jueves, 30 de abril de 2015

LA NAGA

En Kambuja, cerca del palacio de los reyes, se alza una torre completamente revestida en oro, como acostumbra ser el estilo de la realeza por aquellas tierras. Esta torre la construyó hace mucho tiempo un joven rey en cuanto accedió al poder, para que sirviera de aposentos para él y su reina cuando contrajeran matrimonio. Pero, con la arrogancia propia de su juventud, se impacientaba y no se contentaba con nada: esta doncella era demasiado vulgar, aquélla demasiado apagada, esta otra lo suficientemente bella pero demasiado locuaz, y aquella otra no sólo no convenía como esposa por motivos familiares, sino que además olía a pescado muerto. Por consiguiente, su primera juventud transcurrió en la soledad de la realeza, que -según me comentan a menudo- no puede de ningún modo sustituir a la compañía y tierna sabiduría de una verdadera esposa, ya sea reina o sirviente.
Y el rey se sentía cada vez más solo, aunque se negara a admitirlo, y por ello siempre andaba malhumorado. Y, aunque no era cruel ni voluble a la hora de gobernar, manifestaba una actitud indiferente, sin hacer nada malo pero tampoco el bien, al no tener entrañas ni para lo uno ni para lo otro. Y la torre dorada permaneció vacía, año tras año, a excepción de las arañas y mochuelos que criaban a sus propias familias en lo más alto de los chapiteles.
Cuentan que, en los cálidos crepúsculos, el rey solía pasear disfrazado entre su pueblo por las calles y el mercado. Suponía que de este modo llegaría a conocer mejor sus vidas cotidianas, lo cual no era cierto en absoluto. En primer lugar, porque no había golfillo que no lo reconociera a primera vista, por muy ingenioso que fuera su disfraz; y, en segundo lugar, porque en realidad no deseaba adquirir el conocimiento. Sin embargo, siguió fiel a esta costumbre, y una tarde, mientras divagaba, una mendiga con el rostro sucio se le acercó y le preguntó en un dialecto vulgar:
-Perdone, señor alfarero -ya que así iba vestido-, ¿qué es aquello de allí que brilla?
Y señaló la torre dorada que el rey había diseñado para su felicidad hacía tanto tiempo.
Al parecer al rey no le faltaba humor, aunque se tratase de un humor crudo e incómodo. Respondió cortésmente a la mendiga, diciendo
-Aquello es un museo consagrado a la memoria de alguien que nunca existió, y yo no soy alfarero sino su guardián. ¿Le gustaría satisfacer su curiosidad? Aceptamos visitantes, la torre y yo.
La mendiga asintió enseguida, y el rey la cogió de la mano y la condujo por los jardines que había plantado con sus propias manos hasta la enorme puerta brillante, cuya llave siempre llevaba consigo, aunque nunca hasta ese día la había abierto.
El rey escoltó a la mendiga de habitación en habitación, de chapitel en chapitel, conversando con ella todo el tiempo y burlándose seriamente de sus propios sueños del pasado.
-Aquí es donde habría cenado, ese hombre que nunca fue, y en esta sala se habría sentado con su mujer y sus amigos a escuchar tocar a los músicos. Y este lugar debería haber sido para las doncellas de su mujer, y éste otro para los niños..., como si los que no han nacido pudieran engendrar hijos.
Pero, cuando llegaron al dormitorio real, el rey retrocedió ante la puerta y se negó a entrar, diciendo bruscamente:
-Aquí hay serpientes, y peste. Vayámonos.
Pero la mendiga avanzó con resolución y entró en la alcoba, como quien ha abandonado un lugar durante largo tiempo y aun así lo recuerda perfectamente. El rey la llamó, indignado, y cuando ella se giro vio que no era una miserable mendiga sino una gran reina, con un traje y unas joyas mucho más valiosos que todo lo que él poseía. Y ella le dijo:
-Soy una naguini, y he dejado mi palacio y mis posesiones en el interior de la tierra por el amor y la compasión que siento por ti. A partir de esta noche, ni tú ni yo dormiremos en otro lugar que no sea esta torre, nunca jamás.
