martes, 23 de febrero de 2016

LA CARTA PERDIDA


Querido primo:

Gracias por el diario que acabo de encontrar en el buzón y he abierto hace unos minutos. Estoy de los nervios, no puedo entretenerme en contarte cómo van las cosas por aquí, pues esta tarde he tenido una experiencia que me ha dejado lívida, y soy incapaz de pensar en otra cosa. Por eso tengo que escribirte inmediatamente, aunque me sigue temblando la mano.

Se trata de esa misteriosa señora. La que viste en Sogndal, ¿recuerdas? Bueno, ¿por dónde empiezo?

Estaba en el muelle cuando llegó el transbordador de las 2. Aquí el colegio no empieza hasta el lunes y no hay mucho más que hacer. Y allí estaba la señora, bajándose del barco antes que los demás pasajeros. Al pasar por delante de mí, me echó una mirada de esas que parecen decir «sé quién eres». Aún no había leído tu carta, pero me acordé de lo que pasó en el refugio de Flatbre, así que opté por seguirla, a distancia, claro. No sé cómo me atreví, era como si me hubiera hipnotizado para que lo hiciera. (Ahora comprenderás por qué me tiembla la mano.) Cuando dio la vuelta por donde la iglesia, miró hacia atrás. Me aparté a un lado, y eso se repitió varias veces mientras subíamos por Mundal, pero no creo que me descubriera.

¿Recuerdas el portón que hay junto a la valla de piedra? Allí giró a la derecha en dirección a esa casa amarilla que está solitaria junto al bosque. Yo me había escondido detrás de la valla, y ahora voy al grano: en el instante en que ella iba a abrir la puerta de la casa, descubrí de repente que algo salía volando de su bolso. Y, acto seguido, la señora había desaparecido.

Yo estaba tan nerviosa que no era capaz de pensar en nada. Así debe de sentirse un delincuente la primera vez que comete un delito, pues en menos de un segundo me encontraba en el llano, delante de la casa, más o menos como un atracador de bancos enmascarado que, de repente, y de un salto, se sube al mostrador gritando: «Esto es un atraco». No es que aquello fuera precisamente un atraco, no grité, y tampoco llevaba ninguna máscara, pero me apoderé de un pequeño sobre y volví a esconderme detrás de la valla de piedra. Dentro del sobre había una carta, en la que ponía:

Querida Bibbi:
Llevo toda la mañana andando por la ciudad, pero no consigo volver a encontrar esa extraña librería de viejo. ¿Puede haber desaparecido de ayer a hoy? Lo único que sé es que estaba en una de esas estrechas callejuelas detrás de la Piazza Navona.
Estaba buscando una edición italiana de la famosa obra de teatro noruega Peer Gynt, y cuando el dueño de la librería de viejo se dio cuenta de que yo era noruega, me llevó hasta un viejo armario lleno de libros y señaló uno que se distinguía de todos los demás tomos por el simple hecho de ser completamente nuevo.
—No sólo tengo libros que ya están escritos —susurró con una mirada intensa.
Naturalmente, no entendí lo que quería decir, pero entonces sacó el libro del armario, se me acercó mucho y precisó:
—Además, colecciono libros que antes o después serán escritos. Lo cierto es que hay infinidad de ellos, pero no es frecuente tener uno en la mano.
Y diciendo eso, me puso el libro en las manos. En la cubierta había una foto de unas montañas muy altas y creo que el título decía algo sobre una «biblioteca mágica». Pero lo importante no era ni la portada ni el título. ¡LO INCREÍBLE ES QUE EL LIBRO SE HABÍA PUBLICADO EN OSLO EL AÑO QUE VIENE, EN 1993!
¡Estaba publicado en algún momento del año que viene, Bibbi! El anciano subrayó además que se trataba de una edición especial.
Me asusté tanto que dejé inmediatamente el libro. Era como si me hubiera quemado. Ni siquiera llegué a anotar el nombre del autor. ¿Me puedes ayudar tú, Bibbi? Si en Noruega hubiese sólo un bibliógrafo, ésa serías tú. La cuestión no es, por tanto, quién ha escrito un libro sobre una «biblioteca mágica», sino quién seguramente lo está escribiendo.
Salí disparada de la tienda diciendo que tenía que coger un tren. Al abrir la puerta de la calle, a pesar de todo me volví y pregunté al hombre el precio de ese raro ejemplar. Se puso furioso, deberías haberlo visto, levantó las cejas y me ladró:
—¡Cómo se atreve! Nadie vende a su hijo más querido. Este tomo es más valioso que el incunable más caro...
Me pregunto si era sordo. Hablaba un italiano poco claro, y parecía leerme en los labios cuando le hablaba.
Perdóname por haberte llamado tan tarde la otra noche, pero estaba completamente fuera de mí. ¡Ojalá pudiera volver a encontrar esa librería de viejo! Es como si se la hubiese tragado la tierra.
Saludos de Siri. Campo dei Fiori.

Eso ponía en la carta, Nils. ¿Qué te parece? De repente había robado una misteriosa carta y la había leído a escondidas. ¿Cómo podía deshacerme de ella?

Sé que te encanta tomarme el pelo porque siempre llevo una libreta en el bolsillo, pero me gusta anotar ideas ingeniosas antes de que se me olviden, y esta vez de verdad que me resultó muy útil. Copié a toda prisa la carta, luego volví a hurtadillas a la casa amarilla y la dejé donde la había encontrado.

No hace más de media hora que he vuelto a casa, y no puedo decir que precisamente me haya tranquilizado al leer tu carta, pues no me gusta la idea de que esa mujer haya patrocinado nuestro diario con diez coronas. Es como si también se hubiera hecho dueña de nuestros pensamientos.

¿Qué voy a hacer? Creo que estamos tras la huella de algo interesante. Al menos sabemos que se llama Bibbi. Si creemos lo que dice la carta, también sabemos que es «bibliógrafa». ¿Pero qué demonios significa eso? ¿Y qué es un «incunable»?

Estoy a punto de echarme a llorar, de verdad, así que más vale que deje ya de escribir: no creo que el rotulador sea resistente al agua.

Voy a bajar corriendo a Correos para enviarte el diario ahora mismo. ¡Tienes que contestar ipso facto!

Saludos de tu asustadísima prima Berit

Jostein Gaarder, La Biblioteca Mágica de Bibbi Bokken

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