martes, 18 de diciembre de 2018

EN UNA HELADA NOCHE INVERNAL



Fuera reinaba una helada noche de invierno. Del cielo descendían copos de nieve, grandes como porciones de helado de cinco marcos. El hielo exhalaba sobre la ventana flores gélidas. Dentro caía un fulgurante resplandor lunar, pero no llevaba calor. Hacía rato ya que en la estufa se había apagado hasta el último trozo de carbón. Todo era frío, oscuridad y silencio. El reloj medía el paso del tiempo con golpes profundos y sonoros. En la camita, el niño estaba inmensamente triste. Su madre, por una razón desconocida, todavía no había vuelto del trabajo. Su padre hacía tiempo que se había ido de casa, poco a poco se convertía en un recuerdo vago, cada vez más descolorido. El niño tenía hambre. Se encogió en un rincón de la cama. Chillaba en voz baja como un conejo.
De pronto se oyeron en la cocina unos pasos prudentes y desconocidos. Por la puerta entreabierta, el niño vio que un extraño se alumbraba con una pequeña linterna. Ahora la figura se introducía silenciosamente en la habitación. Era un viejo ratero con una gorra de visera aplastada. Llevaba el rostro tapado con un antifaz negro de bandido. Con vivacidad lanzaba miradas a su alrededor. En la cintura se le balanceaba un racimo de ganzúas. En silencio ató la sábana con todo lo que le cabía en ella. A continuación volvió a desaparecer. Hay que reconocer que no se trataba de una persona particularmente mala. Se había lanzado a la profesión de ladrón sólo por el hecho de no tener éxito en otras actividades. Además, tartamudeaba un poquito. ¡Imperceptiblemente! A veces, algunos se burlaban de él por este motivo. Al ver al niño en la camita se dio un susto tremendo. De miedo le empezaron a castañetear los dientes y a temblar las rodillas. ¡Ser ladrón era un trabajo difícil!
En cambio, el niño empezó a reír de felicidad. Se puso de pie en la cama, y tendió las manos confiadamente hacia el visitante. ¡Estaba contento de tener por fin compañía! También, finalmente, el ladrón al verse en ese trance se puso a reír. Se dice que la risa es a veces contagiosa. De pronto el ladrón vio en los ojos del niño lágrimas secas.
—¡Vaya! ¡Vaya! —dijo en tono de reproche—. Alguien estaba llorando, aquí.
—¡Mi mamá no ha vuelto hoy de trabajar! —sollozaba el niño.
—Vendrá dentro de un rato. ¡Seguro! —dijo el ladrón con voz firme—. Simplemente, sólo se ha retrasado un poco. ¡Ya verás!
—¿Es que conoces a mi mamá? —se sorprendió el niño.
—¡Claro que sí! —mintió el ladrón, atrevido. Ni siquiera se ruborizó—. Es una vieja amiga mía.
El reloj volvió a dar la hora. El ratero dio un respingo.
—¡Bueno, pero ahora, de verdad, tengo que irme! —explicó con una sonrisa de disculpa.
—¡Por favor! Dile a mi mamá que venga cuanto antes a darme un beso de buenas noches —imploraba el niño.
—¡Cómo no! Se lo diré —prometió el ladrón con una voz extrañamente silenciosa. Se dio la vuelta para marcharse. Titubeó un poco, él mismo no sabía en realidad por qué.
El niño volvió a llorar silenciosamente a lágrima viva. Tenía mucho miedo de quedarse de nuevo solo en la habitación.
—¡Por favor! —llamaba al ladrón—. ¿No podrías, mientras tanto, darme el besito en vez de mi mamá?
El viejo ratero, con paso extraordinariamente lento, volvió de la entrada.
—¡Podría! —dijo con voz estrangulada.
¡Algo así no le había sucedido jamás en su larga carrera de ladrón! Se quitó el antifaz de bandido. Besó al niño en la frente lo más tiernamente que supo. También le acarició los cabellos con su ligera mano de ladrón. El niño se puso a reír de felicidad.
—¡Ja, ja, ja! —le acompañó el viejo ladrón. De pronto se le escapó inesperadamente—: ¡Aleluya! —El ladrón se quedó muy sorprendido. Nada semejante había pensado antes.
Algunas palabras surgen solas en la boca, sin que podamos influir sobre ellas en modo alguno. A veces, estas palabras inesperadas son incluso mucho mejores que las ideas cuidadosamente preparadas de antemano.
—¿Aleluya? —se sorprendió el niño—. Oye, ¿quién eres tú en realidad?
—¿Yo? —dijo el ladrón. Repetir la pregunta o al menos una parte de ella, era un viejo truco de bandolero, apropiado para una situación que requería ganar un poco de tiempo para poder pensar—. ¿Quién soy? Bueno, sabes, soy un ángel. —No sabía en absoluto por qué lo decía, en realidad. A él mismo le sorprendió muchísimo. Incluso agitó las manos como si fueran alas.
—¡Un angelito! —se animó el niño. Saltaba de alegría con tanta fuerza que le faltó poco para volcar la cama—. ¡Un angelito de verdad!
