miércoles, 6 de diciembre de 2017

APERTURA DE LAS PRIMERAS CORTES CONSTITUYENTES


Una gran novedad, una hermosa fiesta había aquel día en la Isla. Banderolas y gallardetes adornaban casas particulares yvedificios públicos, y endomingada la gente, de gala los marinos y la tropa, de gala la Naturaleza a causa de la hermosura de la mañana y esplendente claridad del sol, todo respiraba alegría. Por el camino de Cádiz a la Isla no cesaba el paso de diversa gente, en coche y a pie; y en la plaza de San Juan de Dios los caleseros gritaban, llamando viajeros: -¡A las Cortes, a las Cortes!
Parecía aquello preliminar de función de toros. Las clases todas de la sociedad concurrían a la fiesta, y los antiguos baúles de la casa del rico y del pobre habíanse quedado casi vacíos. Vestía el poderoso comerciante su mejor paño, la dama elegante su mejor seda, y los muchachos artesanos, lo mismo que los hombres del pueblo, ataviados con sus pintorescos trajes salpicaban de vivos colores la masa de la multitud. Movíanse en el aire los abanicos, reflejando en mil rápidos matices la luz del sol, y los millones de lentejuelas irradiaban sus esplendores sobre el negro terciopelo. En los rostros había tanta alegría, que la muchedumbre toda era una sonrisa, y no hacía falta que unos a otros se preguntasen a dónde iban, porque un zumbido perenne decía sin cesar: -¡A las Cortes, a las Cortes!
Las calesas partían a cada instante. Los pobres iban a pie, con sus meriendas a la espalda y la guitarra pendiente del hombro. Los chicos de las plazuelas, de la Caleta y la Viña, no querían que la ceremonia estuviese privada del honor de su asistencia, y arreglándose sus andrajos, emprendían con sus palitos al hombro el camino de la Isla, dándose aire de un ejército en marcha, y entre sus chillidos y bufidos y algazara se distinguía claramente el grito general: -¡A las Cortes, a las Cortes!
Tronaban los cañones de los navíos fondeados en la bahía; y entre el blanco humo las mil banderas semejaban fantásticas bandadas de pájaros de colores arremolinándose en torno a los mástiles. Los militares y marinos en tierra ostentaban plumachos en sus sombreros, cintas y veneras en sus pechos, orgullo y júbilo en los semblantes. Abrazábanse paisanos y militares congratulándose de aquel día, que todos creían el primero de nuestro bienestar. Los hombres graves, los escritores y periodistas, rebosaban satisfacción, dando y admitiendo plácemes por la aparición de aquella gran aurora, de aquella luz nueva, de aquella felicidad desconocida que todos nombraban con el grito placentero de: -¡Las Cortes, las Cortes!
En la taberna del Sr. Poenco no se pensaba más que en libaciones en honor del gran suceso. Los majos, contrabandistas, matones, chulos, picadores, carniceros y chalanes, habían diferido sus querellas para que la majestad de tan gran día no se turbara con ataques a la paz, a la concordia y buena armonía entre los ciudadanos. Los mendigos abandonaron sus puestos corriendo hacia la Cortadura que se inundó de mancos, cojos y lisiados, ganosos de recoger abundante cosecha de limosnas entre la mucha gente, y enseñando sus llagas, no pedían en nombre de Dios y la caridad, sino de aquella otra deidad nueva y santa y sublime, diciendo: -¡Por las Cortes, por las Cortes!
Nobleza, pueblo, comercio, milicia, hombres, mujeres, talento, riqueza, juventud, hermosura, todo, con contadas excepciones, concurrió al gran acto, los más por entusiasmo verdadero, algunos por curiosidad, otros porque habían oído hablar de las Cortes y querían saber lo que eran. La general alegría me recordó la entrada de Fernando VII en Madrid en Abril de 1808, después de los sucesos de Aranjuez.
Cuando llegué a la Isla, las calles estaban intransitables por la mucha gente. En una de ellas la multitud se agolpaba para ver una procesión. En los miradores apenas cabían los ramilletes de señoras; clamaban a voz en grito las campanas y gritaba el pueblo, y se estrujaban hombres y mujeres contra las paredes, y los chiquillos trepaban por las rejas, y los soldados formados en dos filas pugnaban por dejar el paso franco a la comitiva. Todo el mundo quería ver, y no era posible que vieran todos.
