miércoles, 9 de agosto de 2017

CHARLESTON FARMHOUSE


El autobús que nos llevó desde la estación hasta la granja se detuvo al comienzo de un camino lleno de baches, flanqueado por sendas hileras de imponentes álamos.
Mi madre y Duncan habían decidido irse de Londres. En la capital había demasiada gente, las casas eran demasiado sombrías y los talleres, demasiado pequeños, agobiantes y oscuros.
–Quiero luz y espacio a mi alrededor –decía mi madre–. Y caminar descalza por el césped.
–Y yo quiero pintar al aire libre –la secundaba Duncan–. Y tener un jardín en el que los niños puedan perderse.
Por eso estábamos allí. La tía Virginia había encontrado una casa que, según ella, era justo lo que andaban buscando.
Mi padre nos había acompañado, pero él de momento seguiría viviendo en Londres, donde tenía su propio apartamento y su trabajo en el periódico. No obstante, nos había prometido que vendría con frecuencia. Papá tenía una novia a la que Julian y yo llamábamos «tía Margaret». Margaret también vivía en Londres y de vez en cuando nos compraba regalos, uno de los motivos por los que a mi hermano y a mí nos daba pena irnos de la ciudad.
Puck, nuestro spaniel marrón, echó a correr camino abajo. Julian y yo lo seguimos saltando por encima de los charcos, como si fueran profundos barrancos por los que podíamos despeñarnos.
Al final del camino, había una granja con vacas, ovejas y un pajar. Una cerdita asomó el hocico entre los barrotes de una valla. La casa que íbamos a ver pertenecía al granjero y estaba justo al lado. Era un caserón enorme con muros amarillos cubiertos de hortensias trepadoras. Tenía muchísimas ventanas y un jardín con un pequeño estanque. Los inquilinos podían hacer con ella lo que quisieran, nos explicó el granjero, con tal de que no la destrozaran y pagaran el alquiler a tiempo.
–Lleva dos años vacía, señor Grant –le dijo a Duncan–. Hay que hacerle algún que otro arreglillo. Echadle un vistazo con calma y, si os interesa, no tenéis más que decírmelo.
Lo de hacerle «algún que otro arreglillo» tenía que ser una broma, porque no había nada en aquella casa que no necesitase una profunda restauración. El jardín era un barrizal con unos cuantos árboles frutales medio decaídos. La casa, fría y húmeda, no tenía corriente eléctrica. Había que ir a coger el agua a un pozo de la granja, y el baño era un cuartito de madera situado en el jardín, con un cubo metido en un agujero en el suelo. Tanto la fachada como las paredes interiores necesitaban una buena mano de pintura.


Mientras que los adultos iban de una habitación a otra negando con la cabeza, Julian, Puck y yo nos pusimos a inspeccionar el jardín. En el estanque había ranas, pero en cuanto Puck dio un ladrido, todas desaparecieron bajo el agua.
–Mira, ahí vamos a construir una cabaña –dijo Julian señalando dos árboles de troncos robustos cuyas copas formaban un único entramado–. Así le podremos tirar manzanas a la cerdita y, cuando la hayamos domesticado, a lo mejor mamá nos deja quedárnosla como mascota.
Julian tenía nueve años, tres más que yo, y siempre se le ocurrían ideas geniales. Mi admiración por él no conocía límites.
–Y también podemos enseñarle trucos –sugerí yo.
El cielo se encapotó y descargó un desapacible chubasco otoñal. Julian y yo entramos en la casa. Nos peleamos por la mejor habitación, discutimos dónde debía dormir el bebé –lo más lejos posible de nosotros– y buscamos un sitio para la cerdita. Subimos por una escalera pegando gritos, y luego por otra que conducía al ático, donde estaban los mayores. Mi madre y Duncan se habían sentado en dos sillas destartaladas y mi padre miraba por la ventana. Empecé a tiritar. Hacía más frío dentro que fuera.
–Jamás había visto una casa en peor estado –suspiró Duncan.
–Las paredes están llenas de humedades –observó mi madre–. Y en todas las habitaciones hay corriente.
–Y no está muy cerca de Londres, que digamos –añadió mi padre.
Los miré preocupado. ¿No querían la casa? ¿Íbamos a volver a la capital? ¡Yo no quería separarme de la lechoncita! Justo le había encontrado un nombre –decidí llamarla Pigling en honor al cerdito del cuento de Beatrix Potter– y me había propuesto hacer todo lo posible para que me quisiera más a mí que a mi hermano. Julian también parecía decepcionado, bastaba verle la cara…
Pero de pronto, mi madre dijo:
–Creo que aquí vamos a ser muy felices.
Duncan asintió con la cabeza.
–Yo también, Vanessa. No me cabe la menor duda.
Mi padre sonrió.
Nuestra nueva casa se llamaba Charleston y estaba en las colinas de Sussex, al suroeste de Inglaterra. Para venir desde Londres, tenías que viajar casi dos horas en tren hasta Lewes, la ciudad más próxima, y luego media hora más en autobús, que paraba al comienzo de nuestro camino de álamos.

Rindert Kromhout, Los Soldados no Lloran