martes, 22 de diciembre de 2015

EL REGALO

                
De parte de Inés, alumna de nuestro centro, FÉLIZ NAVIDAD

Sonia miraba caer la nieve a través de la ventana. Aquella Nochebuena solo iba a tener de bueno el nombre, hacía dos semanas que sus padres se habían peleado, y desde entonces ella no había vuelto a verle. Su papá la llamaba todos los días, pero hoy, precisamente en esta noche tan especial, no había dado señales de vida. Su madre estaba en la cocina, haciendo la cena para ellas dos. No se pudieron marchar con el resto de la familia porque Ana, su madre, trabajaba en unos grandes almacenes, y en estas fechas era, como es normal, cuando más trabajo había, de modo que tuvo que quedarse hasta media tarde y venir corriendo para hacer la cena.
Para ella, una niña de doce años, la ausencia de su padre era un peso enorme que tenía que arrastrar durante todo el día. Él estaba en todos sus recuerdos, en todos los momentos importantes de su corta vida, cuando comenzó a andar, cuando aprendió a montar en bici, a multiplicar... lo echaba mucho de menos. Su madre estaba también muy deprimida, y aunque ella no sabía muy bien porque habían discutido sus padres, notaba en su madre un halo de tristeza y arrepentimiento que trataba de ocultar, pero que estaba siempre presente, y ella, a pesar de su corta edad, podía percibirlo.El enorme árbol de Navidad iluminaba toda la habitación, sus pequeñas luces parpadeaban sin dejar de estar nunca encendidas, guirnaldas doradas y bolas rojas y brillantes eran toda la decoración, lo había montado su padre un par de días antes de irse. En la televisión unos niños cantaban villancicos, y el olor del asado que su madre había preparado para cenar inundaba la casa. Sobre la mesa del comedor, adornada con velas, una pequeña bandeja de dulces, todo estaba tan bonito...
-Sonia - dijo su madre desde la cocina - tienes que hacerme un favor.
Sonia salió por un momento de sus propios pensamientos y volvió a la realidad al escuchar la voz de su madre.
-Dime mamá - contestó ella .
-Coge dinero del bolso y baja a la tienda a por un par de barras de pan, creía que tenia congelado pero no queda casi nada... date prisa que van a cerrar enseguida.
Rápidamente cogió unas monedas del bolso, se puso el abrigo y salió por la escalera a la pequeña tienda de barrio que estaba junto a su portal. Al salir a la calle, tan deprisa iba que no se percató de lo helado que estaba el suelo y patinó. Salió literalmente volando por los aires, y cuando estaba preparada para recibir el impacto de su cuerpo contra el suelo, unos brazos la cogieron por debajo de la espalda y la sujetaron. Cuando por fin pudo ponerse en pie, pudo ver a su salvador, era un hombre mayor, un tanto desaliñado, con algo de tripa y una barba canosa.
-Podías haberte hecho daño, pequeña, tienes que tener más cuidado.
Sonia se asustó un poco al principio, su madre siempre le decía que no hablara con
desconocidos, pero por alguna extraña razón que no llegaba a comprender, aquel hombre le inspiraba confianza.
-Gracias, es que soy un poco patosa - le dijo al hombre sonriendo - adiós - y dicho esto se marchó corriendo a la tienda.
Aun con el susto en el cuerpo a causa del resbalón que le podía haber costado algún hueso roto o algo peor, cogió dos barras de pan del mostrador y se las dio a la cajera. Mientras pagaba, observaba con asombro como aquel hombre que la había librado de una buena caída se tapaba con una manta y se sentaba en un banco bajo la marquesina de una parada de autobús. Al salir a la calle se dirigió a él y le pregunto.