Y el rey la abrazó, ya que su exquisita belleza lo impulsaba a hacerlo; y, además, se había sentido muy solo.
Bien pronto, cuando su júbilo dio paso a una cierta serenidad, el rey empezó a hablar de su boda, de festejos que durarían meses, y de cómo gobernarían y mantendrían su corte.
Pero la naguini replico:
-Querido, ya nos hemos casado en dos ocasiones: primero cuando te vi por primera vez, y luego cuando nos abrazamos por primera vez. En cuanto a consejeros, ejércitos y decretos, todo eso representa tu mundo de día, pero no me concierne. Mi propio reino, mi propia gente necesitan mi atención y mi gobierno tanto como los tuyos te necesitan a ti. Pero en nuestro mundo nocturno, nos cuidaremos el uno al otro aquí, y ¿cómo podrían no ser felices nuestros días si siempre nos aguarda la noche?
Esto no agradó al rey, ya que deseaba presentar a su pueblo su tan esperada reina, tenerla a su lado en todo momento del día.
-Veo que no acabaremos bien -le dijo-. Tú te cansarás de viajar continuamente de un mundo a otro y me abandonarás por algún caballero naga, ya que a su lado pareceré un barrendero, un don nadie. Y yo, afligido, recurriré a una cantante callejera, a una cortesana común, o, lo que es peor, a una mujer de la corte, y me sentiré más solo y más extraño que nunca por haberte amado. ¿Es éste el presente que has venido a ofrecerme desde tan lejos?
Al oír esto, los bellos y grandes ojos de la naguini centellearon, y tomó al rey por las muñecas, diciendo:
-No me hables nunca de celos y traición, ni siquiera en broma. Mi pueblo es fiel durante toda la vida. ¿Acaso puedes decir lo mismo del tuyo? Y te diré algo más, mi señor, mi único señor: si alguna vez llegara la noche a esta torre sin traerte con ella, no amanecerá sin que acontezca una terrible catástrofe en tu reino. Si una vez siquiera dejas de reunirte aquí conmigo, nada salvará a Kambuja de mi ira. Así somos nosotras las nagas.
-Y, si no vienes a mí todas las noches -dijo el rey sin más-, moriré.
Entonces los ojos de la naga se llenaron de lágrimas, y lo rodeó con sus brazos, diciendo:
-¿Por qué nos herimos hablando de alto que no sucederá jamás? Por fin estamos en casa juntos, amigo mío, esposo mío.
Y no es necesario hablar de su felicidad en la torre dorada, salvo añadir que las arañas, serpientes y mochuelos habían abandonado el lugar antes del amanecer.
Fue de este modo, pues, que el rey de Kambuja tomó a una naguini como esposa, aunque sólo la viera al anochecer, y siempre en la torre dorada. No le habló a nadie de esto, como ella le había ordenado; pero, como abandonaba todos los asuntos de estado, desfiles y ceremonias en cuanto se ponía el sol, para apresurarse a llegar a la torre, no tardó en correrse la voz por todo el país de que se encontraba allí todas las noches con una mujer. Los curiosos lo seguían tan de cerca y hasta tan lejos como se atrevían. Y algunos esperaban toda la noche fuera de la torre con la esperanza de espiar a la amante secreta cuando llegara o se marchara. Pero nadie consiguió ver jamás ni la sombra de la naguini; tan sólo al rey, caminando despacio en el nuevo día, tranquilo y pensativo, su rostro brillando con los últimos reflejos de la luna.
