lunes, 10 de diciembre de 2018

UN LIBRO, UN MISTERIO


Érase una vez… Ése es el principio de toda historia.
Érase una vez un mundo llamado Kelanna, un lugar maravilloso y terrible, de agua, barcos y magia. La gente de Kelanna era igual a ti en muchos aspectos. Hablaban, trabajaban, amaban y morían, pero eran muy diferentes respecto a algo muy importante: no sabían leer. Jamás habían oído hablar de la palabra escrita, nunca habían desarrollado alfabetos ni reglas ortográficas, jamás habían grabado sus historias tallándolas en piedra. Las recordaban con sus voces y cuerpos, las repetían una y otra vez hasta que las mismas historias se convertían en parte de ellos, y las leyendas eran tan reales como sus lenguas o sus pulmones o sus corazones.
Algunas historias pasaban de boca en boca, cruzando reinos y océanos, mientras que otras perecían rápidamente, tras repetirse unas pocas veces. No todas las leyendas eran populares, y muchas de ellas tenían vidas secretas en el núcleo de una sola familia o de una pequeña comunidad de devotos, que las susurraban entre sí para que no se perdieran.
Una de esas leyendas poco difundidas hablaba de un objeto misterioso llamado libro, que contenía la clave para acceder a la magia más poderosa que se hubiera conocido en Kelanna. Había quienes decían que contenía hechizos para convertir la sal en oro y a los hombres en ratas. Otros decían que con muchas horas y algo de esfuerzo, uno podía aprender a controlar el tiempo… o incluso llegar a crear un ejército. Los relatos diferían en los detalles, pero todos coincidían en una cosa: tan sólo unos pocos tenían acceso al poder del libro. Algunos contaban que era una sociedad secreta entrenada específicamente para ese propósito, que generación tras generación se había quebrado el lomo leyendo el libro y copiándolo, cosechando conocimiento cual si fueran gavillas de trigo, como si pudieran subsistir únicamente a partir de frases y de párrafos. Durante años pastorearon las palabras y la magia, haciéndose más fuertes con ellas cada día.
Pero los libros son objetos curiosos. Tienen el poder de atrapar, transportar e incluso transformar a quien los lee, si corre con suerte. Pero en el fondo, los libros, hasta los mágicos, no son más que objetos fabricados con papel, pegamento e hilo. Ésa era la verdad fundamental que los lectores olvidaban: lo vulnerable que es el libro a fin de cuentas.
Al fuego.
A la humedad.
Al paso del tiempo.
Y al robo.
Traci Chee, La Lectora

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