-¿Es que espera el autobús? A esta hora ya no pasará ninguno - le dijo un tanto perpleja.
- No, no, qué va – contestó el hombre mientras sonreía - es que yo no vivo por aquí, y bueno, hasta que vengan a recogerme pues tengo que resguardarme en algún lado, sabes.
A Sonia le dio mucha pena, era un hombre mayor, de la edad de su abuelo más o menos, solo, en Navidad, hacía frío, nevaba...
Ana no se lo podía creer, su hija se había subido a casa las dos barras de pan que le encargó, y además, a un indigente que vaya usted a saber porque estaba en la calle. Lo cierto es que el pobre hombre estaba casi más sorprendido que ella y se notaba que no estaba pasando un buen rato.
-Señora - decía el hombre -- no se preocupe que yo me marcho ahora mismo, si he subido más que nada porque su hija ha insistido mucho, pero no es necesario que me quede a cenar.
-Claro que si - decía Sonia - mi mamá dice que tenemos que ayudar a las personas que lo necesitan, además usted me ha ayudado a mí, es lo menos que podemos hacer.
Y Ana, que era una buena persona, a pesar de las desconfianzas que se suelen tener cuando no conoces a alguien, decidió que poner un plato más en la mesa en aquella noche tan especial no suponía demasiado problema, y de paso seria una manera de que su hija no pensara toda la noche en su padre.
-¿Y cdmo ha dicho que se llama usted? - preguntó Ana
- Nicolás, señora, me llamo Nicolás, pero mis amigos me llaman Nico.
- Pues bienvenido a nuestra casa Nico, espero que le guste mi asado...
Ana le quitó el viejo abrigo al peculiar invitado y lo invitó a sentarse en la mesa bajo la mirada atenta de su hija, que lucía una sonrisa de oreja a oreja. Tanto ella corno él se sirvieron un par de copas de vino, Sonia una Coca-cola, y tras unos deliciosos entremeses, Ana sirvió el asado. Nicolás se deshacía en elogios por la suculenta cena que le estaban ofreciendo, y entre bocado y bocado no dejaba de contar cosas acerca de los sitios en los que había estado, de la gente que conocía, y de lo bonita que era la Navidad. Pero fue cuando llegaron los postres cuando verdaderamente comenzó a disfrutar. A aquel hombre le encantaban los dulces, comió turrón, mantecados, polvorones, mazapanes... comió de todo lo que se podía comer y se bebió una copita de sidra a la par que contaba chistes y chascarrillos que provocaban las risas de Sonia.
En una de esas, la pequeña. se fue al cuarto de baño, momento que su madre aprovechó para hablar con Nicolás.
-Hace mucho frío esta noche Nico, y ya es tarde, si quiere puede quedarse a dormir aquí esta noche, en la salita de costura tengo un sofá cama.
-Oh, no, que va, si a mí me van a recoger esta noche, soy una persona muy ocupada, sabe usted. No se preocupe por mí, yo estaré bien. Por cierto, no me gusta meterme donde no me llaman, pero... ¿Y su marido? He visto una foto de ustedes al entrar y me extraña no verlo aquí en un día tan señalado.
- Pues el caso es que no está, problemas de pareja sabe usted - Respondió Ana un poco contrariada.
-Caramba, lo lamento, ojalá se solucione pronto, por usted y por su hija, es una niña encantadora y lo tiene que estar pasando mal.
Ana no pudo evitar que se le humedecieran los ojos un poco al oír aquellas palabras, era cierto, ambas lo estaban pasando mal. Nicolás puso su mano en el hombro de Ana al percatarse de aquello.
-No se preocupe, es Navidad, todo se arreglará - le dijo con voz dulce aquel hombre.
La joven Sonia entró en ese momento, y sin ser muy consciente de la situación se acerco  a su madre y le dio un abrazo, mientras miraba con ojos de ternero a Nicolás.
-Bueno -dijo Nico tratando de romper el hielo - supongo que le habrás pedido algo a Santa Claus, mañana es Navidad, es día de regalos.
-Este año no he escrito ninguna carta, ya soy mayor, de manera que si me dejan algún regalo me alegraré, pero supongo que lo que yo quiero no me lo pueden envolver, sabes...
Nico observó la mirada triste y lánguida de Sonia, y con su mano izquierda acaricio su mejilla. Ella se estremeció, fue como si por un instante el calor azotara su rostro, y en esemomento, sin saber por qué se sintió bien.
-Nunca hay que perder la esperanza, pequeña, ni hay que dar nada por perdido, y como le he dicho a tu madre, mucho menos en Navidad... y por cierto, tengo que irme, son casi las doce y vendrán enseguida a buscarme...
