lunes, 22 de diciembre de 2014

HISTORIA DEL REY ARTURO Y DE LOS NOBLES Y ERRANTES CABALLEROS DE LA TABLA REDONDA

También este libro trata de una historia interminable. Su temática tiene unas largas, sinuosas, y complicadas raíces en una antigua mitología, su relato se prolonga y se diversifica en narraciones incontables de muy diversas épocas y lugares, y, además, los mismos lectores de la historia entran luego, sesgadamente, a formar parte de la misma. Tal vez sea imposible, por muy hábil que sea quien escarba, descubrir del todo esas raíces, tan enrevesadas como las de las arenarias, hundidas en el humus mítico. El empeño, por otra parte, de intentar referir todos los cuentos y anotar todas las reliquias de la tradición literaria artúrica supondría pretender un amontonamiento infinito en un mamotreto impublicable. He renunciado a esas exhaustivas tareas, y me contentaría con que este breve resumen, de afán divulgador, pareciera una síntesis aceptable, por no omitir nada esencial, y no diera la impresión de un esquematismo excesivo. La historia del reino del fabuloso Arturo y sus errantes caballeros es la historia de un universo de ficción.

He tratado de exponer en unas líneas claras el origen del mito artúrico, situándolo en su contexto histórico, y resumir luego la evolución del mismo en la tradición literaria europea. El ímpetu mítico de esta literatura novelesca, las variaciones de su sentido, y el retorno de sus personajes y símbolos fundamentales a lo largo de varios siglos son los puntos centrales de estas páginas. Pretenden ser precisas y presentar ante el lector no especialista una idea general de lo que significó esta literatura lejana y fascinante.

 Ni la originalidad ni la erudición son méritos de este estudio, que es un conjunto de apuntes de muchas y muchas lecturas. Tan sólo la ordenación de los textos en una perspectiva amplia y de conjunto, y el afán de claridad y precisión en la exposición pueden ser considerados, en el mejor de los casos, como virtudes de este resumen divulgador para lectores españoles. Me parecía interesante ofrecer esa perspectiva histórica para recomendar luego la lectura de esos textos que yo leí con tanto placer, y por eso concluí por redactar estas páginas, que habría preferido que hubiera escrito otro, con estilo más fluido y con mayor amplitud.

En cierto modo me incitó también a hacerlo la lectura de algunos trabajos recientes, publicados al amparo de una renovada moda de lo artúrico, que enfocaban el mito de manera esotérica y con total desconocimiento de su entorno histórico. Bajo los episodios narrados por Malory, que vivió en el siglo XV, en la Inglaterra de la Guerra de las Dos Rosas, y que traducía libremente novelas francesas de caballería, se pretende encontrar ecos de mitos del neolítico, que habrían pervivido en tradiciones orales de imprecisos ambientes culturales. En esa exégesis de lo mítico parece volverse a los esquemas de Sir James Frazer, aunque con mucha menos inteligencia y amenidad de lo que lo hizo Jessie L. Weston a comienzos de siglo. From Ritual to Romance (1920, Cambridge), fue un libro sugestivo y brillante, que aún hoy se lee con interés.

Sin embargo, los mitos y leyendas del reino de Arturo, que encierran a veces un trasfondo mítico celta y que provienen a veces de narraciones orales o del folktale, alcanzan su sentido, no por ese arcano simbolismo, sino por su determinado contexto histórico y cultural. Los orígenes del caldero mágico significan menos en la historia del Grial que su adopción, a partir de la novela de Chrétien, en una versión cristianizada y eucarística, como enigmático objetivo de una búsqueda, o queste, espiritual.

En nuestro estudio la tesis fundamental, si es que conviene llamar así a lo que me parece, sencillamente, la constatación de un hecho manifiesto, es que todo el mundo del rey Arturo y sus caballeros y damas es un mito literario. Esto quiere decir que ha sido la literatura, o la ficción literaria, quien ha conformado la materia mitológica a partir de unas leyendas trasmitidas por una nebulosa tradición oral con un origen real en los siglos V, VI, o VII de nuestra era. Pero la trayectoria literaria del mito artúrico en los siglos XII y XIII es la que ha hecho de los personajes de la saga lo que son en nuestra fantasía. De un remoto caudillo britano, que tal vez capitaneó un tropel de jinetes o que dirigió una carga de galeses y bretones en alguna batalla contra los invasores anglosajones, la literatura ha hecho un magnánimo soberano, digno de rivalizar en esplendor con el antiguo Alejandro, o con el franco Carlomagno. De sus compañeros en esas correrías o encuentros de guerra ha hecho unos caballeros corteses. Y los ha rodeado de prestigiosos magos, como Merlín o Morgana, en un mundo fantástico, poblado de aventuras y maravillas. En la formación del mito han contribuido grandes escritores, con un nombre propio y con una precisa intención, que responden a la ideología de cierto público y cierto momento histórico. Geoffrey de Monmouth hizo de Arturo un gran monarca de grandeza imperial, parecido a Enrique II Plantagenet, Wace insistió en la opulencia de su corte refinada, Chrétien de Troyes otorgó el papel de protagonistas a sus más distinguidos vasallos y dejó a Arturo su aura de gran señor y roi fainéant, el ideal de los grandes señores feudales. Fue la imagen de la corte de Arturo un espejo ejemplar de cortesía, generosidad, y justicia, entendidas según las normas del momento. Fue una bella imagen que evolucionó sutilmente sirviendo los intereses del público. Los clérigos que compusieron el ciclo en prosa insistieron en el fin trágico de la caballería terrena, mundana y en exceso orgullosa. Y en el ocaso de la caballería la imagen de este mundo ficticio sobrevivió irónicamente en la nostalgia.

