jueves, 23 de abril de 2015

GEORGOS

         
                 23 de abril.


                 Día de San Jorge, patrón de Aragón.

          Jorge de Capadocia, tribuno militar a las ordenes del emperador Diocleciano, quien, al negarse a perseguir cristianos y confesar pertenecer a esta religión, fue torturado y muerto. Su vinculación con el dragón aparece recogida en La Leyenda Dorada, colección de vidas de santos del domínico Santiago de la Voragine, en el siglo XIII

                Y es esta historia la que recrea Carolina Lozano en su novela Georgos, situándola en la Cataluña medieval:

El duque Berenguer, más preocupado por la política y la guerra que por sus vasallos, se enfrenta a los rumores de que una bestia ronda sus bosques matando y devorando a aquellos que se interan en el bosque que rodea a la ciudad. Primero apaciguan al dragón con ovejas, despues con hombres (unos se sacrificarán voluntariamente; otros son conducidos para pagar por sus delitos; y, finalmente, entre aquellos elegidos mediante sorteo). Hasta que un día la suerte recae en Elisenda, la hija mayor del duque…  

La historia nos la cuenta Blanca, hija menor del duque y que desde niña está en el convento. Ella pondra por escrito la historia y se la entregara a Georgos, representante del Papa, que se dedica a viajar recogiendo información sobre sucesos inverosímiles.

La novela se lee de un tiron; es ágil y está bien documentada en las costumbres medievales; los personajes responden a los modelos tipos de los cuentos, de la literatura oral. Conocemos la leyenda, y esperamos con ansia el momento en que San Jorge ha de intervenir para rescatar a la princesa. Se me olvidaba; en el libro hay un interesante acróstico, primero con la primera letra de cada título de capítulo, y luego con la primera letra del primer párrafo de cada capítulo

                Os dejo con un fragmento de la introducción, cuando el dragón prueba por primera vez carne humana:

Uno de esos muchos viajeros, un monje itinerante que trabajaba como escriba, avanzaba una tarde calurosa por el amplio camino. Ocioso, se había separado del grupo de peregrinos a los que se había unido al salir de la posada aquella mañana. Estaban en las cercanías del burgo, y allí ya nada temía de asaltantes ni forajidos. Así que se permitió retrasarse para disfrutar del paisaje de árboles altos y sotobosque aromático que le rodeaba, y que pronto se marchitaría con la llegada del frío del invierno.

Al cabo de un rato sintió ganas de aliviar sus necesidades y se adentró en el boscaje. Estaba a punto de arremangarse los faldones de la saya, cuando se dio cuenta de que a su alrededor todo parecía haber enmudecido. En sus largos viajes había aprendido a escuchar el ruido y el silencio, porque los animalillos del bosque, tan vulnerables, intentaban hacerse invisibles ante cualquier peligro.

El monje soltó sus ropas, agarró con fuerza su bastón y miró a su alrededor buscando a los rufianes que estuvieran dispuestos a atacarle. Frunció el ceño cuando oyó el fuerte susurrar de la hojarasca, deduciendo que debían de formar una cuadrilla numerosa. Pero no vio aparecer a nadie, pese a que el rumor se había detenido a apenas unos pasos del lugar donde se encontraba. Con su angustia acrecentándose, giró bruscamente la cabeza al sentir que a su derecha se movía un arbusto de lentisco. Y vio entonces algo que lo hizo encogerse con horror. Unos ojos negros, demoníacos pero inteligentes, lo observaban desde una cabeza de reptil.

No pudo retroceder dos pasos antes de que el animal, monstruoso y terrible como no había visto ninguno hasta entonces, se abalanzara sobre él. Los dientes finos y serrados le laceraron profundamente la pierna pero, espoleado por el miedo, el monje consiguió seguir corriendo. El animal aún lo persiguió unos metros, infligiéndole una profunda herida en la espalda con las zarpas, antes de quedarse atrás y permitirle marcharse.

El monje adivinaba pese a su ansia por huir que, si hubiese querido, o si el cielo no le estuviese protegiendo, el monstruo podría haberlo alcanzado. Lo dominaban el desconcierto, la sorpresa y el dolor mientras cojeaba hacia el camino. Temía que el monstruo volviera a buscarlo si se quedaba a la intemperie, y esperaba encontrar alguna caravana que se dirigiera todavía al burgo a aquellas horas de la tarde. Tenía que avisar a las gentes de aquel lugar del peligro que los amenazaba.

Pero el animal no iba a ir a buscarlo, ni siquiera cuando la ponzoña hiciera su efecto. No lo había atacado por hambre, sino porque el monje había sido un intruso extraño en su territorio. Un intruso de sabor aún más extraño, que pese a todo podía ser en el futuro una presa aceptable en caso de que no hubiera nada mejor.

Y su olor era el que flotaba en el ambiente, concentrado, no muy lejos de aquel sitio donde se había encontrado con su primer humano.