sábado, 7 de mayo de 2016

MIS PRIMERAS LETRAS


Antes de que los signos se volviesen para mí descifrables, eran sonidos, y eran los mayores quienes poseían la capacidad de traducir los signos en palabras y con las palabras construir un cuento… De modo que leía escuchando. Y oliendo. Las palabras de las historias estaban indisolublemente ligadas a los olores.

El tío Rodolfo leía historias de las que emanaba un olor a clavo de clavel mezclado con una infusión que tenía un nombre precioso: kardadé. Las historias que leía Rosinella olían a manzanas porque la estancia de la buhardilla donde me las contaba estaba llena de pequeñas manzanas verdes. Las historias que me contaba mi madre olían a frío: estábamos en el país de la nieve y siempre era invierno, o casi.

Luego aprendí a descifrar los signos. Ya estaba harta de esperar. Aprendí sola, pillándolos a todos por sorpresa: a don Vito, a doña Lola, al magistrado Imbriani, a mi madre. Corría el año 1953 o 54, y el primer libro que leí fue una publicación con las letras de las canciones de San Remo. Una de las canciones decía: «Vieja bota militar, / cuánto tiempo ha pasado, / cuántos recuerdos me haces revivir».

Entusiasmada por aquella conquista, lo leía todo, en todas partes, incluso las leyendas de las latas que contenían los sobres de levadura Bertolini (tía Ida tenía una tienda y con el coche de línea nos enviaba víveres y artículos varios): «María Rosa va al mercado / con la bolsa de la compra, / compra bueno y abundante / para hacer la comidita: / entremeses, fruta, vinos / y productos Bertolini».

Ahora que podía descifrar los signos sola me sentía poderosa y fuerte, podía leer sin esperar a que alguien lo hiciese por mí. Y empezó una aventura de la que me enamoré.

Giulia Alberico, Los Libros Son Tímidos