lunes, 10 de julio de 2017

LA LUZ DE MADRID


Por fin, ahora lo entiendo. La vida es una maestra extraña, y no administra sus lecciones sometiéndose a los métodos pedagógicos generalmente aceptados. De hecho, se complace en dar largos rodeos, en llevarnos lejos de donde está el conocimiento que se trata de adquirir, y mezclarnos con asuntos, personas, instantes y lugares que nada tienen que ver con él, como técnica para persuadirnos de alcanzarlo, admitirlo y hacerlo nuestro. Cualquiera que analizara sus procedimientos desde las convenciones educativas los encontraría disparatados, derrochadores, acaso perversos y desviados de su recto objetivo. Sin embargo la vida, que no acepta ser comparada con nada, porque nada fuera de ella podemos probar y ofrecer como término de contraste, se permite el lujo de prevalecer sobre todos nuestros principios y todas nuestras teorías, también en este particular. Ningún otro maestro, por íntegro, metódico y bienintencionado que sea, la iguala a la hora de meternos en la mollera lo que ésta, por algún motivo de los muchos con que solemos pertrecharnos en defensa de nuestros prejuicios e ignorancias, se resiste a asimilar.
Éste es justamente el instante de la revelación. Éste, y no cualquiera de los que habrían podido serlo, antes o después, en esta jornada crucial de la que todavía me queda un trecho por recorrer. Podría, por ejemplo, haberlo comprendido al cerrar esta mañana, por última vez, la puerta de la que ha sido mi casa durante los últimos siete años, en una tierra que no me vio nacer y en la que he sido feliz y he alcanzado logros que me proporcionan una satisfacción que no juzgo ilegítima. Demasiadas cosas quedan encerradas tras esa puerta; cosas que ahora sólo me acompañarán en el recuerdo, que no dejarán de acompañarme, dondequiera que vaya, y que, en tanto que pedazos de memoria, vivirán impregnadas de su intensidad y de su (de mi) fragilidad. Mientras giraba la llave, no he podido dejar de pensar en cómo el lugar que hace años me acogió, me reconfortó y me dio alas para emprender nuevos vuelos, hacia espacios que entonces parecían estarme prohibidos, fue perdiendo su lustre, fue aminorando el deslumbramiento, fue agotando la carga de energía como si de una pila en las postrimerías de su vida útil se tratara.
He llegado a conocer razonablemente a la gente entre la que me ha tocado vivir todos estos años, y eso no ha mermado mi respeto por ella, ni mi afecto, porque soy agradecido, incluso si el bien se me hace sin querer o por inadvertencia.
Tampoco dejo de admirarla, ni de reconocerle sus méritos que siempre aprecié y que me impulsaron a mudarme allí. Lo que sucede es que los he hecho un poco míos, como cualquier forma de convivencia acaba acarreando, y en cambio no he sentido que ellos me hicieran suyo en la misma proporción; en parte, porque no está en su disposición conseguirlo, y del otro lado, acaso el principal, porque no está en la mía. Incluso si lo intentaran, lo desearan, lo procuraran por todos los medios, hay un trozo de mí, un reducto medular e irrenunciable de lo que soy, del que ellos nunca podrán hacerse cargo y del que no podrán despojarme para convertirme en algo que a ellos les quepa acoger sin reticencia.
Podría, también, haberlo comprendido mientras atravesaba en el taxi las calles o las autovías que hasta ayer mismo eran mi paisaje diario, lanzando ya sobre ellas la mirada del fugitivo; esa mirada como de no querer ver y al mismo tiempo no tener más remedio que ver: siluetas, horas, sensaciones, arrebatos de entusiasmo, lucidez, paz, alguna puntual amargura o decepción, que también alimentan el alma cuando las superamos. O cuando he discurrido, durante un trecho del viaje, junto al mar que iba a dejar de ser mi horizonte permanente, accesible en cualquier momento, para volver a ser objeto de excursiones que habrán de ser planeadas, programadas y ejecutadas con rigurosa premeditación. Es verdad que a veces, atareado en mil diligencias, llegaban a pasar dos o tres semanas sin verlo, pero siempre estaba ahí, y no sólo en la brisa, no sólo en la luz del sol que se redoblaba en su inmenso espejo para alumbrar los días. En definitiva, a algo así no se renuncia porque sí, bajo el primer pretexto que se presenta a propósito o por la inercia de los acontecimientos; por algo así se pelea, sin cuartel si es preciso.
Y qué decir de lo que ha venido justo después: el tránsito aeroportuario, con su sucesión de no lugares tan propicios a la reflexión. En primer término, el aeropuerto de salida, que tantas veces ha sido testigo de mis idas y venidas, y que en esta facturación dejaba de ser una posibilidad de vuelta a casa para reingresar en la categoría de destino en el que será necesario buscarse un hotel. No es mi favorito, de hecho más de una vez, mientras lo utilizaba, me dieron ganas de tener ante mí al arquitecto para decirle tres palabras, pero no participo de esa proverbial aversión a los edificios terminales, de hecho me relaja cuando por alguna improbable coyuntura llego antes de tiempo a tomar un avión o un tren y puedo sentarme en una cafetería, con buena climatización y luz adecuada para trabajar, leer o simplemente poner un rato en orden mis pensamientos.
En segundo lugar, el avión, a cuyas angosturas, urgidas por la pulsión antaño occidental y ahora universal del máximo beneficio antes y después de impuestos, he llegado a acostumbrarme hasta el punto de convertirlo en espacio de relativo confort, y donde, a fin de no desperdiciar el tiempo ineludible de viaje, cien veces he dejado que mi mente lidiara con las cuestiones que más se resistían a dejarse aprehender o resolver. Esta mañana, rodeado por la hora del vuelo de ejecutivos imbuidos de ese aire de suficiencia y remota melancolía del que todos los ejecutivos son en mayor o menor medida portadores, me ha sido forzoso constatar que de ahora en adelante van a disminuir mucho las horas que paso en el aire, y también los puntos de mi tarjeta de fidelidad, de cuya categoría especial seré inexorablemente degradado para verme otra vez obligado a facturar en los mostradores de la cada día más zaherida y vejada clase turista. Habrá quien diga que es un aspecto accesorio, pero ese regustillo es, al fin y al cabo, otra de las pérdidas que implica mi decisión.
Y en tercer lugar, last but not least, dentro de esta serie de instantes aeronáuticos, la llegada al aeropuerto de nombre ahora kilométrico, Adolfo Suárez Madrid Barajas, que, sin discutir la pertinencia del homenaje, no ha perdido aún la extrañeza con que he de reconocerlo como el escenario que hasta ayer representaba al mismo tiempo la vuelta al lugar original y la despedida, repetida una y otra vez, de esas mismas raíces. Debo confesar, frente a mis reparos incluso airados hacia quien diseñó el otro, mi rendida devoción por la arquitectura del aeropuerto madrileño. La calidez, la luminosidad, la amplitud y el buen gusto del nuevo Barajas (frente a la angostura sombría y aplastada bajo los techos opresivos del antiguo) han sido durante todo este tiempo una suerte de envoltorio amniótico para el trasterrado que había de pasar una y otra vez por sus instalaciones. Era la primera impresión del regreso, y la última antes de marchar de nuevo a lo extraño que cada día lo era un poco menos. Es curioso que esta mañana, frente a la sensación usual de bienestar, he sentido una pizca de congoja, cuando he recogido mis maletas de la cinta y me he dado cuenta de que en adelante Barajas ya no será punto de destino, sino otra vez el punto de partida de todas las expediciones que me reste hacer por el mundo.
Tampoco, y me aproximo al momento desde el que lo cuento y lo observo todo, se ha abierto paso la idea en mi mente durante el cómodo y aséptico viaje en el tren de cercanías que une Barajas con la estación de Atocha. Esta vez no lo he hecho leyendo, como de costumbre, sino mirando por la ventanilla, incluso las paredes grises o negras de los túneles. En ese breve trayecto de media hora mi corazón estaba tan confundido por la mezcla de sentimientos encontrados que nada he podido concluir. Incluso, en algún tenebroso punto entre Nuevos Ministerios y Recoletos, he de reconocer que me ha rondado el fantasma del arrepentimiento. Ha sido un rapto pasajero, pero cierto, del que para que el relato esté completo he de dejar la debida constancia.


