domingo, 21 de febrero de 2016

LA MALDICIÓN DE LOS BASKERVILLE


Se han hecho muchas afirmaciones acerca del origen del sabueso de los Baskerville; pero como yo desciendo en línea recta de Hugo Baskerville, y como he oído la historia de labios de mi padre, que la recibió a su vez de boca del suyo, la he puesto por escrito con plena convicción de que el hecho ocurrió tal y como aquí se relata. Y yo quisiera, hijos míos, que tuviéseis fe en que la misma justicia que castiga el pecado puede también generosamente perdonarlo, y que no existe anatema que no pueda ser levantado mediante las oraciones y el arrepentimiento. Aprended, pues, de este relato a no temer los frutos del pasado, pero también a ser circunspectos en el porvenir, a fin de que las perniciosas pasiones que tan dolorosas consecuencias han acarreado a nuestra familia no se desaten otra vez para ruina nuestra.
Sabed, pues, que en tiempos de la Sublevación Grande (cuya historia, escrita por el doctor lord Clarendon, recomiendo vivamente a vuestra atención) era señor de esta casa solariega de Baskerville, Hugo, del mismo apellido, sin que pueda pasarse por alto el decir que él era el más arrebatado, blasfemo e impío de los hombres. Todo esto, a decir verdad, se lo habrían perdonado los habitantes de la región, en vista de que nunca abundaron por allí los santos; pero había en el carácter de Hugo cierta inclinación a lo temerario y cruel, que convirtió su nombre en objeto de horror por todo el Oeste. Pues bien: este Hugo se enamoró (si es que puede aplicarse nombre tan hermoso a una pasión tan sombría) de la híja de un labrador que labraba tierras cerca de los dominios de Baskerville. Pero la joven doncella, que era discreta y gozaba de excelente reputación, esquivaba siempre el encontrarse con él, porque el mal nombre que Hugo tenía le inspiraba temor. Ocurrió, pues, por San Miguel, que Hugo, con cinco o seis compañeros, ociosos y malvados, cayó secretamente sobre la granja y raptó a la doncella, mientras su padre y hermanos se hallaban ausentes, detalle del que Hugo estaba enterado. Cuando la tuvieron en el palacio, recluyéronla en una habitación del piso superior. mientras Hugo y sus amigos sentábanse a la mesa para celebrar una larga francachela, según tenían por costumbre todas las noches.
La pobre moza se habría vuelto loca en el piso de arriba al oír los cantos, vociferaciones y blasfemias terribles que le llegaban desde abajo, porque dicen que las frases que acostumbraba emplear Hugo Baskerville, cuando estaba metido en vino, eran como para que quien las pronunciaba volase hecho pedazos. Por último, y en las angustias de su terror, la joven hizo una cosa que hubiera asustado al hombre más valeroso y emprendedor; valiéndose de los troncos de hiedra que cubrían (y que cubren aún) el muro de la parte del Sur, se descolgó desde el alero del tejado, y acto continuo se encaminó a través de la paramera hacia su casa, porque entre el palacio y la granja de su padre mediaba una distancia de tres leguas.
Al poco rato de esto se le ocurrió a Hugo separarse de sus invitados para llevar alimento y bebida ... y quizá con propósitos peores ... a su cautiva, descubriendo entonces que la jaula estaba vacía y que el pájaro había escapado. Parece que entonces se puso como quien tiene los diablos en el cuerpo; echó a correr escaleras abajo hasta el comedor, se encaramó de un salto sobre la espaciosa mesa, haciendo volar por todas partes las botellas de bebidas y las viandas, y dijo a gritos, en presencia de los allí congregados, que sería capaz de entregar aquella noche su cuerpo y su alma a las potencias del infierno con tal de conseguir alcanzar a la moza. Y mientras el grupo de juerguistas contemplaba con la boca abierta el furor desatado de aquel hombre, uno de ellos. más malvado que los demás, o quizá más borracho, gritó que había que lanzar los sabuesos sobre la pista de la muchacha. Al oír aquello, Hugo salió corriendo de la casa, gritando a sus caballerizos que le ensillasen su yegua y sacasen de las perreras la jauria; echó a los sabuesos un pañuelo de la joven, los lanzó sobre la huella y los perros salieron aullando por la paramera a la luz de la luna.
Los compañeros de juerga permanecieron un rato boquiabiertos, sin llegar a comprender todo aquello que se había hecho con tanta precipitación. Pero luego sus cerebros entontecidos comprendieron la indole de lo que iba probablemente a ocurrir en las tientas del páramo. Se armó un alboroto estrepitoso; los unos pedían pistolas, los otros sus caballos y algunos otra botella de vino. Finalmente, sus cerebros enloquecidos recobraron algo de claridad, y todos, trece en número, montaron a caballo y emprendieron la persecución. La luna brillaba clara por encima de ellos, mientras cabalgaban rápidamente, siguiendo la dirección que por fuerza tenia que tomar la doncella si quería llegar a su propia casa.