Con el tiempo, estas habladurías y curiosidad de la gente dieron paso a su asombro frente al cambio que experimentó el rey, ya que gobernaba de una forma cada vez más apasionada, consciente de la verdadera existencia de su pueblo, como si hubiera despertado al verlos por primera vez con toda su humana inocencia, perversidad y sufrimiento. De no preocuparse más que de su amarga soledad, pasó a intentar mejorar su suerte, con la misma intensidad con la que ellos trabajaban únicamente para sobrevivir. No había nadie en el reino que no pudiera verlo y hablarle libremente; ningún criminal condenado, ningún comerciante oprimido por los impuestos, ningún sirviente azotado, ninguna hija vendida en matrimonio sin derecho a protestar ni a ser escuchada. Esta profunda preocupación del rey por su pueblo desconcertó a muchos que estaban acostumbrados a otro tipo de gobernantes, y surgió en el país un dicho burlón: «De noche tenemos una reina, pero de día tenemos por lo menos cinco reyes». Poco a poco el amor del rey se vio correspondido por el de su pueblo, aunque no lo comprendieran, y se llegó a decir también que, a pesar de que la justicia no existiera en ningún otro lugar del universo, había sido inventada en Kambuja.
Este cambio, como bien sabía el rey, se debía a dos razones: por un lado, se sentía feliz por primera vez en su vida y deseaba ver felices a los demás; y, por otro, tenía la sensación de que, cuanto más trabajaba, más rápido transcurría el día, dando paso al anochecer y a su reina naguini. A su vez, como ella le había dicho, la felicidad que le inspiraba su amor hacia que disfrutara incluso de las horas en que se separaban; sucedía como por reflejo, al igual que el sol, aun habiéndose puesto horas atrás, sigue iluminando nuestras noches gracias a la luna. De este modo uno aprende a valorar, sin confundirlos, el día, la noche y el crepúsculo, con todo lo que encierran.
Los años transcurrieron rápidamente, con sus días y sus noches. No hubo una sola noche que el rey no pasara en la torre dorada, lo que significaba, entre otras muchas cosas, que durante su reinado Kambuja nunca se vio envuelta en una guerra. Y la naguini siempre estaba allí para recibirlo cuando él llegaba, y lo llamaba por el nombre secreto que le habían puesto los sacerdotes de niño, nombre que nadie más conocía. A su vez ella le había dicho su nombre naga (y se reía con ternura cada vez que él intentaba pronunciarlo correctamente), pero nunca permitió que él la viera tal y como era en realidad, entre su propio pueblo.
-Lo que soy contigo es mi ser más auténtico -le dijo-. Nosotras las nagas siempre estamos pasando del agua a la tierra, de la tierra al aire, de una forma a la otra, de un mundo a otro, de este deseo a aquel otro, de un sueño a otro. Aquí en nuestra torre soy como me conoces, ni más ni menos; y yo no pido ver que forma adoptas tú cuando te sientas a juzgar la vida y la muerte. Aquí los dos somos libres, como si tú no fueras un rey y yo no fuera una naga. Dejémoslo así, querido.
El rey respondió:
-Será lo que tú digas, pero debes saber que muchos rumorean que su reina de noche es en realidad una naga. La tierra se ha vuelto demasiado abundante, la lluvia es demasiado perfecta y segura. ¿Quién sino una naga podría estar detrás de tan buena fortuna? La mayoría de mi pueblo ha creído durante años que eres tú quien gobierna realmente Kambuja, aunque seas también algo más. La verdad es que me cuesta no darles la razón.
-Yo nunca te he dicho cómo debes gobernar tu país -le contestó la naguini-. No necesitabas que yo te enseñara a ser rey.
-¿Crees que no? -replicó él-. Pero yo no era un rey en absoluto hasta que tú viniste a mí, y mi pueblo lo sabe tan bien como yo. Puede que nunca me enseñaras a construir una calle o un granero, a crear un impuesto justo o a mantener las fronteras de mi tierra libres de enemigos, pero sin ti nunca me habría interesado por hacer esas cosas. Hubo un tiempo en que Kambuja sólo se hacía soportable porque contenía nuestra torre dorada. Ahora, poco a poco, la torre ha llegado a acoger a toda Kambuja, y todo mi pueblo ha entrado en ella con nosotros, tan valiosos como nosotros. Eso ha ocurrido gracias a ti, y por ello eres tu quien gobierna aquí, tanto de día como de noche.