Ha sido ahora, aquí, al bajar hacia la glorieta desde la estación, cuando me he dado cuenta de todo. Cuando he sabido, al fin, lo que al cabo de todo este largo y fructífero periplo de los últimos siete años me tocaba saber. Ha sido al verla de pronto, al sentirla de pronto bañando mi piel, cuando he comprendido. La luz de Madrid. No es la más clara, ni la más cálida, ni la más poderosa que me ha sido dado contemplar. Pero no hay otra como ella. Es la luz que ilumina los cuadros de Velázquez, la luz a la que Cervantes, tras una vida de sobresaltos, peripecias y peligros vividos en un mar y dos continentes, atisbó la triste figura de un caballero llamado a hacer por fuerza personas de bien a quienes leyeran y asimilaran cabalmente sus andanzas.
Es, voy a llamarla por su nombre, esta luz castellana y manchega la que dio forma y carta de naturaleza a mi mirada sobre las cosas; es esta luz la que estaba conmigo cuando miraba otras luces, cuando era feliz o desdichado bajo ellas, cuando incluso las hacía mías y de ellas me servía para construir la imagen de lo que soy y de lo que son las personas y el mundo que me rodean. No me ha vedado ser otro, de otros y con otros; y quizá ése sea el más hermoso regalo que tiene quien a la luz de Madrid abre los ojos por primera vez, frente a otras luces que reclaman, haberlas compartido y apreciado no me impone el deber de ignorarlo, una pertenencia incondicional, invitando de paso a rechazos igualmente incondicionales de las luces ajenas.
Es esta luz, que besa otra vez mis párpados cerrados para sentirla mejor, que aquí en Atocha vibra henchida del sacrificio que la sinrazón impuso a los madrileños como injusto precio a su natural abierto y desembarazado, la que tuve que irme lejos para aprender a ver, a sentir, a conocer y amar como lo hago ahora. Es esto, que había perdido, lo que fui a buscar y encontré tan lejos de donde nací, entre gentes que hablaban otro idioma e incluso, en algún que otro caso, desdeñaban lo que soy.
Es esta luz, que ahora que vuelvo a casa, a la familia a la que abrazaré dentro de un rato, lo que fui a perseguir allá lejos, y a la que regreso, ahora lo sé, porque nunca, bajo ninguna circunstancia, me impide irme y probar a ser otro, mirar como otro, vestir y hablar como otro, cuantas veces sea necesario.

Lorenzo Silva