Llevarian recorridas una o dos millas cuando se cruzaron con uno de los pastores nocturnos que habia en la paramera, y le gritaron si no había visto la caza de la muchacha. El hombre, cuenta la historia, se hallaba tan aturdido de miedo que apenas podia hablar, pero finalmente dijo que sí, que había visto a la desdichada joven y a la jauría sobre sus huellas. Y agregó: Pero he visto más; porque Hugo Baskerville se cruzó conmigo en su yegua negra, y tras él, persiguiéndole en silencio, un sabueso del infierno, como no quiera Dios que yo lo vea jamás junto a mis calcañares.
Los caballeros borrachos, maldijeron al pastor al oír aquello, y siguieron su cabalgada. Pero, a poco de andar, se sintieron escalofriados, porque les llegó, cruzando la paramera, el ruido del galopar de un caballo: la yegua negra, salpicada de blanca espuma, cruzó en sentido contrario, arrastrando las riendas y con la montura vacía. Aquellos juerguistas arrimaron unos a otros sus caballos, poseídos de gran pavor, pero siguieron galopando por el páramo, aunque si cada uno de ellos hubiese estado solo, se habrían alegrado muchísimo de hacer girar en redondo la cabeza de su caballo. Avanzando de ese modo, a paso corto, llegaron por fin a donde estaba la jauría. Los sabuesos, aunque afamados por su bravura y su sangre, estaban ahora apelotonados y gimoteando, a la entrada de una profunda cañada que formaba allí la paramera; algunos intentaron retroceder, y otros miraban, con la pelambre del cuello erizada, hacia el fondo del valle que tenían delante.
El grupo se detuvo; aquellos hombres, como ya adivinaréis, estaban más despejados que cuando salieron del palacio. La mayoría de ellos se negó resueltamente a avanzar, pero tres, los más audaces, o quizá los de borrachera mayor, lanzaron sus caballos cañada abajo. Desembocaba esta en una ancha explanada, en la que se alzaban dos grandes piedras, que aún hoy se ven allí, y que fueron asentadas donde están por ciertos pueblos olvidados que hubo hace muchísimo tiempo. La luna iluminaba con su luz brillante aquel calvero, y en el centro del mismo yacía la desdichada doncella en el sitio donde había caído, muerta de miedo y de fatiga. Pero no fue la vista de su cadáver, ni siquiera la vista del cuerpo de Hugo Baskerville, que yacía en el suelo junto a la moza, lo que espeluznó los cabellos de las cabezas de aquellos tres atrevidos bravucones; lo que les espeluznó fue que, apoyado encima de Hugo, y forcejeando, con los dientes clavados en su cuello, había un ser repugnante, una bestia corpulenta, negra, de la forma de un sabueso, pero de volumen mucho mayor que el de todos los sabuesos que han visto ojos humanos. Mientras estaban mirando, la bestia arrancó el garganchón de Hugo Baskerville. Al ver aquello y que la fiera volvía sus ojos llameantes y sus mandíbulas, que chorreaban sangre, hacia ellos, los tres hombres lanzaron un alarido de terror y corrieron en sus caballos por la paramera como si en ello les fuese la vida y sin dejar de gritar. Se dice que uno de ellos murió aquella misma noche de la impresión que le produjo lo que había visto, y que los otros dos ya no fueron sino guiñapos de hombre durante todo el resto de sus vidas.
Tal es, hijos míos, la leyenda de la aparición del sabueso que, según se cuenta, ha perseguido desde entonces de manera tan dolorosa a nuestra familia. Si he puesto esa leyenda por escrito, es porque lo que se sabe con claridad aterroriza menos que lo que no pasa de insinuación y barrunto. No puede tampoco negarse que muchos miembros de nuestra familia han tenido muertes lastimosas, repentinas, sangrientas, misteriosas. Pero, con todo eso, busquemos cobijo en la bondad infinita de la Providencia, que no va nunca en el castigo de los inocentes más allá de la tercera o de la cuarta generación, que es la amenaza que hace en la Sagrada Escritura. A esa Providencia, hijos míos, os encomiendo ahora, y os aconsejo, como medida de precaución, que no crucéis nunca el páramo a las horas tenebrosas en que andan triunfantes las potencias del mal.
(Este escrito dirige Hugo Baskerville a sus hijos Roger y John, con instrucciones de que nada digan acerca de su contenido a su hermana Elizabeth.)

Sir Arthur Conan Doyle, El Perro de los Baskerville