miércoles, 13 de diciembre de 2017

LA MAGIA DE LAS CANCIONES


El Viento del Sur cabeceaba suavemente, los guardias y los marineros estaban reunidos en torno a un brasero sobre el castillo de proa apostando baratijas a los dados, y un esclavo empezó a cantar una canción obscena con voz débil y cascada. Llegó un momento en que se le olvidó la letra y rellenó la canción tarareando sin sentido, pero cuando acabó hubo risas fatigadas y el sonido hueco de los puños contra los remos, que expresaba aprobación.
Otro hombre emprendió con poderosa voz de bajo la canción de Bail el Constructor, que en realidad no había construido más que pilas de cadáveres y se proclamó el primer Alto Rey con fuego, espada y palabras agresivas para todo el mundo. Pero como los tiranos tienen mucho mejor aspecto vistos desde lejos, no tardaron en unirse varias voces a la primera. Al final Bail pasó por la Última Puerta en batalla, como hacen los héroes, y la canción terminó, como hacen las canciones, y el cantante recibió como recompensa otra ronda de madera aporreada.
—¿Quién más tiene una canción? —preguntó alguien.
Y para sorpresa de todos, sobre todo propia, resultó que Yarvi la tenía. Era una que le cantaba su madre cuando era pequeño y tenía miedo de la oscuridad. Yarvi no sabía por qué le había venido a la mente, pero su voz voló alta y libre hasta lugares alejados del apestoso barco y hacia cosas que todos aquellos hombres habían olvidado tiempo atrás. Jaud lo miró sorprendido, y Rulf fijamente, y a Yarvi le pareció que nunca había cantado ni la mitad de bien que encadenado a aquella chabola flotante y podrida.
Cuando terminó se hizo el silencio, roto solo por los tenues crujidos del barco en el agua inestable, el viento en las jarcias y los lejanos y agudos chillidos de las gaviotas.
—Cántanos otra —dijo un hombre.
Y Yarvi les cantó otra, y otra, y otra después de aquella. Les cantó historias de amor perdido y amor encontrado, de hazañas y bajezas. Les regaló la Trova de Froki, un hombre con tanta sangre fría que pudo dormir en plena batalla, y la canción de Ashenleer, una mujer con tan buena vista que podía contar los granos de arena de una playa. Entonó el cantar de Horald el Viajero, que venció en una carrera al negro rey de Daiba y al final navegó tan lejos que cayó por el borde del mundo. Les cantó sobre Angulf Piehendido, Martillo de los Vansterlandeses, pero no mencionó que el protagonista era su bisabuelo.
Cada vez que remataba una canción le pedían otra, hasta que el Padre Luna apareció en cuarto creciente sobre las colinas, y las estrellas empezaron a escrutar las vidas de los hombres a través de la tela del cielo, y la última nota del cantar de Bereg, que murió para fundar la Clerecía y proteger el mundo de la magia, se difuminó en la penumbra.
—Como un pajarito con una sola ala. —Cuando Yarvi se volvió hacia la voz, Shadikshirram estaba mirándolo desde arriba, ajustando los pasadores de su cabello enredado—. Canta bien, ¿eh, Trigg?
El cómitre se sorbió la nariz, se frotó los ojos con el dorso de la mano y, con una voz tomada por la emoción, respondió:
—Nunca había oído nada igual.
«Los sabios esperan su momento —decía siempre la madre Gundring—, pero nunca lo dejan pasar.» De modo que Yarvi se inclinó y se dirigió a Shadikshirram en su propio idioma. No sabía hablarlo bien del todo, pero un buen clérigo sabe dar un buen saludo a cualquiera.
—Es un honor para mí —le dijo con voz dulce mientras pensaba en echar raíz de lenguanegra en su vino— cantar para alguien de tanto renombre.
La capitana lo miró con los ojos entrecerrados.
—Caramba, estás lleno de sorpresas.
Shadikshirram le lanzó la botella, casi vacía ya, y se alejó tarareando con tan poco tino que Yarvi a duras penas supo que se trataba de la Trova de Froki.
Si le hubieran servido aquel vino en la mesa de su padre, habría escupido en la cara del esclavo, pero en ese momento le pareció que nunca había degustado nada mejor que aquel caldo lleno de sol y fruta y libertad. Era una lástima compartir las cuatro gotas que tenía, pero la enorme sonrisa que puso Rulf después de beber un trago bien lo valía.
Mientras se disponían a dormir, Yarvi reparó en que los demás esclavos lo miraban de otro modo. O quizá fuese, más bien, que lo miraban y punto. Hasta Sumael le dedicó una mirada pensativa desde su sitio fuera del camarote de la capitana, como si Yarvi fuese una cuenta que no lograba cuadrar.
—¿Por qué me miran? —preguntó a Jaud en voz baja.
—Muy pocas veces reciben cosas buenas. Tú les has dado una.

Joe Abercrombie, Medio Rey