jueves, 16 de julio de 2015

¿LE GUSTO?

Tengo suerte. Soy el tipo con más suerte del mundo. Estoy saliendo con Arwen, hija de Elrond, descendiente de Luthien, estrella de la tarde. Dios, me siento como Aragorn...

Aunque Ana no es Arweri. Es mejor gire Arwen. Y no sé si estoy saliendo con ella. Quiero decir, ¿eso cómo se sabe? Hemos ido al cine. Y al salir nos tomamos una hamburguesa en el centro comercial. Creo que a ella no le gustó mucho, pero no tenía dinero suficiente para invitarla a una pizza. Me dijo que la próxima vez que quedemos pagará ella. Yo le dije que no, que pagaríamos a medias. No fue incómodo, todo lo contrario. Fue fácil.

Y quedó claro que habría una próxima vez. ¡Ella lo dijo!

Eso significa que no le he parecido un patán sin remedio. Es muy buena señal. Creo.

Yo lo único que sé es que quiero hacerlo bien. Es la primera vez que me siento así con una chica. El año pasado, en la fiesta de fin de año, Clara y yo nos besarnos. O más bien, ella me besó, y a mí me encantó, y luego... No pasó mucho más. Estábamos con otra gente del instituto. Creo que ella esperaba que después de aquel beso yo la llamase. Pero no la llamé. Clara es una tía simpática, y me cae bien, pero pensar en salir con ella era como pensar en tener que estudiar todos los días de tu vida una materia que te aburre bastante. No es algo que te apetezca hacer así, de primeras.

Ana es diferente. Es mágica. Todo en ella es mágico. Entiendo que a muchos en el instituto les parezca rara. Tiene una forma un poco especial de hablar, repitiendo de vez en cuando alguna palabra, como si quisiera asegurarse de que no pase desapercibida. Y también, a veces, te pregunta algo que acabas de decir como si no te hubiera oído. A lo mejor es que no oye bien, pero no sé, a mí me da la impresión de que no se trata de eso.

De todas formas, se expresa con tanta viveza que es como si te arrastrase a un mundo donde los colores fuesen más brillantes que en el nuestro, sobre todo cuando habla de cosas que le gustan, como el Antiguo Egipto. Creo que eso fue lo que me cautivó cuando oí su exposición de clase: que fuese capaz de apasionarse tanto por unas gentes que vivieron hace miles de años. Lo entendí; su forma de hablar hizo que lo entendiera.

Es como lo que me pasa a mí con El Señor de los Anillos. Es mucho más que «un gran cuento épico», como leí una vez que decía un crítico. Es más que una historia; es un mundo. Un mundo inmenso, inabarcable, tanto que se parece más a un mar que a un río (hemos estudiado la novela-río en clase, y a mí se me ocurrió esta comparación, pero no lo dije en voz alta, por supuesto. De todas formas, seguro que algún especialista en literatura se ha inventado ya eso de la novela-mar antes que yo. Tengo que buscarlo en internet),

Vi las tres películas de El Señor de los Anillos cuando tenía ocho o nueve años y me enamoré para siempre de la Tierra Media. Pero yo no sé explicar lo que me hace sentir como lo explicaría Ana... No es solo que me falten las palabras, es sobre todo que me falta el valor para pronunciarlas.

Aun así, hablamos del libro y de las películas. ¡Ella no las ha visto! Y tampoco ha leído el libro de Tolkien, aunque le encanta leer. ¡Qué suerte tiene!

A mí me encantaría volver a leer por primera vez El Señor de los Anillos. Ahora que sé que Ana lo va a leer, no hago más que acordarme de mis pasajes favoritos. Intento imaginar qué sentirá ella cuando los lea, y es como si yo también los estuviese descubriendo de nuevo. A veces me viene una frase de Aragorn o de Gandalf a la cabeza y se me llenan los ojos de lágrimas.

Le ofrecí prestarle mis ejemplares de las tres novelas, pero ella dijo que prefería comprárselas. Espero que eso no signifique que no quiere aceptar nada mío por ahora. A mí me habría gustado dejarle mis libros. No sé, a lo mejor el lunes en el instituto se lo vuelvo a proponer.

Me pregunto cómo será a partir de ahora en la clase. ¿Lo mantendremos en secreto? ¿Hablaremos entre nosotros como si no hubiese pasado nada?

En realidad, no ha pasado nada. No me he atrevido ni siquiera a darle un beso en la mejilla.

A lo mejor piensa que soy un idiota, pero es que no quería forzar las cosas. Creo que Ana es tímida.

De momento, lo único que me importa es que se sienta a gusto conmigo.

Ana Alonso y Javier Pelegrin, El Sueño de Berlín

Premio Anaya Juvenil 2015