lunes, 2 de mayo de 2016

UNA ESPARTANA


¡Oh Calíope, Clio, Erato y Euterpe, y musas todas que habitáis las moradas del Olimpo, que por vuestra belleza conseguís todo lo que os proponéis! ¡Y vosotras, Ninfas del Peloponeso! (…) Otorgad a esta anciana la gracia de recordar y la fuerza para escribir lo que sus ojos marchitos han vivido. Si la obtengo, os prometo ofrecer un sacrificio memorable en vuestro Nimfeo de Esparta.

Me llamo Aretes y soy hija de Eurímaco y de Briseida, nieta de Laertes, lacedemonia o espartana, como queráis. Si mis cálculos no yerran, mis ojos han visto más de setenta primaveras, una edad más que respetable para los tiempos que me han tocado vivir. Si ahora me vierais no reconoceríais a la muchacha que fui. Ya no puedo ir andando a muchos sitios y preciso de un asno o una carreta para llegarme al mercado de la aldea o a sus templos para ofrendar a los dioses. Mis manos arrugadas no son lo precisas que fueron y la memoria inmediata me flaquea. No así los recuerdos de mi infancia y juventud, que tengo presentes como si hubieran sucedido esta mañana, porque cuando cierro los ojos aparecen en mi mente las imágenes de mi padre y mis hermanos bruñendo y engrasando sus armas, mi madre amasando el pan o nuestros ilotas segando la mies entre las ramas plateadas de los olivos agitadas por el Noto, el viento cálido que en verano remonta el cauce del Eurotas desde el mar.

No puedo ya valerme del todo por mí sola y mis manos tiemblan como una vieja rueca cansada de rodar, aunque lo hacen de modo casi imperceptible. Mi ojo derecho se ha cubierto de una tela fina y peligrosa como la de una araña. A veces, la niebla que lo mantiene en la penumbra se disipa, como la bruma desaparece de la cima de un monte alto, y entonces puedo escribir con pulso más o menos firme.

Sin embargo, aún conservo algo que me hizo una de las muchachas más esbeltas de mi tiempo. Mis ojos verdes todavía pueden chispear con malicia, pues conservo el don de ver más allá de las palabras y de leer los corazones. En mi juventud fui una mujer bella, o al menos eso decían. Lo digo sin pizca de engreimiento porque tuve admiradores, hermosos muchachos que me cortejaron y presentes dignos de una reina, como collares de cuentas, perfumes egipcios o vasijas de barro fenicio. La vida al aire libre y las continuas prácticas atléticas a las que la educación espartana obliga también a las mujeres, esculpieron en mí un cuerpo bello.

Dicen que las mujeres espartanas superamos en belleza a las demás de la Hélade. Nuestra diosa no es Afrodita como para el resto de las griegas, sino Artemisa cazadora, pues, desde pequeñas, moldeamos nuestras piernas, nuestra cintura o nuestros hombros en la palestra y en las carreras alrededor de los campos. Nuestro cabello claro luce a la luz de la lámpara no por las cremas o los cosméticos, sino por el lustre de nuestra salud. Nuestros ojos no se bajan ante la mirada de un hombre como hacen los ojos maquillados de las prostitutas de Corinto y nuestras piernas no se cuidan en el tocador con ceras o jugo de arándano, sino bajo el sol, en las carreras o en la pista atlética. Desde niñas nos inculcan que nuestra principal responsabilidad es criar niños fuertes que sean guerreros y héroes, defensores de la polis. Las espartanas somos mujeres bravas como yeguas, corredoras olímpicas. El entrenamiento produce en nosotras algo poderoso y lo sabemos. Otras ciudades producen monumentos o poesía entre otras artes. Esparta, en cambio, produce guerreros, y nosotras los parimos.

He de reconocer que siempre he sido algo tímida o reservada, aunque no pusilánime ni retraída, y mucho menos cobarde, que esta palabra no existe en el vocabulario de Esparta. Por eso, cuando el grupo de muchachas de mi edad nos cruzábamos con mi padre y su homoi o grupo de guerreros ejercitándose en la llanura, o nos veían correr con las piernas desnudas, entonces mi padre gritaba a sus compañeros «¡mirad mi gacela de ojos de ternera!», yo me sentía morir, enrojecía hasta la raíz del cabello al oír los comentarios procaces de los hombres. Por eso corría aún más deprisa, seguida de mis compañeras por el campo, cubierta de sudor y del polvo del camino. De esa forma no podían apreciar mi ondulado cabello del color del roble joven, ni los hoyuelos de mis mejillas, ni mi boca ancha y sonriente. Sólo se fijaban en las piernas o en los muslos de una muchacha, más parecida a una potrilla que a una mujer. Sin embargo, mi padre lo decía lleno de orgullo y, cuando por la tarde regresaba a casa serena, me pellizcaba como sólo él sabía hacer repitiéndomelo en la oreja: «¡Mi gacelilla de ojos de ternera!». Entonces yo ya no enrojecía. Allí me lanzaba a sus brazos y me lo comía a besos, porque ser la única hija de un padre otorga esos derechos. Mis hermanos pasaban gran parte del día en los campos, o en la palestra junto a los otros muchachos, y mi madre, como contaré, vivía ensimismada en su dolor. Demasiado a menudo estaba sumergida en su mundo de melancolía.

Soy vieja, he dicho.

Lluis Prats, Aretes de Esparta