lunes, 16 de mayo de 2016

UNA HISTORIA SOBRE EL REY ARTURO


Erase una vez una tierra llamada Britania en la que sucedieron estos hechos. El obispo Sansum, a quien Dios habrá de bendecir por encima de todos los santos vivos y muertos, opina que estas memorias tendrían que ser arrojadas al pozo sin fondo junto con las demás inmundicias de la humanidad caída, porque son la historia de los últimos días antes de que la gran oscuridad se abatiera sobre la luz de Nuestro Señor Jesucristo. Son las crónicas del país que llamamos Lloegyr, que significa Tierras Perdidas, otrora nuestro suelo y conocido ahora como Inglaterra por nuestros enemigos. Son los relatos de Arturo, Señor de la Guerra, el Rey Que No Fue, el Enemigo de Dios, y que Cristo vivo y el obispo Sansum me perdonen, el mejor hombre que jamás he conocido. íCuánto he llorado a Arturo! (…)

Pero el frío no es la peor aflicción de nuestro invierno, sino la helada, que hace intransitables los caminos e impide a Ygraine visitar el monasterio. Ygraine es nuestra reina, desposada con el rey Brochvael. Es morena y delgada, muy joven, dotada de una vivacidad que se agradece como los rayos del sol en un día de invierno. Acude aquí a orar por la gracia de concebir un hijo, aunque pasa más tiempo hablando conmigo que orando a Nuestra Señora o a su fruto bendito. Conversa conmigo porque le gusta escuchar los relatos de Arturo. El verano pasado le conté cuanto recordaba, hasta agotar la memoria, y entonces, me entregó un montón de pergaminos, un cuerno de tinta y un puñado de plumas de ganso para escribir. Arturo se adornaba el casco con plumas de ganso. Éstas no eran tan grandes ni tan blancas, pero ayer levanté el manojo contra el cielo invernal y por un pecaminoso momento de gloria me pareció ver su rostro bajo el penacho y oír el rugido del dragón y el oso por toda Britania para renovado terror de los infieles, pero entonces estornudé y vi que no sostenía en la mano sino un puñado de plumas impregnadas de heces de ganso y poco adecuadas para escribir. La tinta también es mala; mero hollín de bujía mezclado con resma de corteza de manzano. Los pergaminos son de mejor calidad. Son de piel de cordero, restos de los tiempos romanos. Una escritura que ninguno de nosotros sabe descifrar los cubría, pero las mujeres de Ygraine los restregaron hasta dejar las pieles limpias y blancas. Sansum dice que sería mejor destinar tanta piel a calzado, pero después de restregada ha quedado demasiado fina para el zapatero; además Sansum no osaría ofender a Ygraine y perder de ese modo la amistad del rey Brochvael. Este monasterio se halla a no más de media jornada de lanceros enemigos y hasta nuestra mermada despensa los tentaría a cruzar el río Negro y a subir a los montes y al valle de Dinnewrac de no ser por los guerreros de Brochvael, que tienen orden de protegernos. Con todo, creo que ni siquiera la amistad de Brochvael reconciliaría a Sansum con la idea de que el hermano Derfel escribiera un relato de Arturo, enemigo de Dios, motivo por el cual Ygraine y yo hemos mentido al santo varón diciéndole que dedico mis esfuerzos a traducir el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo a la lengua de los sajones. El santo varón no habla la lengua del enemigo ni puede leerla, de modo que podremos mantener el engaño el tiempo suficiente como para dejar constancia de esta historia.

Y será necesario engañarlo porque, poco después de haber empezado a escribir en esta misma piel, el santo Sansum se personó en la estancia. Se instaló junto a la ventana a observar el cielo gris, frotándose las delgadas manos.

Bernard Cornwell, El Rey Del Invierno