lunes, 6 de abril de 2015

UNA ANÉCDOTA SOBRE EL QUIJOTE

En una cadena de librerías decidieron que a partir de ahora sería un programa informático el que decidiría qué libros debían permanecer en las estanterías y cuáles, por el contrario, debían ser retirados, ya que nadie había adquirido ningún ejemplar en varios meses. A la hora de realizar el trabajo de retirada de los ejemplares que no eran vendidos, se externalizaba el trabajo contratando a alguien para esa tarea concreta, pues ver qué libros marcaba en rojo el programa, buscarlos en los anaqueles y retirarlos en cajas sólo requería saber leer. El caso es que el programa informático no atendía ni siquiera al hecho de que ciertas obras maestras de nuestra literatura han quedado reducidas a lecturas obligatorias de diferentes estudios y que, por lo tanto, sólo se venden al principio del curso académico. El empleado contratado en una de estas librerías realizaba con eficacia su trabajo cuando una de las libreras, algo veterana en estas lides, le detuvo un instante y le dijo:

—Disculpa, pero este libro no lo retires, por favor.

El muchacho, que estaba siendo concienzudo en su tarea, tuvo miedo de que se detectara que no había sido escrupuloso en la realización del trabajo para el que había sido contratado y, con el libro en cuestión aún en la mano, argumentó:

—Es que el título de este libro viene marcado en rojo en el programa.

La veterana librera suspiró.

—Ya, bueno. No importa. Yo asumo la responsabilidad. —Y con cuidado tomó el volumen que el muchacho sólo cedió con el ceño fruncido y claras muestras de enojo en el rostro.

Como imaginarán, el libro en disputa no era otro que un ejemplar del Quijote.

Conclusión: si Mary Shelley aprendió español para poder no ya leer sino degustar el Quijote, ¿no deberíamos todos los que ya tenemos la fortuna de saber español encontrar algún momento de nuestra vida para zambullirnos, aunque sólo sea un rato, en alguno de los maravillosos relatos que pueblan la irrepetible historia del maravilloso Don Quijote? Y pronto, antes de que los programas informáticos decidan que ya no debemos leerlo; o, para ser más justo, antes de que quienes programan los programas informáticos decidan que ya no debemos leerlo.

Santiago Posteguillo, La Noche Que Frankenstein Leyó El Quijote