miércoles, 6 de febrero de 2019

EL BUSCADOR DE LIBROS



Supongo que alguna vez hubo una meta y uno sabía lo que buscaba o necesitaba leer por las razones que fuera. Pero ya hace mucho que las metas se quedaron en la cuneta de los buenos propósitos y el deseo de búsqueda se cumple en sí mismo: es la diferencia que hay entre correr 1500 metros o 5000 o los que sean, y sencillamente echarse a correr. La biblioteca es un organismo que rechaza la idea del todo: en aquella vieja disputa entre filósofos de antes de Sócrates –disputa que reverbera en discusiones teológicas de algunos científicos actuales–, entre el todo y el infinito, la biblioteca cree firmemente en el infinito, desprecia la mera posibilidad de que haya un todo. Siempre hay algún volumen por conquistar, alguno que está más allá, no sólo los que pertenecen al futuro, también los que se esconden en los pliegues del pasado.

Ahora depende de los días, la curiosidad la sigo teniendo despierta y con hambre, así que basta con que un columnista mencione un libro que no conozco para que se me abra el apetito, basta enterarme, en un prólogo, en una conversación, de la existencia de un libro apetitoso que yo ignoraba para que me ponga a la tarea de conseguirlo (...)

No recuerdo un día en que no haya buscado libros. Desde que entramos en la era de internet exige menos esfuerzo físico, es cierto, y el montón de posibilidades que se te brindan es un espejismo: AbeBooks tiene un sistema de alertas gracias al que puedes introducir los datos de los libros que vas buscando para que quedes avisado en el momento en el que alguien los ponga a la venta, yo debo de haber ingresado ahí los datos de medio millar de libros de los que sólo un diez por ciento ha acabado apareciendo –lo que no quiere decir que los haya comprado, porque a menudo salían a precios disparatados o por lo menos imposibles para una cartera como la mía. Lo cierto es que si no echo de menos más de la cuenta las librerías de viejo de mi juventud es seguramente porque mi casa se ha convertido en una librería de viejo (aplicada a alguna época, ay, esta frase no tiene un gramo de metáfora).

Este es un libro de encargo (…)  Es sólo una memoria desordenada, porque la búsqueda de libros es así, desordenada, azarosa: es su principal encanto, saber cuando sales de caza que no sabes con qué te vas a encontrar, lo que te exige aquello que Nietzsche pedía para apreciar la melodía de la existencia: estar atentos, permanentemente atentos. Vamos allá.

Juan Bonilla, La Novela del Buscador de Libros

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