lunes, 29 de diciembre de 2014

AL MORIR DON QUIJOTE

Un caluroso día de octubre de 1614 moría el señor Alonso Quijano, conocido como don Quijote de la Mancha, asistido por su sobrina y el ama y rodeado de sus amigos, y el mismo día, por la tarde, se le enterraba en presencia de todo el pueblo. La novela de don Quijote había llegado a su término, pero no así la de muchos a los que la vida increíble del ingenioso hidalgo había sacado de su previsible anonimato. Y si don Quijote había tenido su novela, también la tuvieron, muerto él y por haber trenzado sus vidas con la suya, Sancho Panza, Dulcinea, el ama, la sobrina, el bachiller Sansón Carrasco y cuantos quedaron marcados para siempre por la inagotable humanidad de quien fue tenido en su tiempo por el mayor y más gracioso de los locos.

Hace quinientos años empezó una historia que no ha terminado aún, porque las vidas, como las novelas, a un tiempo que propagan bajo tierra sus raíces, multiplican sus ramas hasta formar esta copiosa trama que llamamos vida, donde la realidad y la ficción a menudo no quieren decir lo que parece.

Andrés Trapiello emplea los primeros capítulos en la presentación de los personajes que rodearon a don Quijote y asistieron a su muerte. Se resumen episodios protagonizados por don Quijote en sus tres salidas. Toda rememoración viene avaladas por testigos que estuvieron presentes en las citadas aventuras (Sancho, el cura y el barbero) o en la vida diaria del hidalgo y su enloquecimiento (ama, sobrina) o por algún personaje que ha leído ya la primera parte con las dos primeras salidas de don Quijote (Sansón Carrasco).

Las principales novedades están en el secreto enamoramiento del ama, que no podía encontrar correspondencia en don Quijote, en el amor de la sobrina por el bachiller Carrasco, en que Sancho Panza aprenda a leer y en la marcha final de todos ellos a América, dejando así abierta su novela a posibles continuaciones (El final de Sancho Panza y otras suertes, publicada hace poco más de un mes).

Los preparativos del funeral y el entierro o las gestiones de la herencia constituyen dos ejes sobre los que discurre la acción al tiempo que Sansón Carrasco y Sancho Panza van cobrando consciencia de la relevancia que adquirirá su desaparecido paisano. Buena prueba de ello lo constituye también la lectura del primer tomo de las aventuras de Don Quijote que acaba de llegar al pueblo, al tiempo que no hay quien dude de que acabará por publicarse una segunda parte con el resto de las aventuras. El personaje principal de la obra será el bachiller Sansón Carrasco, que desde el principio lamenta haberse hecho pasar por caballero andante y haber derrotado a Don Quijote para hacerlo volver a su pueblo. Será ésta una trama novelesca de amores y honras secretas y perdidas que transcurrirá en paralelo a la tristeza de Sancho, quien es desprovisto de su perfil más cómico pero adquiere un nuevo perfil:


                No se apuren, señoras. Sabe bien mi señor Sansón Carrasco que aquí se queda mi mujer y mis hijos bien provistos con dineros nuevos y ricoteros, y si el caudal se seca y quieren encontrarme, ya sabrán cómo hacerlo y yo les mandaré recado con la flota. Y ahora me salgo al mundo, como hace un año me salí con don Quijote. No iba entonces tan contento como voy ahora, porque por lo menos sé que no me zurrarán ni cocearán ni me brumarán más las costillas. Cuando serví a don Quijote me di cuenta de que no hacen falta muchas cosas para salir adelante, y que lo mucho, cuando se va ligero y libre, estorba, y lo poco, satisface y contenta. Traigo algunos dineros conmigo para pagar mí pasaje y el libro que el señor Cuesta me dio hace dos días. Un poco de empanada para el camino y algo de vino. Y mi rucio, que puede hacerme ganar al día veintiséis maravedíes, y con ello la mitad de mi despensa. Con eso tengo de sobra. Y sólo pido que allá donde vamos baste nuestro nombre, ya famoso, para que aquellos que quieran avasallar doncellas, robar a pobres, azotar a niños, importunar a viejos, someter a viudas y hacer cualquier tuerto, sepan que sin estar en la jurisdicción de la locura, defenderemos la fuerza de la razón, y cuando ésta no baste, emplearemos la razón de la fuerza, que en causas tan palmarias, no hay peligro de errar ni por qué dar más explicaciones ¿Puedo entonces, señor bachiller, llamaros amo?