- Pero no se vaya tan pronto - replicó Sonia - quédese aquí un poquito más, díselo tu mamá.
Nicolás se agachó un poco para ponerse a la altura de la niña, y así poder hablar mejor con ella.
-Ambas habéis sido muy amables conmigo esta noche, darle de cenar a un viejo al que no conocéis de nada. es un acto muy bonito, y yo os lo agradezco de veras...
Y dicho esto el hombre metió la mano en el bolsillo de su raída camisa y sacó una pequeña herradura plateada de las que se cuelgan en los árboles navideños y se la dio a Sonia.
-Toma pequeña, me han dicho que es mágica, pero que solo funciona en Nochebuena, aprovéchala.
La niña cogió la pequeña herradura y le dio un beso en la cara a Nicolás, él le ofreció a cambio una enorme sonrisa. Ana se levantó para darle su abrigo a aquel hombre que por algún motivo ahora tenía prisa por irse, y Sonia le lleno los bolsillos de turrones y mazapanes.
-Son para mientras esperas- le dijo sonriendo.
Nicolás salió por la puerta del apartamento y antes de cerrar les deseó a las dos con voz solemne Feliz Navidad y se marchó.
Sonia y su madre recogieron la mesa y se sentaron a ver la tele un rato juntas. Sonia se asomó un par de veces a la ventana para poder ver si recogían a Nicolás, pero este ya no estaba en la parada, se habría marchado. Se hizo tarde, y las dos decidieron acostarse juntas, no querían sentirse solas en una noche así, pero antes de hacerlo Sonia cogió la pequeña herradura que le habían regalado, y no sin antes mirarla detenidamente y pedir un deseo, la colgó en el árbol de Navidad, ¿Qué podía perder?
La luz de la mañana se filtraba a través de las tupidas cortinas de la habitación de Ana, la pequeña Sonia se giró para abrazar a su madre pero ella ya no estaba en la cama, se había levantado. Miró de reojo el reloj de la mesita para ver qué hora era... las ocho y media... pero a dónde iba su madre tan temprano. Pensó en remolonear un poco en la cama, menudo sueño, y entonces calló en la cuenta, era Navidad. No esperaba encontrar nada junto al árbol, o bueno, tal vez sí, pero en realidad le daba igual, lo que si le apetecía en ese momento era darle un abrazo a su madre, de manera que se levantd'de la cama, se puso las zapatillas y la bata y se fue a buscarla. Al llegar al salón se quedó parada en la puerta, la sorpresa fue mayúscula. Junto al árbol de Navidad, abrazados y besándose, se encontraban sus padres. Nada más darse cuenta, ambos se soltaron. Su padre se agachó y le abrió los brazos haciéndole un gesto para que viniera. Los pies de Sonia levitaron por encima de la alfombra hasta que alcanzaron los brazos de su padre.
-Te he echado de menos, cariño - dijo su padre sin poder contener las lagrimas.
-Yo también, papá, ¡por favor, no te vayas más!
Aquel salón se llenó de felicidad, y como no podía ser de otra manera, no faltaron los regalos, pero el que más ilusión le hizo a Sonia, sin contar el regreso de su padre, por supuesto, fueron los prismáticos que hacia tanto tiempo deseaba.
- Que guay... papá, mamá... ¿Puedo subir a la azotea para probarlos, puedo, puedo...?
- Vale - dijo su madre - pero abrígate y no te escurras que seguro que esta todo helado.
Sonia se puso las botas de agua, la bufanda y un abrigo encima del pijama y salió del piso, subiendo a toda velocidad por las escaleras los cuatro pisos que había hasta el ático del viejo edificio. Al llegar arriba abrió la vieja puerta de hierro y una capa blanca de nieve brillaba bajo la luz del sol, que comenzaba a ascender. La nieve crujía bajo sus botas al caminar y ella se acercó, poco a poco, a las paredes de la terraza para poder contemplar aquel paisaje de postal, cuando algo llamó su atención. A pesar de que ella suponía que era la primera en haber subido hasta ahí arriba, pudo ver como la nieve no había logrado tapar del todo unos rastros que parecían ser de esquíes, y lo que también parecían ser huellas de animales, y allí, muy cerquita de donde ella estaba, unos cuantos envoltorios de dulces y de mazapanes como los que le había dado a Nicolás. Sonrió para sí misma, miro al cielo, y sin saber por qué dijo

- Es cierto, nada es imposible en Navidad...

Inés Herrera Mesas