llegado hasta Londres. Arthur tenía en gran estima su última obra, Her Benny,un texto religioso. Edward Benson, un conocido de Hocking, parecía mucho más reservado que su sociable amigo. A pesar de que Arthur los había conocido esa misma mañana, mientras desayunaban en el hotel Rifel Alp de Zermatt, tenía la sensación de que podía confiar ciegamente en ellos y revelarles los oscuros planes que tenía en mente.
—La cuestión es que ha acabado convirtiéndose en una suerte de lastre —prosiguió Arthur—, y quiero acabar con él.
Hocking resopló al llegar junto a Arthur y se deleitó la mirada con los Alpes, que se extendían ante ellos. Unos cuantos metros más abajo, la nieve se fundía arrastrada por un arroyo que, varios milenios antes, se había abierto camino en la montaña para acabar desembocando estruendosamente en un lago cubierto por una capa de espuma. En silencio, Benson presionó una bola de nieve entre los guantes y la lanzó al abismo. La fuerza del viento fue desgajando los copos mientras la bola caía hasta que desapareció en el aire, convertida en una nube.
—Si no lo hago —dijo Arthur—, acabará conmigo.
—¿No cree que está siendo demasiado duro con ese viejo amigo? —preguntó Hocking—. Le ha dado fama. Fortuna. Forman una buena pareja.
—Y al estampar su nombre en todas esas noveluchas de tres al cuarto, le he concedido una reputación que sobrepasa con creces la mía. ¿Tiene idea de las cartas que recibo? «Mi querida gata ha desaparecido en South Hampstead. Se llama Sherry-Ann. ¿Puede encontrarla?» O «A mi madre le robaron el monedero al bajar de un cabriolé en Piccadilly. ¿Puede deducir quién es el malhechor?». Pero lo más curioso de todo es que no van dirigidas a mí, sino a «él». Creen que es real.
—Sí, esos pobres lectores que tanto lo admiran —intercedió Hocking—. ¿Ha pensado en ellos? La gente lo adora.
—¡Lo quieren más a él que a mí! ¿Sabe que recibí una carta de mi propia madre? Me pedía, a sabiendas de que yo, como no puede ser de otra manera, haría cualquier cosa para satisfacer sus deseos, que firmara un libro con el nombre de Sherlock Holmes para su vecina Beattie. ¿Puede imaginarlo? ¡Que firme con su nombre en lugar de hacerlo con el mío! Mi madre habla como si fuera la madre de Holmes, no la mía. ¡Aaah!
Arthur intentó contener el súbito acceso de ira.
—Mis grandes obras caen en el vacío —prosiguió—. ¿Micah Clarke?¿La compañía blanca? ¿Esa pequeña y deliciosa obra de teatro que creé junto con el señor Barrie? Ha pasado sin pena ni gloria. Peor aún, se ha convertido en una pérdida de tiempo. Elaborar cada una de esas tortuosas tramas me resulta un trabajo agotador: la puerta del dormitorio que siempre está cerrada por dentro, el mensaje final e indescifrable del fallecido, la historia narrada de forma equívoca desde el principio para que nadie pueda adivinar la solución correcta.
Arthur se miró las botas, con el cansancio que lo abrumaba reflejado en la cabeza gacha.
—Si me permite que le sea sincero, lo odio. Y, para no terminar por perder el juicio, pretendo acabar con él.


—¿Cómo piensa hacerlo? —preguntó Hocking en tono burlón—. ¿Cómo se mata al gran Sherlock Holmes? ¿De una puñalada en el corazón? ¿Degollado? ¿Lo ahorcará?
—¡Un ahorcamiento! Esas palabras me suenan a música celestial. Pero no, no, debería ser un momento magnífico. A fin de cuentas, es un héroe. Haré que se enfrente a un último caso y a un villano. Esta vez necesita un villano de verdad. Será un combate a muerte entre caballeros; Holmes se sacrifica por el bien común y ambos hombres perecen. Algo en esa línea.
Benson hizo otra bola de nieve y la lanzó al aire. Arthur y Hocking observaron la amplia parábola que trazó al desaparecer en el cielo.
—Si quiere ahorrarse los gastos del funeral —dijo Hocking, riéndose entre dientes—, siempre puede arrojarlo por un acantilado.
Miró a Arthur a la espera de alguna reacción, pero no vio atisbo de sonrisa alguno. Una profunda arruga surcó el ceño fruncido del escritor, absorto en sus pensamientos.
Arthur dirigió la mirada hacia el abismo que se abría a sus pies. Oía el rugido del agua y el violento estruendo que producía al chocar contra el lecho salpicado de rocas del río. Imaginó su propia muerte y, de pronto, se sintió horrorizado. Gracias a su formación médica, conocía la fragilidad del cuerpo humano. Una caída desde esa altura... El cadáver que se golpeaba y rebotaba contra las rocas durante el fatal descenso... El espantoso grito reprimido en la garganta... El cuerpo hecho pedazos sobre la tierra, las briznas de hierba manchadas de sangre... Entonces, la visión de su cuerpo se desvaneció para dejar paso a otro más delgado. Más alto. Un hombre destrozado, desnutrido y escuálido, con su gorra de cazador y su abrigo largo. Su rostro adusto e irreconocible, ensartado en la piedra plomiza.
Asesinato.

Graham Moore, El Hombre Que Mató A Sherlock Holmes