Aquella procesión no era una procesión de santas imágenes, ni de reyes ni de príncipes, cosa en verdad muy vista en España para que así llamara la atención: era el sencillo desfile de un centenar de hombres vestidos de negro, jóvenes unos, otros viejos, algunos sacerdotes, seglares los más. Precedíales el clero con el infante de Borbón de pontifical y los individuos de la Regencia, y les seguía gran concurso de generales, cortesanos antaño de la corona y hoy del pueblo, altos empleados, consejeros de Castilla, próceres y gentileshombres, muchos de los cuales ignoraban qué era aquello.
La procesión venía de la iglesia mayor donde se había dicho solemne misa y cantado un Te Deum. El pueblo no cesaba de gritar ¡Viva la nación!, como pudiera gritar ¡viva el rey!, y un coro que se había colocado en cierto entarimado detrás de una esquina entonó el himno, muy laudable sin duda, pero muy malo como poesía y música; que decía:
Del tiempo borrascoso
que España está sufriendo
va el horizonte viendo
alguna claridad.
La aurora son las Cortes
que con sabios vocales
remediarán los males
dándonos libertad.
El músico había sido tan inhábil al componer el discurso musical, y tan poco conocía el arte de las cadencias, que los cantantes se veían obligados a repetir cuatro veces que con sabios, que con sabios, etc. Pero esto no quita su mérito a la inocente y espontánea alegría popular.
Cuando pasó la comitiva encontré a Andrés Marijuán, el cual me dijo:
-Me han magullado un brazo dentro de la iglesia. ¡Qué gentío! Pero me propuse ver todo y lo vi. Lindísimo ha estado.
-¿Pero ya empezaron los discursos?
-Hombre no. Dijo una misa muy larga el cardenal narigudo, y luego los regentes tomaron juramento a los procuradores, diciéndoles: -¿Juráis conservar la religión católica? ¿Juráis conservar la integridad de la nación española? ¿Juráis conservar en el trono a nuestro amado rey D. Fernando? ¿Juráis desempeñar fielmente este cargo?, a lo cual ellos iban contestando que sí, que sí y que sí. Después echaron un golpe de órgano y canto llano y se acabó. Gabriel, a ver si podemos entrar en el salón de sesiones.
Yo no creí prudente intentarlo; pero fui hacia allá, codeando a diestro y siniestro, cuando al llegar junto al teatro, ante cuyas puertas se agolpaban masas de gente y no pocos coches, sentí que vivamente me llamaban, diciendo:
 -Gabriel, Araceli, Gabriel, señor D. Gabriel, Sr. de Araceli.
Miré a todos lados, y entre el gentío vi dos abanicos que me hacían señas y dos caras que me sonreían. Eran las de Amaranta y doña Flora. Al punto me uní a ellas, y después que me saludaron y felicitaron cariñosamente por mi feliz llegada, Amaranta dijo:
-Ven con nosotras, tenemos papeletas para entrar en la galería reservada (...)
No hablamos más del asunto porque el Congreso Nacional ocupó toda nuestra atención. Estábamos en el palco de un teatro; a nuestro lado en localidades iguales veíamos a multitud de señoras y caballeros, a los embajadores y otros personajes. Abajo en lo que llamamos patio, los diputados ocupaban sus asientos en dos alas de bancos: en el escenario había un trono, ocupado por un obispo y cuatro señores más y delante los secretarios del despacho. Poco habían unos y otros calentado los asientos, cuando los de la Regencia se levantaron y se fueron como diciendo: «Ahí queda eso».
-Esta pobre gente -me dijo Amaranta- no sabe lo que trae entre manos. Mírales cómo están desconcertados y aturdidos sin saber qué hacer.
-Se ha marchado el venerable obispo de Orense -dijo doña Flora-. Por ahí se susurra que no le hacen maldita gracia las dichosas Cortes.
-Por lo que oigo, están eligiendo quien las presida -dije-. Hay aquí un traer y llevar de papeletas que es señal de votación.
-Buenas cosas vamos a ver hoy aquí -añadió Amaranta con el regocijo que da la esperanza de una diversión.
-Yo lo que quiero es que prediquen pronto -añadió doña Flora-. Prontito, señores. Veo que hay muchos clérigos, lo cual es prueba de que no faltarán picos de oro.
