jueves, 27 de julio de 2017

LA TUMBA DE AGAMENÓN


Poco tiempo después, una noche de otoño, la princesa Electra salió de Micenas por la puerta grande de los leones y bajó al estrecho valle de las tumbas. Llevaba una cesta con ofrendas, miel y leche y blanca harina, las que se hacen a las sombras de los muertos. Mas no se detuvo delante de ninguno de los grandes túmulos que flanqueaban el camino. Siguió con paso veloz hasta un lugar en el que una gran losa de piedra cubría una cisterna excavada en la roca del fondo y allí se detuvo. Vertió la leche sobre la piedra y luego la miel, y acto seguido esparció la harina invocando la sombra de su padre. Unos grandes grumos cuajados indicaban las veces que su mano había vertido sin parsimonia aquellas ofrendas y eran prueba de que ni los animales, ni los perros vagabundos ni los zorros habían osado disputárselas al fantasma colérico del Gran Atrida. Se postró sobre la roca desnuda y apoyando la mejilla contra la inmensa losa lloró cubriéndola de lágrimas.

El sol se había puesto detrás de los montes y una masa oscura de nubes que avanzaban desde un punto lejano del horizonte se tragaba su luz. El viento comenzó a soplar en el valle, y en la estrecha garganta su soplo parecía un lamento. La princesa se incorporó sobre las rodillas sin quitar la mano derecha de la piedra, como si la acariciara, y mantuvo la cabeza gacha. Se oyó el piar de los pájaros, que buscaban un refugio para la noche, y las últimas golondrinas volaron bajas sobre la hierba reseca cruzando entre los amarantos agostados y los ciruelos espinosos.

El valle había quedado completamente invadido por las sombras y Electra se levantó.

–Adiós, padre -musitó llevándose la mano a los labios para lanzarle un beso-. Regresaré en cuanto me sea posible.

Cuando lo vio por última vez estaba ensangrentado, con la garganta cercenada, y lo arrastraban vergonzosamente por el suelo como un animal descuartizado. La despertaron en plena noche los gritos que provenían de la gran sala, y precisamente por eso pudo verlo todo desde la galería del piso superior, pero no pudo gritar para dar rienda suelta al horror y la desesperación que le atenazaban el corazón, y su alma quedó desgarrada por el dolor e invadida luego por el odio más implacable. Sin embargo, cada vez que iba a visitar aquella tumba indigna, aquella sepultura miserable, trataba de recordar al padre como lo había visto el día en que partiera para la guerra. Había entrado en sus aposentos cuando ella estaba sentada en un rincón, en el suelo, tratando de tragarse las lágrimas. Le había puesto una mano sobre la cabeza y le había dicho: «Ifigenia partirá mañana para desposar a un príncipe, pero tú vela por tu hermano que es pequeño, y respeta a tu madre. Pensaré en ti todas las noches, cuando el sol se haya puesto detrás de los montes o entre las olas del mar y soñaré que te estrecho entre mis brazos y te acaricio el pelo».

Ella se había levantado para abrazarlo. Había notado el frío contacto del bronce que le revestía el pecho y sintió una especie de congoja, la misma que sentía ahora cada vez que apoyaba la cara sobre aquella piedra siempre fría, incluso en las noches estivales más tórridas.

«Adiós, padre», le había dicho sollozando y lo había mirado a los ojos. En su rostro vio las marcas de una negra desesperación, y en sus ojos el brillo incierto de las lágrimas. Él le había dado un beso y después había salido; ella se quedó entonces sola escuchando la cadencia de sus zancadas al bajar la escalera y el resonar de las armas sobre los potentes hombros. Nunca más volvería a verlo con vida.

Valerio Massimo Manfredi, La Conjura de las Reinas