Es probable que decepcione a algunos lectores el que no me adentre en la floresta de los símbolos arquetípicos que pululan en los textos artúricos. He dejado de lado todo ese aspecto de la significación y renunciado a tal exégesis, que no niego que puede tener un interés y un atractivo superior incluso al planteamiento histórico y filológico que aquí, modestamente, me propongo.

Las investigaciones esotéricas y psicológicas de mitos e historias mágicas parecen gozar de un cierto éxito de público y prensa. A esa hermenéutica en la que se confunden todo tipo de relatos y textos, en la que todos los símbolos son eternos, ubicuos, trascendentes, y pardos como los gatos en la noche, he de renunciar. Por más que en los episodios y maravillas con que se encuentran los personajes de las aventuras caballerescas haya largo repertorio de imágenes y símbolos seductores de la fantasía, la ensoñadora divagación sobre ellos queda al alcance del lector. El texto guarda sus prestigios fantásticos y sus misterios, como toda buena literatura fantástica. Pero siempre dentro de su contexto real.

Como ya señalé, no es éste un libro de investigación erudita ni un índice exhaustivo de los elementos artúricos en la literatura universal. Vuelvo aquí a retomar algunos temas y textos ya analizados en mi libro Primeras novelas europeas, (Madrid, Istmo 1974), que trataba de los comienzos del género novelesco en la Europa occidental. Pero el enfoque es un tanto distinto, ya que en ese estudio se ponía el acento en la aparición de un género literario, la novela, mientras que ahora el hilo de estas reflexiones y noticias es el tema de Arturo y su mundo. Hay ciertos temas, como el del amor cortés, o el del mito trágico de Tristán e Isolda, p.e., o la distancia entre la épica y la novela, que están vistos con detenimiento en el estudio sobre el género novelesco y que ahora, en estas páginas, sólo aparecerán marginalmente.


Por lo demás, este libro es, creo, tan sólo un preludio y una invitación a la lectura de las grandes novelas sobre el rey Arturo y sus caballeros, una ventana sobre ese mundo fantástico de fascinantes escenarios y magnánimas y seductoras figuras. El mito literario en torno del «rey que fue y que será» es el fruto de una compleja colaboración entre bardos celtas, cuenteros bretones, novelistas franceses, e ingleses y alemanes, que crearon en la Edad Media un universo fabuloso y romántico («romántico» viene de «roman») de una perdurable vitalidad y una mágica coherencia. Arturo, Ginebra, Lanzarote, Galván, Perceval, Galaad, Cay, Merlín, Morgana, Mordred, y otros personajes de la corte de Camelot, son figuras espléndidas e inolvidables. La tradición literaria los perfila y los prestigia más o menos. (Gawain, Gauvain, Galván, es un personaje que se va desgastando, desde. su abolengo céltico; Lanzarote, en cambio, es un héroe inventado por Chrétien de Troyes que se engrandece más y más. Cabe una valoración diversa del héroe perfecto del Grial, Galaad, según las preferencias del lector). Pero están ahí, en el mágico escenario que la literatura medieval les ha procurado, y nuestra imaginación los alberga a todos.

Por un extraño avatar histórico, los ingleses consideran las leyendas artúricas como un mito nacional, mientras que en Francia, cuyos novelistas primeros romancearon las historias, sólo los eruditos y lectores de textos medievales andan bien informados sobre este mundo. La tradición literaria -y el fervor británico hacia la obra de T. Malory explica este fenómeno. He querido aludir en los últimos capítulos a esta pervivencia literaria, de modo rápido, pero con las referencias precisas a algún estudio reciente más amplio para que el lector español interesado en ellas pueda ampliarlas.


Carlos García Gual