De vez en cuando él le decía:
-Hace tiempo, cuando te dije que moriría si alguna vez no te reunías aquí conmigo, tu rostro cambió y supe que había hablado demasiado. Ahora sé, con lo sabio que me ha hecho el amor, que si no vienes una noche moriré de veras, y no me importa que sea así. Te he conocido. He vivido.
Pero la naguini nunca lo dejaba proseguir, ya que se deshacía en lágrimas, prometiéndole que jamás llegaría esa noche, y entonces el rey la consolaba hasta el amanecer. Así permanecieron juntos, y pasaron los años.
El rey envejeció con la naguini, del mismo modo en que habían compartido su juventud, con alegría y sin temor. Pero sus más allegados envejecieron también, y murieron o se retiraron de la corte. Entretanto, surgió un rebelde grupo de jóvenes soldados y cortesanos que se lamentaban cada vez más de que el rey no le hubiera proporcionado un heredero al trono, ya que cuando él muriera las disputas de sus primos acabarían con el reino. Se quejaban también de que el rey estuviera tan esclavizado por su naguini, o hechicera, o mujer-leopardo (ya que en Kambuja es común creer en este tipo de cambios), que se preocupara poco de la gloria y el renombre del reino, por lo que Kambuja era conocida por su gran timidez entre las naciones. Y, aunque nada de eso fuera cierto, es bien sabido que una paz duradera inquieta a muchos, dispuestos a seguir a cualquiera que prometa cambios tumultuosos.
Varios intentaron advertir al rey de que tal era la situación en su corte, pero él no prestaba atención y prefería pensar que todos a su alrededor estaban tan serenos como él. Por ello, cuando un apacible mediodía se vio bruscamente truncado por la sangre, los gritos y el entrechocar de las espadas, al rey lo cogió totalmente desprevenido. Y se encontró de repente en la sala del trono luchando por su vida.
Si el mejor tercio de su ejército, compuesto por los veteranos más fuertes, no se hubiera mantenido leal, la batalla habría terminado en aquellos primeros minutos, y aquí finalizaría la historia del mercader. Pero las fuerzas del rey resistieron tenazmente, luego se replegaron, y a medía tarde estaban a la ofensiva. Con lo cual, cuando empezó a ponerse el sol, la insurrección había quedado reducida a unos pocos rebeldes desesperados que luchaban como locos, conscientes de que la rendición sería inaceptable. Fue en un combate con uno de ellos que el rey de Kambuja recibió su herida mortal.
El no sabía que la herida era mortal. Sólo sabía que estaba cayendo la noche y que seguía habiendo hombres que se interponían entre él y la torre, hombres que se habían pasado la tarde gritando que lo mataran a él primero y luego a su mujer-leopardo, su mujer-serpiente, el monstruo que había corrompido el reino durante tanto tiempo. Por ello los iba matando con toda la fuerza que le quedaba, mientras se dirigía, medio desnudo, ensangrentado y cojeando, hacia la torre. Si algún hombre se interponía en su camino, lo mataba. Pero se desplomaba a menudo, y cada vez le costaba más levantarse, lo cual lo enfurecía. Parecía que la torre no llegaba nunca, y sabía que ya hubiera debido estar con su naguini.
Nunca habría alcanzado la torre si no llega a ser por el coraje de un jovencísimo oficial. El comendador de este niño, encargado de la seguridad del rey, había muerto antes durante la rebelión, por lo que el niño se había proclamado protector del rey en su lugar, y lo seguía por la polvorienta confusión de la batalla, siempre luchando a su lado o tras él. Ahora corría para incorporarlo y ayudarlo, y lo llevó casi en brazos hasta la lejana puerta a la que hacía mucho tiempo el rey había conducido en broma a una mendiga. Ninguno de los dos bandos se acercó a ellos mientras avanzaban con dificultad en el crepúsculo. Ninguno osaba hacerlo.
