jueves, 12 de mayo de 2016

MI VECINO CERVANTES


Lucas vivía en un viejo edificio de un antiguo barrio del centro de la ciudad. Su casa se construyó en el mismo solar donde estuvo la vivienda de Miguel de Cervantes. Pero de eso han pasado varios siglos y ya no queda ni rastro del escritor. Eso creía todo el barrio, menos Lucas.
Una mañana, en clase de Lengua, Lucas se dio cuenta de que su vecino del segundo se parecía mucho a Cervantes. La maestra les acababa de hablar del escritor y habían visto un retrato suyo que venía en el libro.
—Es el autor de Don Quijote de la Mancha —explicó—, la novela más famosa de todos los tiempos.
—Entonces, ¿él también es famoso? —preguntó Lucas.
—Claro, famosísimo. En todo el mundo se conoce su libro —aseguró la maestra.
—¡Yo lo conozco! —saltó—. ¡Es mi vecino!
Todos en clase rieron a carcajadas.
—¡Pero, Lucas! —rio también la maestra—. No estabas atento. Eso que dices es imposible, acabo de contar que Cervantes murió hace cuatrocientos años.
El niño miró de nuevo el retrato del libro de Lengua y volvió a ver el rostro exacto de su vecino del segundo: la misma frente despejada, las mismas orejas grandes, la boca pequeña y escondida bajo el bigote, la barba blanca y la cara alargada. Eran iguales.
Aquella tarde, cuando Lucas salía a jugar a la calle, oyó la llave que el vecino del segundo hacía girar en la cerradura. Corrió escaleras abajo dispuesto a comprobar si realmente era quien sospechaba. Tanto corrió que acabó tropezando y rodó por los peldaños, hasta quedar a los pies del hombre, que lo miró sorprendido.
—¿Te has hecho daño? —le preguntó.
Se había hecho un rasguño en la mano, aunque parecía que el resto de su cuerpo no había sufrido.
—Vaya, te has hecho sangre. Ven, te curaré...
Mientras le curaba con agua oxigenada, el vecino le dijo, convencido:
—No es nada. Peores son las heridas de guerra.
Lucas se dio cuenta de que el hombre lo hacía todo con la mano derecha y la otra apenas la movía, la tenía paralizada.
—La perdí de una manera heroica —dijo el hombre con orgullo—. Y nunca me ha impedido llevar una vida normal. ¿Sabes? Mi padre era practicante en Alcalá de Henares, donde nací. Yo aprendí de él.
—Gracias, señor… —Lucas no sabía el nombre del vecino.
—Me llamo Miguel. Espero que tengas una buena tarde. A pesar de que no haya empezado muy bien.
El chico no supo qué decir porque no salía de su asombro. Una nueva pista le decía que sí era Cervantes: los dos se llamaban Miguel.

Rosa Huertas