El ladrón se quitó el racimo de ganzúas para que no le estorbaran en el trabajo. Primero encendió un buen fuego en la estufa. Luego se acercó rápidamente a una tienda abierta de noche a comprar golosinas escogidas. Preparó una cena excelente. De primero, una sopa con albóndigas de hígado. Dio la casualidad de que era la sopa preferida del niño. Luego un pollo asado con guisantes. Un flan de vainilla. Y para terminar una compota de ciruelas. Sencillamente fuera de serie. Después de cenar, lavaron juntos los platos. Se entendían muy bien. Hablaban de todo.
—Oye, ¿eres un ángel auténtico? —preguntaba el niño.
—¡Sí! —dijo el ladrón con la boca pequeña.
—¿Seguro? —quería confirmarlo el niño.
—¡Puedes estar seguro! —confirmó el ladrón.
—Hmmm —dijo el niño—. ¿Entonces sabes volar?
—¡Cómo no! —sonreía el ladrón sin darle importancia.
—¡Por favor, enséñame cómo se vuela! —dijo el niño—. ¡Nunca he visto un angelito volando! —Ahora el niño le miraba suplicante. ¡Hasta juntó las manos en un gesto de ruego! Corrió hacia la ventana y la abrió de par en par. Un aire helado penetró en el interior. En el cielo brillaba la luna como un plato dorado.
El ladrón retrocedió horrorizado. No tenía ningunas ganas de saltar desde la ventana. ¡Quién las tendría! El miedo sacudía su cuerpo. Resultaba que se hallaban arriba del todo, debajo mismo del tejado. ¡En la quinta planta!
—¡Creo que hoy hace demasiado frío para volar! —se zafaba el ladrón—. ¿No podríamos dejarlo para otro día?
En eso se fijó en los ojos del niño. Estaban llenos de esperanza y expectación. También apareció en ellos la primera huella de la desilusión. ¡Hacía muchísimo tiempo que no había visto una mirada así! ¿Desilusionar a un niño abandonado? No, no se iba a atrever a hacerlo realmente.
—¡Pues, bien! —dijo el ladrón—. Pero lo más probable es que no pueda volver hasta mañana. ¡No me esperes antes!
Luego, aquel hombre tomó aliento profundamente. Reunió todo su valor. También cerró los ojos. Mentalmente se despidió a toda prisa de varias personas que antaño había amado. Al final saltó desde la ventana. ¡De cabeza! Se tiró de cabeza como si se tratara de un salto normal a una piscina.
«¡Quizás se produzca un milagro!», se le ocurrió cuando ya estaba volando.
Pues realmente tuvo suerte. Le esperaban hacía un buen rato, debajo de la ventana, unos cuantos ángeles invisibles, pero fuertes. Resultaba que en el cielo seguían atentamente el desarrollo de los hechos de la habitación. Los ángeles habían recibido la orden del supremo señor de los ángeles de disponer inmediatamente todo lo necesario en casos tan extraordinarios.
—¡Claro, jefe! —dijeron con respeto los ángeles.
Cogieron al ladrón que caía y desaparecieron con él en la helada noche invernal. El ladrón se balanceaba como una camisa recién lavada tendida en la cuerda. Planeaban estupendamente. Al ladrón le parecía estar envuelto en un edredón caliente. Dieron varias vueltas de lucimiento alrededor de la luna.
El ladrón saludó haciendo un gesto chulesco con la gorra, para despedirse. Para dar más alegría al niño hizo unas cuantas figuras acrobáticas.
—¡Ven otra vez! —gritaba el niño.
—¡Descuida! —prometió el ladrón.
Ya no tenía miedo en absoluto. Comprendió que era objeto de un milagro. Dios sabía por qué, de pronto sintió la necesidad de llorar. Cuando planeaba sobre el paisaje nocturno y desde lo alto observaba la belleza bajo sus pies, algo se había movido en lo profundo de su ser. Al principio era un movimiento realmente pequeño, casi imperceptible. Se prometió a sí mismo solemnemente no volver a robar nunca más. Y ése fue el milagro más grande que sucedió aquella helada noche de invierno. ¡Fue un milagro aún mayor que el vuelo con los ángeles invisibles! En el cielo se oyeron murmullos de satisfacción. Se pusieron las gafas y empezaron a leer.
—¡Vino un ángel! —informó el niño a su madre, cuando por fin volvió del trabajo—. ¡Por lo visto era un viejo amigo tuyo!
—¿Un ángel? —se asombró la madre. Estaba muy cansada—. ¿Dices que un viejo amigo mío? —No podía creerlo en absoluto. ¡A quién se le ocurriría hoy contar algo sobre ángeles! Pero vio la cacerola con la cena preparada. Vio los platos lavados y la cocina recogida. ¡Veía también la mirada luminosa de su hijo! ¿Quién habría encendido el fuego de la estufa? Estaba asombrada. No le quedaba más remedio que creer que en estos tiempos corrientes, de vez en cuando, todavía se podía encontrar algún que otro ángel.
Al día siguiente, al anochecer, alguien llamó a la puerta. La madre abrió con curiosidad. En el umbral de la puerta estaba, perplejo, un hombre con un ramo de flores. ¡Era el ratero reformado! Con la mano libre amasaba confuso la gorra.
—¡Buenas noches, señora! —dijo con la cortesía más escogida. Le dio a la madre las flores—. Esto es para usted.
—¡Buenas noches! —dijo la madre amistosamente—. ¡Pase adentro, mi viejo amigo! —Le hizo un guiño de cómplice.
El ratero reformado se sonrojó terriblemente.

Petr Chudozilov, Demasiados Ángeles

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