Cuando por fin llegaron á la puerta de la torre, el niño sabía que el rey se estaba muriendo. Este no tenía fuerzas para girar la llave en la cerradura ni podía hablar, salvo con los ojos, para ordenarle al niño que lo hiciera. Sin embargo, una vez dentro, se puso en pie y subió la escalera como cualquier joven ansioso por reunirse con su amada. El niño lo siguió, asustado por este lugar de los relatos de sus padres, por esta gran oscuridad llena de susurros de reinas endemoniadas. Pero el afecto que sentía por su rey fue más fuerte que todos estos horribles temores, y se encontraba de nuevo junto al viejo hombre cuando llegaron al umbral del dormitorio, cuya puerta estaba entreabierta.
La naguini no estaba allí. El niño se apresuró a encender las antorchas de las paredes, y vio que en la alcoba no había más que sombras, sombras y un ínfimo, ínfimo olor a jazmín y sándalo. Tras él, el rey dijo claramente:
-No ha venido.
El niño no tuvo tiempo de impedir que cayera al suelo. Tenía los ojos abiertos cuando el pequeño lo cogió en brazos, y señaló la cama sin decir nada. Después de que el niño lo estiró allí y le vendó las heridas lo mejor que pudo, el rey le indico que se acercara y murmuró:
-Vigila la noche. Vigila conmigo. -No era una súplica, sino una orden.
El niño se paso toda la noche sentado en la gran cama donde el rey y la reina de Kambuja habían dormido, felices, durante tanto tiempo, y nunca supo cuándo murió el rey. Lucho por permanecer despierto tan duramente como había luchado contra sus enemigos ese día, pero estaba fatigado, y herido a su vez, y se dormía y se despertaba y se dormía de nuevo. La última vez que se despertó fue porque todas las antorchas se apagaron de golpe, con un ruido similar al de las velas de un barco agitadas por la brisa; y también porque oyó otro ruido, pesado y lento, como si estuvieran arrastrando una carga fría y rugosa sobre la piedra fría. La vio con la última luz de la luna: un inmenso cuerpo que llenaba la alcoba como una humareda de negro verdoso, con sus siete cabezas balanceándose como si fueran una, y un cierto fulgor a su alrededor, como si estuviera titilando entre dos mundos a una velocidad que sus ojos no lograban comprender. Se hallaba lo bastante cerca de la cama como para que él pudiera observar que tenía heridas recientes y sangrantes (dijo más tarde que su sangre resplandecía tanto como el sol, y lo cegaba). Cuando el niño se apartó de un salto y se revolcó hasta un rincón, ella ni siquiera lo miró. Inclinaba sus siete cabezas sobre el rey yaciente, y su cálida sangre caía y se mezclaba con la de él.
-Mi pueblo intentó alejarme de ti -dijo.
El niño no podía distinguir si hablaban todas las cabezas o tan sólo una. Contó que su voz estaba llena de otras voces, como un acorde musical. La naguini prosiguió:
-Me dijeron que hoy era el día designado para tu muerte, fijado en los átomos del universo desde el inicio de los tiempos, y así ha sido, y yo siempre lo he sabido, al igual que tú. Pero no podía permitir que ocurriera, estuviera escrito o no, así que luché contra ellos y vine aquí. Aquel que se esconde entre las sombras cantará que tú y yo nunca nos fallamos, ni en la vida ni en la muerte.
Entonces llamó al rey por un nombre que el niño no reconoció, y lo colocó en los anillos de su cuerpo. Y no abandonó la estancia por la puerta, sino que se desvaneció lentamente en la oscuridad y desapareció sin dejar más rastro que el del aroma a jazmín y a sándalo, llevando consigo la música de todas sus voces. Y lo que fue de ella, o de los restos del rey, nunca más se supo.

Peter S. Beagle, Homenaje a Tolkien