-Pero estos clérigos filósofos son torpes de lengua -afirmó Amaranta-. Aquí hablarán más los seglares, y será tal el barullo, que veremos escenas tan graciosas como las de un concejo de pueblo con fuero. Amiga, preparémonos a reír.
-Ya parece que tienen presidente. Oigamos lo que lee aquel caballerito que está en el escenario y que parece un mal actor que no sabe el papel.
-Está conmovido por la majestad del acto -repuso Amaranta-. Me parece que estos señores darían algo ahora porque les mandasen a sus casas. Verdaderamente las fachas no son malas.
-Desde aquí veo al vizconde de Matarrosa -indicó doña Flora-. Es aquel mozalbete rubio. Le he visto en casa de Morlá, y es chico despejado... Como que sabe inglés.
-Ese angelito debiera estar mamando, y le van a dispensar la edad para que sea diputado -repuso la condesa-. Como que no tiene más años que tú, Gabriel. Vaya unos legisladores que nos hemos echado. Aquí tenemos Solones de veinte abriles.
-Querida condesa -dijo la otra- desde aquí veo todas las narices y toda la boca de D. Juan Nicasio Gallego. Está abajo entre los diputados.
-Sí, allí está. De un bocado se tragará Cortes y Regencia. Es el hombre de mejores ocurrencias que he visto en mi vida, y de seguro ha venido aquí a reírse de sus compañeros de procuraduría. ¿No es aquel que está a su lado D. Antonio Capmany? ¡Miren qué facha! No se puede estar quieto un instante y baila como una ardilla.
-Ese que se sienta en este momento es Mejía.
-También veo la cara seráfica de Agustinito Argüelles. Dicen que este predica muy bien. ¿Ve usted a Borrull? Cuentan que este no quiere Cortes. Pero empiece de una vez la función ¡qué pesados son!
-Aquí como no se paga la entrada, no hay derecho a impacientarse.
-Ya está dispuesta la presidencia. ¿Tocarán un pito para empezar?
-Yo tengo una curiosidad por oír lo que digan...
-Y yo.
-Será un disputar graciosísimo -dijo Amaranta- porque cada cual pedirá esto y lo otro y lo de más allá.
-Conque salga uno diciendo: «Yo quiero tal cosa», y otro responda: «Pues no me da la gana», se animará esta desabrida reunión.
-¡Cuándo las habrán visto más gordas! Será gracioso oír a los clérigos gritar: «Fuera los filósofos», y a los seglares: «Fuera los curas». Veo con sorpresa que el presidente no tiene látigo.
-Es que guardarán las formas, amiga mía.
-¿En dónde han aprendido ellos a guardar formas?
-Silencio, que va a hablar un diputado.
-¿Qué dirá? Nadie lo entiende.
-Se vuelve a sentar.
-En el escenario hay uno que lee.
-Se levantarán algunos de sus asientos.
-Ya. Acaban de decir que quedan enterados.
-Nosotros también. Tanto ruido para nada.
-Silencio, señores, que vamos a oír un discurso.
-¡Un discurso! Oigamos. ¡Qué ruido en los palcos! Si no calla el público, el presidente mandará bajar el telón.
-¿Es aquel clérigo que está allí enfrente quien va a hablar?
-Se ha levantado, se arregla el solideo, echa atrás la capa. ¿Le conoce usted?
-Yo no.
-Ni yo. Oigamos qué dice.
-Dice que sería prudente adoptar una serie de proposiciones que tiene escritas en un papelito.
-Bueno: léanos usted ese papelito, señor cura.
-Parece que hablará primero.
-¿Pero quién es?
-Parece un santo varón.
En los palcos inmediatos corría de boca en boca un nombre que llegó hasta el nuestro. El orador era D. Diego Muñoz Torrero.
Señores oyentes o lectores, estas orejas mías oyeron el primer discurso que se pronunció en asambleas españolas en el siglo XIX. Aún retumba en mi entendimiento aquel preludio, aquella voz inicial de nuestras glorias parlamentarias, emitida por un clérigo sencillo y apacible, de ánimo sereno, talento claro, continente humilde y simpático. Si al principio los murmullos de arriba y abajo no permitían oír claramente su voz, poco a poco fueron acallándose los ruidos y siguió claro y solemne el discurso. Las palabras se destacaban sobre un silencio religioso, fijándose de tal modo en la mente que parecían esculpirse. La atención era profunda, y jamás voz alguna fue oída con más respeto.
-¿Sabe usted, amiga mía -dijo en un momento de descanso doña Flora- que este cleriguito no lo hace mal?
-Muy bien. Si todos hablaran así, esto no sería malo. Aún no me he enterado bien de lo que propone.
-Pues a mí me parece todo lo que ha dicho muy puesto en razón. Ya sigue. Atendamos.
El discurso no fue largo, pero sí sentencioso, elocuente y erudito. En un cuarto de hora Muñoz Torrero había lanzado a la faz de la nación el programa del nuevo gobierno, y la esencia de las nuevas ideas. Cuando la última palabra expiró en sus labios, y se sentó recibiendo las felicitaciones y los aplausos de las tribunas, el siglo décimo octavo había concluido.
El reloj de la historia señaló con campanada, no por todos oída, su última hora, y realizose en España uno de los principales dobleces del tiempo.


-Atención, que van a leer el papelito.
D. Manuel Luxán leyó.
-¿Se ha enterado usted, amiga doña Flora?
-¿Acaso soy sorda? Ha dicho que en las Cortes reside la Soberanía de la Nación.
-Y que reconocen, proclaman y juran por rey a Fernando VII...
-Que quedan separadas las tres potestades... no sé qué terminachos ha dicho.
-Que la Regencia que representa al Rey o sea poder ejecutivo preste juramento.
-Que todos deben mirar por el bien del Estado. Eso es lo mejor, y con decirlo, sobraba lo demás.
-Ahora se levanta gran tumulto entre ellos, amiga mía.
-Van a disputar sobre eso. Pues no levantará mal cisco el cleriguito. ¿Cómo se llama?...
-D. Diego Muñoz Torrero.
-Parece que vuelve a hablar.
En efecto, Muñoz Torrero pronunció un segundo discurso en apoyo de sus proposiciones.
-Ahora me ha gustado más, mucho más, señora condesa -dijo la de Cisniega-. A este hombre le haría yo obispo. ¿No es justo y razonable lo que ha dicho?
-Sí, que las Cortes mandan y el rey obedece.
-De modo, que según la Soberanía de la Nación, el gobierno del reino está dentro de este teatro.
-Ahora le toca a Argüelles, amiga mía. Lo que me gusta es que todos dicen que están de acuerdo. ¿Para cuándo dejan el disputar?
-Al principio todo es mieles. Repare usted que estamos en el primer acto.
-Ahora habla Argüelles.
-¡Oh, qué bien! ¿Ha conocido usted muchos predicadores que se expresen con esa elegancia, esa soltura, esa majestad, ese elevado tono, el cual nos sorprende y embelesa de tal modo que no podemos apartar la atención del orador, encantándose igualmente con su presencia y voz, la vista y el oído?
-¡Cosa incomparable es esta! -expresó con entusiasmo doña Flora-. Diga usted lo que quiera, han hecho muy bien en traer a España esta novedad. Así todas las picardías que cometan en el gobierno se harán públicas, y el número de los tunantes tendrá que ser menor.
-Sospecho que esto va a ser más brillante que útil -repuso la condesa-. Oradores creo que no faltarán. Hoy todos han hablado bien; ¿pero acaso es tan fácil la obra como la palabra?
Y de este modo iban comentando los discursos que sucedieron al de Muñoz Torrero, los cuales alargaban tanto la sesión, que bien pronto se hizo de noche y el teatro fue encendido. No por la tardanza se cansaron las dos damas, quienes, como el resto de la concurrencia, permanecieron en sus asientos hasta entrada la noche, gozando de un espectáculo que hoy a pocos cautiva por ser muy común, pero que entonces se presentaba a la imaginación con los mayores atractivos. Los discursos de aquel día memorable dejaron indeleble impresión en el ánimo de cuantos los escucharon. ¿Quién podría olvidarlos? Aún hoy, después que he visto pasar por la tribuna tantos y tan admirables hombres, me parece que los de aquel día fueron los más elocuentes, los más sublimes, los más severos, los más superiores entre todos los que han fatigado con sus palabras la atención de la madre España. ¡Qué claridad la de aquel día! ¡Qué oscuridades después, dentro y fuera de aquel mismo recinto, unas veces teatro, otras iglesia, otras sala, pues la soberanía de la nación tardó mucho en tener casa propia! Hermoso fue tu primer día, ¡oh, siglo! Procura que sea lo mismo el último.

Benito Pérez Galdós, Cádiz